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  • Protegido: Rastro I – La Iglesia

    Protegido: Rastro I – La Iglesia

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  • El Día Después

    El Día Después


    «Al perderte comprendí que no se rompe el corazón, se rompe la idea que tenía del mundo contigo»

    Ana despertó tarde, con la boca seca y los párpados hinchados. El cuarto tenía olor a noche dramática: un pocillo de té chirrepeco frío en la mesa, polvo en el borde del ventilador, la ventana entornada dejando pasar un hilo de luz gris. Por un instante no recordó la última frase que dijo, la última que escuchó. Después, el peso regresó entero al pecho.

    Se sentó despacio. La cama estaba tibia solo de su lado. Sobre la silla había una blusa doblada a medias; en el piso, el anillo barato que usaba cuando no quería pensar en qué ponerse. En la cocina, el chasquido del refri la hizo consciente del silencio verdadero: nadie contestaría si llamaba desde la puerta; nadie diría “ya voy”.

    Volvió a la mesa. La libreta estaba ahí, abierta en una página que creía en blanco. Se inclinó. Había una frase escrita en tinta negra, centrada, sin fecha:

    búscame cuando veas esto

    No tenía firma. Reconoció la letra antes de admitirlo: la misma forma de apretar la pluma en las “b”, el remate en punta de las “s”. Pasó el pulgar por el trazo. La tinta no manchó: estaba seca. ¿Cuándo lo escribió él? ¿Cómo llegó eso a su libreta si anoche, después del balcón, no volvió a entrar a la casa?

    La garganta se le cerró sin lágrimas. No era un mensaje de reconciliación, tampoco una amenaza. Era una puerta. Y la puerta abierta que daba a ninguna parte.

    Se sentó con la libreta sobre las piernas. Contó sus propias respiraciones para no llenarse de la ansiedad creciente. Escuchó los ruidos de afuera: un carro que pasó levantando polvo, un vendedor ambulante, un perro que insistía. Por dentro, el cuerpo iba más rápido: un tambor en las sienes, las manos frías, esa urgencia que da el presentimiento.

    Releyó la frase. Tres veces. En cada lectura la sintió distinta: orden, ruego, prueba. Recordó a Felipe inclinándose sobre papeles, la tinta corriéndose en su pulgar, la manía de escribir sin márgenes. Recordó, con dolor limpio, la facilidad con que él encontraba atajos en los días difíciles: “si no sabes por dónde, seguí el ruido que te llame”.

    ¿Esto la llamaba?

    Cerró los ojos. La noche anterior volvió como un golpe breve: el balcón, la baranda fría, el “hasta aquí” dicho sin dramas. La ciudad respirando sin ellos. Se había acostado tarde, sin prender la luz, con la cabeza llena y el cuerpo vacío. No hubo lugar para mensajes secretos.

    Abrió los ojos y sostuvo la libreta a contraluz. El papel dejaba ver otras páginas con anotaciones viejas: listas de supermercado, direcciones, un par de líneas subrayadas de algún libro. Nada que explicara esa frase. Nada que la negara.

    Se levantó y fue al lavatrastos. Se mojó la cara, los pómulos ardiendo bajo el agua fría. Volvió a la mesa, esta vez con la toalla al cuello. Apoyó la palma en la página, como si al cubrirla pudiera recuperar control. No hubo milagro: las palabras siguieron ahí, quietas, cerradas sobre sí mismas.

    Tomó aire. Si era un juego cruel, había comenzado sin su permiso. Si era una pista, también. Pensó en llamarlo y se detuvo: ¿Para decir qué? ¿Que había encontrado su letra en un lugar imposible? ¿Que el día después de la ruptura empezaba con una invitación que no sabía leer?

    Volvió a leer. búscame cuando veas esto.

    Se vistió sin prisa: jeans, tenis, la sudadera más vieja. Guardó la libreta en la mochila, no por obedecer de inmediato, sino para no dejarla sola en la mesa como una herida abierta. Antes de salir miró el cuarto una vez más: la cama a medio hacer, la blusa en la silla, el anillo en el piso. Nada se movió.

    Cerró la puerta con cuidado. En el pasillo, la luz era de un amarillo cansado. Ana pensó —sin saber por qué— que lo primero era salir a la calle y escuchar. Si había un camino, no iba a aparecer en la cocina. Si había una trampa, también iba a esperarla afuera.

    Bajó las gradas con la mochila al hombro, sintiendo en el fondo el peso exacto de la libreta. No era mucho. Alcanzaba, sin embargo, para cambiar la forma en que latía el día.

    Marcó su número.

    —El número que usted marcó es un número incorrecto —dijo la grabación metálica.
    Probó de nuevo, más despacio, por si había fallado un dígito.
    —El número que usted marcó es un número incorrecto.

    Buscó en sus mensajes. El chat estaba allí… vacío. Ningún texto, ninguna foto, como si hubiera estado escribiendo sola durante meses.

    Sintió un nudo caliente en el estómago, pero decidió no dejarse arrastrar todavía. Caminó hasta la avenida y tomó el bus hacia la oficina donde él trabajaba. Recordaba la fachada gris, el letrero azul sobre la puerta, el guardia con bigote.

    Cuando llegó, la fachada estaba. El letrero también. Pero en la recepción, la mujer detrás del escritorio lo negó sin titubeos.
    —Perdón… aquí nunca ha trabajado nadie con ese nombre.

    Ana rió, seca, como quien escucha un mal chiste.
    —Es alto, delgado… usa camisas de lino.
    —Señorita —cortó la mujer—, aquí no hay ningún Felipe.

    Salió a la calle con las manos frías. Sacó el teléfono para escribirle a Lucía, amiga en común. La respuesta llegó casi inmediata:
    —¿Felipe? No sé de quién hablás.

    Ana guardó el celular. Cerró los ojos y, por un instante, sintió como si el mundo hubiera exhalado sin ella. Todo seguía en su sitio: el ruido de los carros, el olor a pan de la esquina, la humedad pegada a la piel. Todo… menos él.


    La calle olía a pan y humo de escape. Ana caminaba sin rumbo, con la frase de la libreta clavada detrás de los ojos: Búscame cuando veas esto. Cada paso pesaba más que el anterior.

    Giró en una esquina para evitar el tráfico y, de pronto, el aire cambió. Como si alguien hubiera cerrado todas las ventanas del mundo de golpe. No había ruido de carros ni voces; solo un silencio lleno, húmedo, con sabor a metal.

    El pavimento bajo sus pies se volvió más oscuro, casi brillante, como después de la lluvia. Y entonces, de un parpadeo a otro, ya no estaba en esa calle.

    Estaba sentada en una mesa pequeña, frente a un vaso con cerveza que dejaba un charco redondo en el mantel de plástico. El olor a madera vieja y cerveza derramada le llegó como un golpe de memoria: el bar en la zona 1, El Gran Hotel, la primera noche que habló con Felipe de verdad, sin máscaras. No podía ser, ese bar había cerrado hacía ya más de diez años.

    Él estaba ahí, inclinado hacia adelante, escuchándola como si cada palabra lo hipnotizara un poco más, bromeaba con ese humor ácido y negro que era particular de él. Así disfrazaba él sus inseguridades y su seriedad.

    —Entonces… ¿qué es lo que más te da miedo? —preguntó él, con esa media sonrisa que usaba para disfrazar la ansiedad.

    Ana lo miró, aturdida. La textura áspera del mantel bajo sus dedos, el sonido de la rockola al fondo, el humo que flotaba lento sobre las cabezas… todo era igual que aquella vez. Pero ella sabía que no era aquella vez. No podía ser.

    Sintió la piel erizarse. ¿Estaba soñando? ¿Recordando con demasiada claridad? Quiso tocarlo, solo para confirmar que era real, pero el miedo a romper lo que fuera aquello la detuvo.

