En el siglo XXII, la pena de muerte dejó de ser un espectáculo de cables, agujas o pólvora. Las naciones, en su empeño por ajustar el la pena máxima con un poco de progresismo y benevolencia, desarrollaron el Crono-Espejo, una tecnología capaz de teletransportar seres humanos hacia un instante preciso del pasado. Era imposible regresar: el viaje equivalía a una ejecución absoluta. Pero, como último gesto de misericordia, al condenado se le permitía elegir cómo moriría.
Algunos pedían lo previsible. Los más teatrales deseaban ser arrojados a la Revolución Francesa, vivir unas horas en Versalles y terminar bajo la guillotina junto a María Antonieta. Otros, cargados de remordimiento, pedían ser lanzados a un campo de concentración nazi, para experimentar, aunque fuese por días, la magnitud del dolor que ellos mismos habían infligido a su manera a las víctimas por las cuales habían sido condenados. Había incluso quien pedía morir entre gladiadores romanos o en las primeras batallas de la invasión española a Guatemala. Cada petición era registrada como un eco grotesco de la historia.
Cada elección era un epitafio extraño, un modo de firmar la última página.
El prisionero 827 fue distinto.
Su nombre era Andrés Figueroa. Había sido profesor en la universidad de San Carlos; un hombre respetado, hasta que, en un altercado, y arrebatado por un ataque de furia —inexplicable, fulminante— terminó con dos vidas: un colega y un estudiante. Nadie entendió aquel arrebato. Ni siquiera él mismo. Desde entonces fue reducido a un número, a la fila interminable de los que esperan turno ante la máquina.
Cuando le tocó responder, el silencio en la sala fue más denso que de costumbre.
—¿Ha decidido el modo de su ejecución? —preguntó la voz metálica del tribunal. La sala se llenó de un silencio espeso.
—Quiero que me envíen al día del asteroide —dijo Andrés.
Hubo un murmullo, casi un estremecimiento colectivo.
—Precise su petición —ordenó la voz metálica de la bocina del intercomunicador.
—Al amanecer del impacto de Chicxulub. El día en que los dinosaurios vieron su último sol.
—¿Está usted seguro de esto?
—Estoy seguro —respondió con calma—. Quiero estar allí, en el último amanecer de esa era.
Las pantallas registraron su elección. El protocolo exigía justificarla.
—Justifique su elección.
El prisionero habló, no como un reo, sino como quien dicta su última clase magistral:
—Sus muertes son pequeñas, caballeros. Un tiro, una aguja, una descarga… nimiedades. Yo no quiero morir como rutina de verdugos. Quiero confundirme con la catástrofe más imparcial que haya conocido este planeta. El asteroide no preguntó nombres, no revisó expedientes, no distinguió entre fieras ni aves. Simplemente cayó. Y en esa caída hubo una justicia que ustedes jamás lograrán.
—¿No teme al dolor? —preguntó la voz, casi humana.
—Temo más a la insignificancia. Si voy a morir, prefiero que mi último aliento se mezcle con el rugido de millones, con las alas que arden, con el mar que se levanta como muro de fuego. Prefiero ser ceniza cósmica a ser un cadáver numerado en sus archivos.
La sala quedó en silencio. El hombre prosiguió, bajando el tono, como si hablara a sus antiguos alumnos:
—Yo maté a dos hombres. Fue mi furia, mi debilidad, y lo admito. Y aunque me consuman los remordimientos, no hallo expiación en sus métodos. Si algo aprendí como profesor, es que el tiempo no perdona, pero enseña. Quiero que mi castigo sea caer junto al mundo que también fue condenado sin comprender por qué. Déjenme ir allí, al silencio previo al fin del mundo. Déjenme mirar de frente la aurora final, y saber que mi muerte ya no será solo mía, sino parte de la extinción más grandiosa que la vida haya conocido.
El silencio que reinó brevemente en la sala del juzgado se sintió como cuando alguien espera el veredicto final en una competencia, todo era expectativa y ansiedad. De repente, la voz metálica del intercomunicador dijo:
—Andrés Figueroa, por el delito de doble homicidio, se le ha condenado a la pena máxima. Su ejecución se realizará por medio de tele-transportación al momento del impacto del asteroide conocido como «De Chicxulub» en lo que ahora se conoce como la península de Yucatán. 66 millones de años atrás.
El Crono-Espejo se activó. El aire se plegó en ondas curvilíneas invisibles. La silueta del prisionero se disolvió como tinta en agua.
Despertó en una selva primitiva.
El aire era espeso, perfumado de resinas. Helechos colosales lo rodeaban, insectos de alas cristalinas flotaban como vitrales en movimiento. Los saurios se agitaban inquietos, presintiendo la desgracia.
Y en el horizonte, apenas visible, un punto de fuego desgarraba la bóveda celeste.
Los animales corrían. Sus patas hacían temblar la tierra, pero en sus ojos había inocencia. No sabían que huían hacia la nada.
Andrés los miró con compasión: eran como niños sorprendidos por una interrupción a medio juego.
Sonrió. Por primera vez en años, sonrió de verdad.
El cielo se abrió. Una roca incandescente irrumpió con un rugido que no era de la Tierra. Primero vino la luz: blanca, infinita, ciega. Luego el calor: un aliento abrasador que dobló los árboles como espigas secas. Los ríos se levantaron en vapor, el mar se encabritó en montañas líquidas, la corteza misma se quebró como un hueso roto.
El aire se volvió cuchillo y llama. El viento arrancó hojas, alas, piel, y lo arrojó todo en un torbellino de cenizas. El mundo entero se estremecía.
Andrés cerró los ojos. No había miedo en su gesto, sino ternura. Recordó a sus alumnos, la voz temblorosa de quien alguna vez explicó que aquel asteroide cambió la historia de la vida. Ahora lo entendía de un modo más profundo: él mismo era parte de la lección.
El cosmos rugió. La Tierra ardió.
Y Andrés, el prisionero 827, se dejó arrastrar por el fin de un mundo, convencido de que, al menos en su último instante, la muerte le había devuelto una forma de dignidad.

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