    Y entonces comprendió: si este momento estaba vivo, era porque en el mundo donde despertó esa mañana… Felipe ya no lo estaba.

    Ana lo escuchaba hablar en el bar, y cada palabra era como un hilo tibio cosiendo algo que creía perdido. Bebió un sorbo su cerveza para esconder el temblor en sus manos. Quiso quedarse ahí para siempre, anclada a ese instante.

    Pero entonces, un parpadeo… y el vaso cerveza ya no estaba. Ni la música, ni la mesa, ni Felipe.

    Estaba de nuevo en su cama, con la luz gris del amanecer filtrándose por la cortina. La libreta seguía sobre la mesa de noche, abierta en la misma página: Búscame cuando veas esto.

    El corazón todavía le latía con el ritmo del bar, pero algo había cambiado. En el portarretratos de la mesita ya no estaba la foto de ambos en su viaje a la playa; en su lugar, una imagen de ella sola, sentada en la arena. El hueco donde él debería estar era tan evidente que parecía que el encuadre de la foto estaba mal hecho.

    Encendió el celular. Buscó su nombre en los contactos. Nada. Probó en redes. Nada. Era como buscar una palabra que sabía que existía, pero que de pronto nadie recordaba.

    El aire del cuarto se sintió más frío. La certeza le cayó encima como un ladrillo: en este día —el día al que siempre volvía— Felipe no existía. Y no había manera de cambiarlo. Se echó a llorar. Un poco por tristeza, un poco por frustración, un poco por quién sabía qué.


    El segundo salto no fue tan abrupto como el primero. Ana estaba en su cocina, con una taza de café a medio tomar, cuando sintió ese calor en la nuca, esa presión en los oídos que ya empezaba a reconocer. El parpadeo fue suficiente.

    El mundo cambió.

    Ahora estaba recostada contra el marco abierto de su Chevy Metro, el olor a gasolina flotando en el aire y el pavimento aún húmedo por la llovizna reciente. Frente a ella, las líneas de parqueos de la tienda de conveniencia en la gasolinera de la Avenida Las Américas. Las luces blancas caían desde lo alto, dibujando sombras largas que temblaban con cada carro que pasaba por la avenida.

    Felipe estaba a su lado, con una cerveza en la mano y la sonrisa fácil que le salía cuando estaba entre amigos. Y ahí estaban ellos: un grupo de cuatro o cinco, todos medio apoyados en los carros, formando ese semicírculo que se arma cuando una historia empieza a tomar vuelo.

    En el centro, Miguel —el amigo de Felipe— gesticulaba con las manos, imitando voces, exagerando acentos, doblando la espalda para representar a un anciano invisible que regañaba a su nieto. No había guion, no había plan; solo una cascada de palabras y caras que hacía que todos estallaran en carcajadas.

    Ana sintió cómo la risa se le escapaba, genuina, de un lugar donde ya casi no quedaban cosas intactas. Se abrazó el torso, más por contener el momento que por frío, y dejó que la alegría del grupo la envolviera.

    Miró de reojo a Felipe. Él no miraba a Miguel, la miraba a ella, como si su verdadera diversión fuera verla reír. Ana desvió la mirada rápido, guardándose ese instante como quien oculta un diamante.

    El aire olía a fritanga de un puesto cercano, mezclado con el humo tenue de los escapes. Alguien destapó otra cerveza con el borde del parachoques y el sonido metálico rebotó entre las risas.

    Por un segundo, Ana quiso decirle a Felipe que recordaría esto, que lo grabaría en su memoria como uno de esos momentos que parecen pequeños pero que, años después, son lo único que uno quiere volver a vivir.

    Pero no hubo tiempo. El calor en la nuca volvió. El brillo de las luces de la gasolinera se fundió en blanco y el pavimento desapareció bajo sus pies.

    Abrió los ojos en su apartamento. El café en la mesa ya estaba frío. En la mesita de noche, junto a la libreta con la frase imposible, había una tapa de cerveza con el logo de una marca que ya casi no vendían.

    Ana la tomó, la apretó en la mano y sonrió con tristeza. No necesitaba entenderlo todavía; por ahora, solo quería seguir guardando pruebas de que, en algún lugar, Felipe todavía existía.

    El tercer salto llegó de madrugada. Ana estaba acostada, mirando el techo, con el cuerpo pesado de insomnio. No hubo aviso esta vez, solo un parpadeo, y de pronto el mundo tenía otra temperatura, otro olor, otra luz.

    Estaba en una habitación que reconoció de inmediato: la de Felipe, cuando vivía en aquel apartamento pequeño de paredes color crema y cortinas baratas. Afuera, la ciudad estaba en silencio, como si los edificios hubieran decidido dormir más profundo de lo normal.

    El aire estaba tibio, cargado con un aroma que mezclaba jabón recién usado y algo más íntimo, difícil de nombrar. La sábana se arrugaba bajo sus dedos; la textura áspera en algunos pliegues contrastaba con la suavidad del cuerpo de Felipe, que dormía de lado, con un brazo extendido hacia ella.

    Ana lo observó en silencio. El cabello revuelto, la respiración lenta, esa línea en la frente que se formaba incluso cuando descansaba. No había ruido de autos, ni voces, ni nada que rompiera ese instante.

    Sintió una presión cálida en el pecho: no era nostalgia, todavía no… era esa sensación de estar en el centro exacto de algo que importaba. Quiso mover la mano para rozar su hombro, pero se contuvo; cualquier gesto parecía capaz de romper el equilibrio perfecto de la noche.

    Felipe, medio dormido, murmuró algo que ella alcanzó a entender entre sueños:

    —No te vayas.

    Ana sonrió, aunque sabía que tenía que irse temprano por la mañana. Esa vez le respondió con la verdad:

    —No me voy.

    Felipe le puso la mano encima del pecho, acariciándola suavemente. Eran caricias inocentes, a pesar de estar tocando áreas que un padre consideraría restringidas a un hombre para con su hija. Ana no pudo menos que sostener el llanto. Se le había olvidado qué tan bien la conocía Felipe y qué tan bien se sentían sus manos en su cuerpo.

    La frase se quedó flotando, pegada al techo, mientras el calor en la nuca volvió a subir.

    —No…¡Nonononono! — Alcanzó a murmurar…

    Las paredes se difuminaron, el colchón desapareció y Ana abrió los ojos en su cama actual, sola, con la madrugada real pegada a la ventana.

    En su mesa de noche había algo que no estaba antes: un mechón de hilo rojo, del mismo color que las costuras viejas de la almohada de Felipe. Lo sostuvo en la mano como si pudiera quemarla.

    No había explicaciones. No las quería todavía. Solo estaba segura de una cosa: en este nuevo día, Felipe no existía.


    El siguiente salto llegó en medio de un sorbo de café. Ana estaba en la cocina, con la taza a medio camino hacia los labios, cuando la luz cambió. El aire se volvió más frío, cargado con ese olor a desinfectante de pasillo recién trapeado.

    Parpadeó, y ahí estaba: el uniforme azul marino de la secundaria, la falda que siempre le pareció demasiado larga, la blusa con cuello rígido y los zapatos lustrados. Frente a ella, Felipe, un año mayor, con el suéter del colegio medio abierto y el cabello despeinado como si nunca hubiera aprendido a peinarse bien.

    La reconoció de inmediato, aunque él todavía no tenía la sombra en la mirada que llegaría años después. Sonreía fácil, como si no existieran más problemas que las tareas y la patineta.

    Ana sintió que algo dentro de ella se tensaba. Sabía lo que estaba por pasar. Lo había vivido. Lo había dicho. Entendió al instante dónde estaba. Recordó cada palabra, cada respiración, y el dolor le golpeó como un puño en el estómago.

    —No… no, por favor… —murmuró, y luego, desesperada, gritó— ¡No lo hagas!

    Pero la Ana joven ya estaba hablando.

    —Felipe, tenemos que hablar.

    —¡No! ¡Callate! —la Ana adulta lloraba, intentando interponerse, agitar las manos frente a su yo adolescente—. ¡No lo digás, por favor! ¡No sabés lo que va a pasar!

    Él frunció el ceño, confundido.

    —¿Qué pasa?

    —Necesito… necesito tiempo para mí. Quiero enfocarme en mis estudios.

    Ana adulta gritó, la garganta ardiéndole.

    —¡Mentís! ¡Es mentira! ¡Decile que lo amás! ¡Agarrálo, abrazálo! ¡No lo dejes ir!….

    Veía el reflejo de ambos en la ventana del salón vacío: ella, desde la puerta de la casa de sus padres, mordiéndose el labio; él, con las manos metidas en las bolsas del pantalón, intentando entender algo que no podía controlar en medio de esa tarde de verano.

    —¿Es por algo que hice? —preguntó él, y Ana sintió la punzada vieja en el estómago.

    —No. Es por mí —respondió, sin poder evitarlo.

    Las palabras se posaron en el aire como polvo. El silencio entre ellos se llenó del ruido lejano de otros estudiantes saliendo de un colegio en los alrededores, marcando el final de la jornada matutina.

    Las lágrimas le corrían a la Ana adulta como si fueran fuego líquido. Extendió las manos, intentando tocarlo, empujando contra una pared invisible que la mantenía fuera de la escena.

    —¡No lo dejes solo! ¡No lo abandones! ¡Por favor!

    Felipe asintió, apenas. No se movió para detenerla. Solo dijo:

    —Entonces… supongo que te veo por ahí.

    Ana dio media vuelta, pero antes de cruzar la puerta lo miró de reojo. La luz de la tarde se colaba por las ventanas altas, bañando su silueta con un brillo que la golpeó en el pecho.

    Ana adulta cayó de rodillas, jadeando, sintiendo que el pecho se le rompía en mil pedazos. Quiso quedarse, empujar a la Ana joven y abofetearla para hacerla entender. Pero ella no estaba viviendo el momento, estaba viviendo el recuerdo. Y como una obra cruel del destino, en ese momento el recuerdo la expulsó de regreso a la realidad.

    Parpadeo. De nuevo estaba en su cama, con el eco de esa despedida adolescente rebotando en su cabeza. Afuera, el día seguía su curso. Dentro de esta realidad, Felipe nunca había pasado por su vida. Lloró amargamente, hasta que sintió que ya no había más en ella que pudiera sacar.


    Siempre de vuelta a ese maldito día. El día después.

    Ana pasó toda la mañana tirada en su cama, no tenía las fuerzas físicas ni emocionales para hacer nada de lo que tenía que hacer. De parte del trabajo ya tenía alrededor de doce mensajes y cinco llamadas perdidas.

    Ese día no le importaba en lo absoluto. Cayó la noche y, sin avisarle, vino de nuevo: Ana parpadeó y, de golpe, la humedad fría de la noche se volvió un aire tibio, encerrado. El olor era inconfundible: desinfectante barato intentando cubrir el aroma persistente de las cortinas viejas. Reconoció el cuarto al instante: motel sobre la Roosevelt, paredes pintadas de un amarillo que intentaba ser cálido, pero que se sentía como cargado de muchas historias y corazones rotos en esa habitación.

    La sábana áspera se arrugaba bajo sus rodillas. Afuera, el ruido distante de tráileres pasaba como si el mundo siguiera sin saber lo que estaba a punto de suceder ahí dentro.

    Felipe estaba frente a ella, sentado al borde de la cama. Tenía esa expresión rara que mezclaba nervios y ternura, como si no supiera dónde poner las manos. La luz tenue del foco de la mesita lo recortaba en sombras suaves.

    No era la primera vez que se tocaban, no era la primera vez que sus cuerpos coincidían. Pero sí era la primera vez que importaba. No como un impulso, no como una casualidad, sino como una decisión.

    —¿Estás segura? —preguntó él, y su voz tenía una fragilidad que ella nunca había escuchado antes.

    Ana adulta, atrapada en su yo más joven, sintió un nudo en la garganta.

    Quería decirle “sí, y no sabés cuánto me voy a aferrar a este recuerdo”, pero su boca repitió lo que había dicho entonces:
    —Sí… pero no me sueltes.

    Él sonrió, no mucho, apenas lo justo para que se notara que también estaba nervioso. Se acercó, y el peso de la cama cedió. Ana sintió el roce de su rodilla contra la de él, el calor compartido en un cuarto demasiado pequeño para tantas emociones.

    Y ahí, mientras sus manos se buscaban con cautela y sus miradas se sostenían como si fueran a decirse todo sin palabras, Ana adulta lloraba por dentro. No por tristeza, sino porque sabía que este instante —ese latido exacto— sería una de las pocas veces en su vida en que alguien la miraría así: como si nada más existiera.

    El reloj de la pared marcaba las cinco con cuarenta y cinco de la tarde. y el tiempo parecía encogerse. Ana quería detenerlo, quedarse ahí para siempre. Pero su cuerpo seguía obedeciendo la memoria. Y cuando los labios de Felipe rozaron los suyos, entendió que, aunque la vida se encargara de separarlos después, nadie podría arrebatarle la magnitud de ese momento.

    Cuando el salto se deshizo, se llevó consigo no solo la imagen, sino el olor del cuarto, el temblor de sus piernas y un hueco tibio en el pecho, como si hubiese dejado algo encendido en un lugar al que nunca podría volver.

    El aire de la nueva mañana le pesó distinto; no era tristeza pura, sino una nostalgia que mordía lento, recordándole que, aunque hubiera otras calles y otros días, ninguno tendría esa misma luz.


    La lluvia golpeaba el techo como si quisiera arrancarlo. Ana abrió los ojos y el olor a humedad y cigarro la devolvió a una habitación que conocía demasiado bien. Luz anaranjada entraba a medias por la ventana, proyectando la silueta de Felipe en la pared: encorvado al borde de la cama, encendiendo un cigarro con movimientos torpes, como si las manos no le respondieran del todo.

    El humo se enroscó en el aire antes de disiparse. Él no la miró.

    —Siempre me dejás afuera, Ana —dijo con voz baja, casi rota—. No me contás nada. No me dejás saber qué pensás… qué sentís de verdad.

    Ana adulta sintió un nudo en el estómago, uno que no recordaba haber sentido con esa intensidad en su momento. Se levantó instintivamente para acercarse, para tocarle el hombro, para decirle que no era así. Pero sus pies no respondieron. Su yo joven, sentada contra la cabecera, abrazaba sus rodillas y evitaba su mirada.

    —No es tan fácil… —dijo ella, y en su voz había una mezcla de cansancio y miedo.

    Felipe soltó una risa amarga que sonó más a un quejido que a burla.

    —¿Fácil para quién? —expulsó el humo con violencia—. Me hacés sentir como un invitado en tu vida… como si solo pudiera quedarme en la puerta.

    La Ana adulta gritó por dentro. Quería sacudir a esa otra Ana, decirle que hablara, que se abriera, que no dejara pasar ese momento. Pero la escena siguió como una obra sin posibilidad de improvisar.

    —No es que te deje afuera —contestó la Ana joven, clavando la mirada en la lluvia tras la ventana—. Es que a veces no sé si querés quedarte.

    Felipe apagó el cigarro en un vaso con agua. El chisporroteo sonó como un latido quebrado. Levantó la cabeza y la miró por primera vez.

    —Si no quisiera quedarme, ya me habría ido.

    Las palabras quedaron flotando, inmóviles, pesando más que cualquier grito. La lluvia golpeaba las láminas con furia, llenando el silencio. Ana adulta sintió las lágrimas arderle en la garganta, pero en esa línea de tiempo no podía llorar. Solo mirar cómo dos personas que se querían no encontraban la manera de alcanzarse.

    La escena no terminó con un portazo ni con un adiós, sino con ellos dos sentados en la misma cama, separados por un océano invisible que ninguno se atrevió a cruzar. Ana no quería parpadear, sin embargo, involuntariamente lo hizo y en un tris, estaba de regreso en el día después. Pero algo raro pasó esta vez: Generalmente regresaba a la hora en la que normalmente se despertaba, o de madrugada. Esta vez, cuando abrió los ojos, el reloj marcaba cuarto para las diez de la mañana. Algo se sentía diferente.

    El aire estaba impregnado de una calma extraña, como si el mundo se hubiera detenido para dar espacio a algo inevitable.

    Se incorporó, sintiendo la textura suave de las sábanas bajo sus manos, y entonces lo vio.

    Felipe estaba junto a la ventana abierta, con la camisa blanca arrugada y el cabello desordenado por el viento. La luz entraba sesgada, acariciándole el rostro y haciendo brillar el pequeño lunar en el arco de su ceja izquierda. Sus manos descansaban en los bolsillos, pero su postura tenía algo distinto, más definitivo.

    —Hola Ana, veo que me buscaste… —dijo. En su voz había ternura y resignación a partes iguales—No puedo cambiar lo que somos, pero puedo darte algo.

    Ella sintió un vértigo inexplicable.
    —¿Qué me diste, Felipe? ¿Por qué todo esto?¿Me drogaste y todo esto es un trip?¿Tenés idea de todo lo que acabo de vivir, de todo lo que volví a sufrir por tu culpa?

    Él se giró por completo, y por un segundo ella creyó que el tiempo se había vuelto líquido, porque su mirada parecía contener todos los momentos que habían vivido.

    —No, para nada. Por increíble que te parezca, solo cambiamos de dimensión. Te puse en un lugar donde yo nunca existí. No para que me olvides… sino para que aprendas a amar mejor. Para que uses lo que fuimos, y lo que no pudimos ser, en lo que venga después.

    Ana sintió un nudo formarse en la garganta.

    —¿Y yo? ¿Por qué tengo que ser yo?¿Qué voy a ser para tí después de esto?

    Felipe sonrió, esa sonrisa breve que siempre parecía a punto de romperse.

    —Yo fui tu prueba y error. Y vas a ser…todo. Siempre vas a ser mi todo. Aunque para ti solo parezca un sueño.

    La habitación se llenó del sonido suave del viento y del golpeteo de una rama contra la ventana. Él dio un paso atrás, como si la luz lo reclamara. Un olor a jazmín que venía del patio se coló por la ventana, dándole una sensación peculiar al momento.

    —Cuando despiertes de nuevo, no sabrás si esto fue real. Pero algo en ti va a recordar, incluso si no podés ponerle nombre.

    Hizo una pausa, respiró hondo y su expresión se suavizó.

    —Pero yo… yo no quería irme sin decirte lo que nunca supe poner en palabras. Gracias, Ana. Por las veces que me salvaste sin darte cuenta, por las carcajadas que me devolvieron la vida, por quedarte cuando yo no tenía nada que ofrecer. Gracias por amarme incluso cuando yo mismo no podía hacerlo.

    Felipe continuó:

    —No te pido que me recuerdes. Ese no es el propósito de este regalo. El propósito es que usés lo que tuvimos para que lo que venga después sea más hermoso, más honesto. Que no te guardés lo que sentís. Que abracés más, que te vayas menos.

    Ella sintió que el aire se volvía espeso, como si el mundo no quisiera que esas palabras se escaparan.

    Sus ojos brillaban, pero no lloraba.

    —Si hubiera sabido que el final llegaba así, te habría dicho todo esto antes. Te habría amado mejor, Ana.

    Felipe dio un paso hacia ella, tan cerca que Ana pudo sentir el calor de su aliento y el roce invisible de su presencia. No la tocó, pero sus ojos le hablaron como si lo hiciera.

    —Te dejo esto —susurró—, para que vivas con el corazón lleno, no con las manos vacías.

    Ana no se contuvo, se abalanzo sobre él para abrazarlo una última vez.

    Pero antes que lograra hacerlo, sin un destello ni un ruido, Felipe comenzó a deshacerse suavemente, como si el viento le quitara capas invisibles. Ella no logró materializar su abrazo. Algo le decía que si hubiera logrado aferrarse a él, hubiera escapado a la realidad donde los dos alguna vez fueron. Primero fue su cabello alborotado, que se soltó en hilos finos que flotaron en el aire; luego su piel, que se volvió un mosaico de pétalos pálidos desprendiéndose uno a uno, girando despacio, sin prisa. El aire se llenó de una fragancia tenue, mezcla de lluvia y jazmines.

    Ana quiso atraparlos, pero cada pétalo se deshacía en polvo cálido al rozar sus dedos. Felipe no apartó la mirada en ningún momento.

    —No es un adiós —dijo, ya con la voz lejana en un eco sonoro que inundaba el cuarto de Ana—. Es el lugar donde sigo estando, aunque no me veás. Yo nunca te voy a olvidar, y siempre te voy a amar, sabé eso.

    Cuando el último pétalo se fundió con la luz que entraba por la ventana, quedó solo el rumor del viento y una claridad extraña en la habitación, como si su ausencia la abrazara.

    Ana cerró los ojos para retener ese instante… y cuando los abrió, ya era el día después, a la hora de despertarse para ir a trabajar; solo que esta vez, no recordaba haber cortado con nadie.

    Se levantó sintiéndose atolondrada con lo que había soñado, una tristeza le había invadido el corazón y no sabía por qué, si la noche anterior había salido con sus amiga Lucía y Vale. Se dirigió al baño del apartamento donde vivía y pisó algo raro, que parecía húmedo y suave.

    Cuando vio, en la planta del pie tenía pegada una flor de jazmín. La despegó, y con extrañeza y cuidado la metió entre las páginas de un libro de Paulo Coehlo.


    Ana aprendió a vivir con la extraña certeza de que algo, en algún lugar de su memoria, no encajaba del todo. Nunca lo contó; ni a su esposo, ni a sus hijos. Lo llamaba su “sueño largo”, aunque en las noches frías, cuando todos dormían, lo sentía más real que la propia casa donde vivía. Recordaba todas las memorias, recordaba todos los sucesos de una relación en la que nunca estuvo, e incluso recordaba al que en su sueño era un hombre más alto que ella, de pelo alborotado, que usaba camisas de lino a medio planchar, un lunar arriba de la ceja y barba a medio crecer.

    Una tarde cualquiera, después de recoger a los niños de la escuela, entró al supermercado. El lugar olía a pan recién hecho y a frutas maduras. Empujaba el carrito, revisando la lista en su teléfono, cuando lo vio.

    En los altoparlantes del supermercado inciaba Bittersweet Symphony de The Verve.

    Estaba frente a la sección de pastas, comparando precios. El cabello ligeramente revuelto, una camisa de lino blanca un poco arrugada, y esa forma distraída de inclinar la cabeza al leer las etiquetas… El corazón de Ana dio un vuelco seco.

    Por un instante, el mundo se volvió un túnel estrecho. Solo él y ella.

    Caminó despacio, sin darse cuenta de que apretaba el mango del carrito hasta sentir dolor en las manos. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para verlo bien, notó sus facciones.

    No había lunar en la ceja izquierda.

    Él levantó la vista, y sus miradas se cruzaron. Fue un segundo. Quizá menos.

    Ana sintió la misma claridad extraña que aquel día en que soñó todo, como si todo el ruido y el tiempo alrededor se callara.

    Sonrió, leve, sin saber por qué. Él le devolvió la sonrisa con cortesía, como se hace con un extraño que se cruza en un pasillo.

    Siguió su camino, y Ana también. En el carrito, entre la harina y el azúcar, el aire olía otra vez a jazmines.

    Al llegar a la caja, todavía con el corazón alterado, alzó la vista y lo vio de nuevo, alejándose por la puerta automática con una bolsa en cada mano. El sol de la tarde lo recortó contra la calle, y por un segundo, juraría haber visto caer un pétalo casi invisible desde su hombro hasta el pavimento.

    Parpadeó, y ya no estaba.

    Ana sonrió apenas, como quien guarda un secreto demasiado grande para contarlo, y empujó el carrito hacia la salida.


  • El Día Después

    El Día Después


    «Al perderte comprendí que no se rompe el corazón, se rompe la idea que tenía del mundo contigo»

    Ana despertó tarde, con la boca seca y los párpados hinchados. El cuarto tenía olor a noche dramática: un pocillo de té chirrepeco frío en la mesa, polvo en el borde del ventilador, la ventana entornada dejando pasar un hilo de luz gris. Por un instante no recordó la última frase que dijo, la última que escuchó. Después, el peso regresó entero al pecho.

    Se sentó despacio. La cama estaba tibia solo de su lado. Sobre la silla había una blusa doblada a medias; en el piso, el anillo barato que usaba cuando no quería pensar en qué ponerse. En la cocina, el chasquido del refri la hizo consciente del silencio verdadero: nadie contestaría si llamaba desde la puerta; nadie diría “ya voy”.

    Volvió a la mesa. La libreta estaba ahí, abierta en una página que creía en blanco. Se inclinó. Había una frase escrita en tinta negra, centrada, sin fecha:

    búscame cuando veas esto

    No tenía firma. Reconoció la letra antes de admitirlo: la misma forma de apretar la pluma en las “b”, el remate en punta de las “s”. Pasó el pulgar por el trazo. La tinta no manchó: estaba seca. ¿Cuándo lo escribió él? ¿Cómo llegó eso a su libreta si anoche, después del balcón, no volvió a entrar a la casa?

    La garganta se le cerró sin lágrimas. No era un mensaje de reconciliación, tampoco una amenaza. Era una puerta. Y la puerta abierta que daba a ninguna parte.

    Se sentó con la libreta sobre las piernas. Contó sus propias respiraciones para no llenarse de la ansiedad creciente. Escuchó los ruidos de afuera: un carro que pasó levantando polvo, un vendedor ambulante, un perro que insistía. Por dentro, el cuerpo iba más rápido: un tambor en las sienes, las manos frías, esa urgencia que da el presentimiento.

    Releyó la frase. Tres veces. En cada lectura la sintió distinta: orden, ruego, prueba. Recordó a Felipe inclinándose sobre papeles, la tinta corriéndose en su pulgar, la manía de escribir sin márgenes. Recordó, con dolor limpio, la facilidad con que él encontraba atajos en los días difíciles: “si no sabes por dónde, seguí el ruido que te llame”.

    ¿Esto la llamaba?

    Cerró los ojos. La noche anterior volvió como un golpe breve: el balcón, la baranda fría, el “hasta aquí” dicho sin dramas. La ciudad respirando sin ellos. Se había acostado tarde, sin prender la luz, con la cabeza llena y el cuerpo vacío. No hubo lugar para mensajes secretos.

    Abrió los ojos y sostuvo la libreta a contraluz. El papel dejaba ver otras páginas con anotaciones viejas: listas de supermercado, direcciones, un par de líneas subrayadas de algún libro. Nada que explicara esa frase. Nada que la negara.

    Se levantó y fue al lavatrastos. Se mojó la cara, los pómulos ardiendo bajo el agua fría. Volvió a la mesa, esta vez con la toalla al cuello. Apoyó la palma en la página, como si al cubrirla pudiera recuperar control. No hubo milagro: las palabras siguieron ahí, quietas, cerradas sobre sí mismas.

    Tomó aire. Si era un juego cruel, había comenzado sin su permiso. Si era una pista, también. Pensó en llamarlo y se detuvo: ¿Para decir qué? ¿Que había encontrado su letra en un lugar imposible? ¿Que el día después de la ruptura empezaba con una invitación que no sabía leer?

    Volvió a leer. búscame cuando veas esto.

    Se vistió sin prisa: jeans, tenis, la sudadera más vieja. Guardó la libreta en la mochila, no por obedecer de inmediato, sino para no dejarla sola en la mesa como una herida abierta. Antes de salir miró el cuarto una vez más: la cama a medio hacer, la blusa en la silla, el anillo en el piso. Nada se movió.

    Cerró la puerta con cuidado. En el pasillo, la luz era de un amarillo cansado. Ana pensó —sin saber por qué— que lo primero era salir a la calle y escuchar. Si había un camino, no iba a aparecer en la cocina. Si había una trampa, también iba a esperarla afuera.

    Bajó las gradas con la mochila al hombro, sintiendo en el fondo el peso exacto de la libreta. No era mucho. Alcanzaba, sin embargo, para cambiar la forma en que latía el día.

    Marcó su número.

    —El número que usted marcó es un número incorrecto —dijo la grabación metálica.
    Probó de nuevo, más despacio, por si había fallado un dígito.
    —El número que usted marcó es un número incorrecto.

    Buscó en sus mensajes. El chat estaba allí… vacío. Ningún texto, ninguna foto, como si hubiera estado escribiendo sola durante meses.

    Sintió un nudo caliente en el estómago, pero decidió no dejarse arrastrar todavía. Caminó hasta la avenida y tomó el bus hacia la oficina donde él trabajaba. Recordaba la fachada gris, el letrero azul sobre la puerta, el guardia con bigote.

    Cuando llegó, la fachada estaba. El letrero también. Pero en la recepción, la mujer detrás del escritorio lo negó sin titubeos.
    —Perdón… aquí nunca ha trabajado nadie con ese nombre.

    Ana rió, seca, como quien escucha un mal chiste.
    —Es alto, delgado… usa camisas de lino.
    —Señorita —cortó la mujer—, aquí no hay ningún Felipe.

    Salió a la calle con las manos frías. Sacó el teléfono para escribirle a Lucía, amiga en común. La respuesta llegó casi inmediata:
    —¿Felipe? No sé de quién hablás.

    Ana guardó el celular. Cerró los ojos y, por un instante, sintió como si el mundo hubiera exhalado sin ella. Todo seguía en su sitio: el ruido de los carros, el olor a pan de la esquina, la humedad pegada a la piel. Todo… menos él.


    La calle olía a pan y humo de escape. Ana caminaba sin rumbo, con la frase de la libreta clavada detrás de los ojos: Búscame cuando veas esto. Cada paso pesaba más que el anterior.

    Giró en una esquina para evitar el tráfico y, de pronto, el aire cambió. Como si alguien hubiera cerrado todas las ventanas del mundo de golpe. No había ruido de carros ni voces; solo un silencio lleno, húmedo, con sabor a metal.

    El pavimento bajo sus pies se volvió más oscuro, casi brillante, como después de la lluvia. Y entonces, de un parpadeo a otro, ya no estaba en esa calle.

    Estaba sentada en una mesa pequeña, frente a un vaso con cerveza que dejaba un charco redondo en el mantel de plástico. El olor a madera vieja y cerveza derramada le llegó como un golpe de memoria: el bar en la zona 1, El Gran Hotel, la primera noche que habló con Felipe de verdad, sin máscaras. No podía ser, ese bar había cerrado hacía ya más de diez años.

    Él estaba ahí, inclinado hacia adelante, escuchándola como si cada palabra lo hipnotizara un poco más, bromeaba con ese humor ácido y negro que era particular de él. Así disfrazaba él sus inseguridades y su seriedad.

    —Entonces… ¿qué es lo que más te da miedo? —preguntó él, con esa media sonrisa que usaba para disfrazar la ansiedad.

    Ana lo miró, aturdida. La textura áspera del mantel bajo sus dedos, el sonido de la rockola al fondo, el humo que flotaba lento sobre las cabezas… todo era igual que aquella vez. Pero ella sabía que no era aquella vez. No podía ser.

    Sintió la piel erizarse. ¿Estaba soñando? ¿Recordando con demasiada claridad? Quiso tocarlo, solo para confirmar que era real, pero el miedo a romper lo que fuera aquello la detuvo.

    Y entonces comprendió: si este momento estaba vivo, era porque en el mundo donde despertó esa mañana… Felipe ya no lo estaba.

    Ana lo escuchaba hablar en el bar, y cada palabra era como un hilo tibio cosiendo algo que creía perdido. Bebió un sorbo su cerveza para esconder el temblor en sus manos. Quiso quedarse ahí para siempre, anclada a ese instante.

    Pero entonces, un parpadeo… y el vaso cerveza ya no estaba. Ni la música, ni la mesa, ni Felipe.

    Estaba de nuevo en su cama, con la luz gris del amanecer filtrándose por la cortina. La libreta seguía sobre la mesa de noche, abierta en la misma página: Búscame cuando veas esto.

    El corazón todavía le latía con el ritmo del bar, pero algo había cambiado. En el portarretratos de la mesita ya no estaba la foto de ambos en su viaje a la playa; en su lugar, una imagen de ella sola, sentada en la arena. El hueco donde él debería estar era tan evidente que parecía que el encuadre de la foto estaba mal hecho.

    Encendió el celular. Buscó su nombre en los contactos. Nada. Probó en redes. Nada. Era como buscar una palabra que sabía que existía, pero que de pronto nadie recordaba.

    El aire del cuarto se sintió más frío. La certeza le cayó encima como un ladrillo: en este día —el día al que siempre volvía— Felipe no existía. Y no había manera de cambiarlo. Se echó a llorar. Un poco por tristeza, un poco por frustración, un poco por quién sabía qué.


    El segundo salto no fue tan abrupto como el primero. Ana estaba en su cocina, con una taza de café a medio tomar, cuando sintió ese calor en la nuca, esa presión en los oídos que ya empezaba a reconocer. El parpadeo fue suficiente.

    El mundo cambió.

    Ahora estaba recostada contra el marco abierto de su Chevy Metro, el olor a gasolina flotando en el aire y el pavimento aún húmedo por la llovizna reciente. Frente a ella, las líneas de parqueos de la tienda de conveniencia en la gasolinera de la Avenida Las Américas. Las luces blancas caían desde lo alto, dibujando sombras largas que temblaban con cada carro que pasaba por la avenida.

    Felipe estaba a su lado, con una cerveza en la mano y la sonrisa fácil que le salía cuando estaba entre amigos. Y ahí estaban ellos: un grupo de cuatro o cinco, todos medio apoyados en los carros, formando ese semicírculo que se arma cuando una historia empieza a tomar vuelo.

    En el centro, Miguel —el amigo de Felipe— gesticulaba con las manos, imitando voces, exagerando acentos, doblando la espalda para representar a un anciano invisible que regañaba a su nieto. No había guion, no había plan; solo una cascada de palabras y caras que hacía que todos estallaran en carcajadas.

    Ana sintió cómo la risa se le escapaba, genuina, de un lugar donde ya casi no quedaban cosas intactas. Se abrazó el torso, más por contener el momento que por frío, y dejó que la alegría del grupo la envolviera.

    Miró de reojo a Felipe. Él no miraba a Miguel, la miraba a ella, como si su verdadera diversión fuera verla reír. Ana desvió la mirada rápido, guardándose ese instante como quien oculta un diamante.

    El aire olía a fritanga de un puesto cercano, mezclado con el humo tenue de los escapes. Alguien destapó otra cerveza con el borde del parachoques y el sonido metálico rebotó entre las risas.

    Por un segundo, Ana quiso decirle a Felipe que recordaría esto, que lo grabaría en su memoria como uno de esos momentos que parecen pequeños pero que, años después, son lo único que uno quiere volver a vivir.

    Pero no hubo tiempo. El calor en la nuca volvió. El brillo de las luces de la gasolinera se fundió en blanco y el pavimento desapareció bajo sus pies.

    Abrió los ojos en su apartamento. El café en la mesa ya estaba frío. En la mesita de noche, junto a la libreta con la frase imposible, había una tapa de cerveza con el logo de una marca que ya casi no vendían.

    Ana la tomó, la apretó en la mano y sonrió con tristeza. No necesitaba entenderlo todavía; por ahora, solo quería seguir guardando pruebas de que, en algún lugar, Felipe todavía existía.

    El tercer salto llegó de madrugada. Ana estaba acostada, mirando el techo, con el cuerpo pesado de insomnio. No hubo aviso esta vez, solo un parpadeo, y de pronto el mundo tenía otra temperatura, otro olor, otra luz.

    Estaba en una habitación que reconoció de inmediato: la de Felipe, cuando vivía en aquel apartamento pequeño de paredes color crema y cortinas baratas. Afuera, la ciudad estaba en silencio, como si los edificios hubieran decidido dormir más profundo de lo normal.

    El aire estaba tibio, cargado con un aroma que mezclaba jabón recién usado y algo más íntimo, difícil de nombrar. La sábana se arrugaba bajo sus dedos; la textura áspera en algunos pliegues contrastaba con la suavidad del cuerpo de Felipe, que dormía de lado, con un brazo extendido hacia ella.

    Ana lo observó en silencio. El cabello revuelto, la respiración lenta, esa línea en la frente que se formaba incluso cuando descansaba. No había ruido de autos, ni voces, ni nada que rompiera ese instante.

    Sintió una presión cálida en el pecho: no era nostalgia, todavía no… era esa sensación de estar en el centro exacto de algo que importaba. Quiso mover la mano para rozar su hombro, pero se contuvo; cualquier gesto parecía capaz de romper el equilibrio perfecto de la noche.

    Felipe, medio dormido, murmuró algo que ella alcanzó a entender entre sueños:

    —No te vayas.

    Ana sonrió, aunque sabía que tenía que irse temprano por la mañana. Esa vez le respondió con la verdad:

    —No me voy.

    Felipe le puso la mano encima del pecho, acariciándola suavemente. Eran caricias inocentes, a pesar de estar tocando áreas que un padre consideraría restringidas a un hombre para con su hija. Ana no pudo menos que sostener el llanto. Se le había olvidado qué tan bien la conocía Felipe y qué tan bien se sentían sus manos en su cuerpo.

    La frase se quedó flotando, pegada al techo, mientras el calor en la nuca volvió a subir.

    —No…¡Nonononono! — Alcanzó a murmurar…

    Las paredes se difuminaron, el colchón desapareció y Ana abrió los ojos en su cama actual, sola, con la madrugada real pegada a la ventana.

    En su mesa de noche había algo que no estaba antes: un mechón de hilo rojo, del mismo color que las costuras viejas de la almohada de Felipe. Lo sostuvo en la mano como si pudiera quemarla.

    No había explicaciones. No las quería todavía. Solo estaba segura de una cosa: en este nuevo día, Felipe no existía.


    El siguiente salto llegó en medio de un sorbo de café. Ana estaba en la cocina, con la taza a medio camino hacia los labios, cuando la luz cambió. El aire se volvió más frío, cargado con ese olor a desinfectante de pasillo recién trapeado.

    Parpadeó, y ahí estaba: el uniforme azul marino de la secundaria, la falda que siempre le pareció demasiado larga, la blusa con cuello rígido y los zapatos lustrados. Frente a ella, Felipe, un año mayor, con el suéter del colegio medio abierto y el cabello despeinado como si nunca hubiera aprendido a peinarse bien.

    La reconoció de inmediato, aunque él todavía no tenía la sombra en la mirada que llegaría años después. Sonreía fácil, como si no existieran más problemas que las tareas y la patineta.

    Ana sintió que algo dentro de ella se tensaba. Sabía lo que estaba por pasar. Lo había vivido. Lo había dicho. Entendió al instante dónde estaba. Recordó cada palabra, cada respiración, y el dolor le golpeó como un puño en el estómago.

    —No… no, por favor… —murmuró, y luego, desesperada, gritó— ¡No lo hagas!

    Pero la Ana joven ya estaba hablando.

    —Felipe, tenemos que hablar.

    —¡No! ¡Callate! —la Ana adulta lloraba, intentando interponerse, agitar las manos frente a su yo adolescente—. ¡No lo digás, por favor! ¡No sabés lo que va a pasar!

    Él frunció el ceño, confundido.

    —¿Qué pasa?

    —Necesito… necesito tiempo para mí. Quiero enfocarme en mis estudios.

    Ana adulta gritó, la garganta ardiéndole.

    —¡Mentís! ¡Es mentira! ¡Decile que lo amás! ¡Agarrálo, abrazálo! ¡No lo dejes ir!….

    Veía el reflejo de ambos en la ventana del salón vacío: ella, desde la puerta de la casa de sus padres, mordiéndose el labio; él, con las manos metidas en las bolsas del pantalón, intentando entender algo que no podía controlar en medio de esa tarde de verano.

    —¿Es por algo que hice? —preguntó él, y Ana sintió la punzada vieja en el estómago.

    —No. Es por mí —respondió, sin poder evitarlo.

    Las palabras se posaron en el aire como polvo. El silencio entre ellos se llenó del ruido lejano de otros estudiantes saliendo de un colegio en los alrededores, marcando el final de la jornada matutina.

    Las lágrimas le corrían a la Ana adulta como si fueran fuego líquido. Extendió las manos, intentando tocarlo, empujando contra una pared invisible que la mantenía fuera de la escena.

    —¡No lo dejes solo! ¡No lo abandones! ¡Por favor!

    Felipe asintió, apenas. No se movió para detenerla. Solo dijo:

    —Entonces… supongo que te veo por ahí.

    Ana dio media vuelta, pero antes de cruzar la puerta lo miró de reojo. La luz de la tarde se colaba por las ventanas altas, bañando su silueta con un brillo que la golpeó en el pecho.

    Ana adulta cayó de rodillas, jadeando, sintiendo que el pecho se le rompía en mil pedazos. Quiso quedarse, empujar a la Ana joven y abofetearla para hacerla entender. Pero ella no estaba viviendo el momento, estaba viviendo el recuerdo. Y como una obra cruel del destino, en ese momento el recuerdo la expulsó de regreso a la realidad.

    Parpadeo. De nuevo estaba en su cama, con el eco de esa despedida adolescente rebotando en su cabeza. Afuera, el día seguía su curso. Dentro de esta realidad, Felipe nunca había pasado por su vida. Lloró amargamente, hasta que sintió que ya no había más en ella que pudiera sacar.


    Siempre de vuelta a ese maldito día. El día después.

    Ana pasó toda la mañana tirada en su cama, no tenía las fuerzas físicas ni emocionales para hacer nada de lo que tenía que hacer. De parte del trabajo ya tenía alrededor de doce mensajes y cinco llamadas perdidas.

    Ese día no le importaba en lo absoluto. Cayó la noche y, sin avisarle, vino de nuevo: Ana parpadeó y, de golpe, la humedad fría de la noche se volvió un aire tibio, encerrado. El olor era inconfundible: desinfectante barato intentando cubrir el aroma persistente de las cortinas viejas. Reconoció el cuarto al instante: motel sobre la Roosevelt, paredes pintadas de un amarillo que intentaba ser cálido, pero que se sentía como cargado de muchas historias y corazones rotos en esa habitación.

    La sábana áspera se arrugaba bajo sus rodillas. Afuera, el ruido distante de tráileres pasaba como si el mundo siguiera sin saber lo que estaba a punto de suceder ahí dentro.

    Felipe estaba frente a ella, sentado al borde de la cama. Tenía esa expresión rara que mezclaba nervios y ternura, como si no supiera dónde poner las manos. La luz tenue del foco de la mesita lo recortaba en sombras suaves.

    No era la primera vez que se tocaban, no era la primera vez que sus cuerpos coincidían. Pero sí era la primera vez que importaba. No como un impulso, no como una casualidad, sino como una decisión.

    —¿Estás segura? —preguntó él, y su voz tenía una fragilidad que ella nunca había escuchado antes.

    Ana adulta, atrapada en su yo más joven, sintió un nudo en la garganta.

    Quería decirle “sí, y no sabés cuánto me voy a aferrar a este recuerdo”, pero su boca repitió lo que había dicho entonces:
    —Sí… pero no me sueltes.

    Él sonrió, no mucho, apenas lo justo para que se notara que también estaba nervioso. Se acercó, y el peso de la cama cedió. Ana sintió el roce de su rodilla contra la de él, el calor compartido en un cuarto demasiado pequeño para tantas emociones.

    Y ahí, mientras sus manos se buscaban con cautela y sus miradas se sostenían como si fueran a decirse todo sin palabras, Ana adulta lloraba por dentro. No por tristeza, sino porque sabía que este instante —ese latido exacto— sería una de las pocas veces en su vida en que alguien la miraría así: como si nada más existiera.

    El reloj de la pared marcaba las cinco con cuarenta y cinco de la tarde. y el tiempo parecía encogerse. Ana quería detenerlo, quedarse ahí para siempre. Pero su cuerpo seguía obedeciendo la memoria. Y cuando los labios de Felipe rozaron los suyos, entendió que, aunque la vida se encargara de separarlos después, nadie podría arrebatarle la magnitud de ese momento.

    Cuando el salto se deshizo, se llevó consigo no solo la imagen, sino el olor del cuarto, el temblor de sus piernas y un hueco tibio en el pecho, como si hubiese dejado algo encendido en un lugar al que nunca podría volver.

    El aire de la nueva mañana le pesó distinto; no era tristeza pura, sino una nostalgia que mordía lento, recordándole que, aunque hubiera otras calles y otros días, ninguno tendría esa misma luz.


    La lluvia golpeaba el techo como si quisiera arrancarlo. Ana abrió los ojos y el olor a humedad y cigarro la devolvió a una habitación que conocía demasiado bien. Luz anaranjada entraba a medias por la ventana, proyectando la silueta de Felipe en la pared: encorvado al borde de la cama, encendiendo un cigarro con movimientos torpes, como si las manos no le respondieran del todo.

    El humo se enroscó en el aire antes de disiparse. Él no la miró.

    —Siempre me dejás afuera, Ana —dijo con voz baja, casi rota—. No me contás nada. No me dejás saber qué pensás… qué sentís de verdad.

    Ana adulta sintió un nudo en el estómago, uno que no recordaba haber sentido con esa intensidad en su momento. Se levantó instintivamente para acercarse, para tocarle el hombro, para decirle que no era así. Pero sus pies no respondieron. Su yo joven, sentada contra la cabecera, abrazaba sus rodillas y evitaba su mirada.

    —No es tan fácil… —dijo ella, y en su voz había una mezcla de cansancio y miedo.

    Felipe soltó una risa amarga que sonó más a un quejido que a burla.

    —¿Fácil para quién? —expulsó el humo con violencia—. Me hacés sentir como un invitado en tu vida… como si solo pudiera quedarme en la puerta.

    La Ana adulta gritó por dentro. Quería sacudir a esa otra Ana, decirle que hablara, que se abriera, que no dejara pasar ese momento. Pero la escena siguió como una obra sin posibilidad de improvisar.

    —No es que te deje afuera —contestó la Ana joven, clavando la mirada en la lluvia tras la ventana—. Es que a veces no sé si querés quedarte.

    Felipe apagó el cigarro en un vaso con agua. El chisporroteo sonó como un latido quebrado. Levantó la cabeza y la miró por primera vez.

    —Si no quisiera quedarme, ya me habría ido.

    Las palabras quedaron flotando, inmóviles, pesando más que cualquier grito. La lluvia golpeaba las láminas con furia, llenando el silencio. Ana adulta sintió las lágrimas arderle en la garganta, pero en esa línea de tiempo no podía llorar. Solo mirar cómo dos personas que se querían no encontraban la manera de alcanzarse.

    La escena no terminó con un portazo ni con un adiós, sino con ellos dos sentados en la misma cama, separados por un océano invisible que ninguno se atrevió a cruzar. Ana no quería parpadear, sin embargo, involuntariamente lo hizo y en un tris, estaba de regreso en el día después. Pero algo raro pasó esta vez: Generalmente regresaba a la hora en la que normalmente se despertaba, o de madrugada. Esta vez, cuando abrió los ojos, el reloj marcaba cuarto para las diez de la mañana. Algo se sentía diferente.

    El aire estaba impregnado de una calma extraña, como si el mundo se hubiera detenido para dar espacio a algo inevitable.

    Se incorporó, sintiendo la textura suave de las sábanas bajo sus manos, y entonces lo vio.

    Felipe estaba junto a la ventana abierta, con la camisa blanca arrugada y el cabello desordenado por el viento. La luz entraba sesgada, acariciándole el rostro y haciendo brillar el pequeño lunar en el arco de su ceja izquierda. Sus manos descansaban en los bolsillos, pero su postura tenía algo distinto, más definitivo.

    —Hola Ana, veo que me buscaste… —dijo. En su voz había ternura y resignación a partes iguales—No puedo cambiar lo que somos, pero puedo darte algo.

    Ella sintió un vértigo inexplicable.
    —¿Qué me diste, Felipe? ¿Por qué todo esto?¿Me drogaste y todo esto es un trip?¿Tenés idea de todo lo que acabo de vivir, de todo lo que volví a sufrir por tu culpa?

    Él se giró por completo, y por un segundo ella creyó que el tiempo se había vuelto líquido, porque su mirada parecía contener todos los momentos que habían vivido.

    —No, para nada. Por increíble que te parezca, solo cambiamos de dimensión. Te puse en un lugar donde yo nunca existí. No para que me olvides… sino para que aprendas a amar mejor. Para que uses lo que fuimos, y lo que no pudimos ser, en lo que venga después.

    Ana sintió un nudo formarse en la garganta.

    —¿Y yo? ¿Por qué tengo que ser yo?¿Qué voy a ser para tí después de esto?

    Felipe sonrió, esa sonrisa breve que siempre parecía a punto de romperse.

    —Yo fui tu prueba y error. Y vas a ser…todo. Siempre vas a ser mi todo. Aunque para ti solo parezca un sueño.

    La habitación se llenó del sonido suave del viento y del golpeteo de una rama contra la ventana. Él dio un paso atrás, como si la luz lo reclamara. Un olor a jazmín que venía del patio se coló por la ventana, dándole una sensación peculiar al momento.

    —Cuando despiertes de nuevo, no sabrás si esto fue real. Pero algo en ti va a recordar, incluso si no podés ponerle nombre.

    Hizo una pausa, respiró hondo y su expresión se suavizó.

    —Pero yo… yo no quería irme sin decirte lo que nunca supe poner en palabras. Gracias, Ana. Por las veces que me salvaste sin darte cuenta, por las carcajadas que me devolvieron la vida, por quedarte cuando yo no tenía nada que ofrecer. Gracias por amarme incluso cuando yo mismo no podía hacerlo.

    Felipe continuó:

    —No te pido que me recuerdes. Ese no es el propósito de este regalo. El propósito es que usés lo que tuvimos para que lo que venga después sea más hermoso, más honesto. Que no te guardés lo que sentís. Que abracés más, que te vayas menos.

    Ella sintió que el aire se volvía espeso, como si el mundo no quisiera que esas palabras se escaparan.

    Sus ojos brillaban, pero no lloraba.

    —Si hubiera sabido que el final llegaba así, te habría dicho todo esto antes. Te habría amado mejor, Ana.

    Felipe dio un paso hacia ella, tan cerca que Ana pudo sentir el calor de su aliento y el roce invisible de su presencia. No la tocó, pero sus ojos le hablaron como si lo hiciera.

    —Te dejo esto —susurró—, para que vivas con el corazón lleno, no con las manos vacías.

    Ana no se contuvo, se abalanzo sobre él para abrazarlo una última vez.

    Pero antes que lograra hacerlo, sin un destello ni un ruido, Felipe comenzó a deshacerse suavemente, como si el viento le quitara capas invisibles. Ella no logró materializar su abrazo. Algo le decía que si hubiera logrado aferrarse a él, hubiera escapado a la realidad donde los dos alguna vez fueron. Primero fue su cabello alborotado, que se soltó en hilos finos que flotaron en el aire; luego su piel, que se volvió un mosaico de pétalos pálidos desprendiéndose uno a uno, girando despacio, sin prisa. El aire se llenó de una fragancia tenue, mezcla de lluvia y jazmines.

    Ana quiso atraparlos, pero cada pétalo se deshacía en polvo cálido al rozar sus dedos. Felipe no apartó la mirada en ningún momento.

    —No es un adiós —dijo, ya con la voz lejana en un eco sonoro que inundaba el cuarto de Ana—. Es el lugar donde sigo estando, aunque no me veás. Yo nunca te voy a olvidar, y siempre te voy a amar, sabé eso.

    Cuando el último pétalo se fundió con la luz que entraba por la ventana, quedó solo el rumor del viento y una claridad extraña en la habitación, como si su ausencia la abrazara.

    Ana cerró los ojos para retener ese instante… y cuando los abrió, ya era el día después, a la hora de despertarse para ir a trabajar; solo que esta vez, no recordaba haber cortado con nadie.

    Se levantó sintiéndose atolondrada con lo que había soñado, una tristeza le había invadido el corazón y no sabía por qué, si la noche anterior había salido con sus amiga Lucía y Vale. Se dirigió al baño del apartamento donde vivía y pisó algo raro, que parecía húmedo y suave.

    Cuando vio, en la planta del pie tenía pegada una flor de jazmín. La despegó, y con extrañeza y cuidado la metió entre las páginas de un libro de Paulo Coehlo.


    Ana aprendió a vivir con la extraña certeza de que algo, en algún lugar de su memoria, no encajaba del todo. Nunca lo contó; ni a su esposo, ni a sus hijos. Lo llamaba su “sueño largo”, aunque en las noches frías, cuando todos dormían, lo sentía más real que la propia casa donde vivía. Recordaba todas las memorias, recordaba todos los sucesos de una relación en la que nunca estuvo, e incluso recordaba al que en su sueño era un hombre más alto que ella, de pelo alborotado, que usaba camisas de lino a medio planchar, un lunar arriba de la ceja y barba a medio crecer.

    Una tarde cualquiera, después de recoger a los niños de la escuela, entró al supermercado. El lugar olía a pan recién hecho y a frutas maduras. Empujaba el carrito, revisando la lista en su teléfono, cuando lo vio.

    En los altoparlantes del supermercado inciaba Bittersweet Symphony de The Verve.

    Estaba frente a la sección de pastas, comparando precios. El cabello ligeramente revuelto, una camisa de lino blanca un poco arrugada, y esa forma distraída de inclinar la cabeza al leer las etiquetas… El corazón de Ana dio un vuelco seco.

    Por un instante, el mundo se volvió un túnel estrecho. Solo él y ella.

    Caminó despacio, sin darse cuenta de que apretaba el mango del carrito hasta sentir dolor en las manos. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para verlo bien, notó sus facciones.

    No había lunar en la ceja izquierda.

    Él levantó la vista, y sus miradas se cruzaron. Fue un segundo. Quizá menos.

    Ana sintió la misma claridad extraña que aquel día en que soñó todo, como si todo el ruido y el tiempo alrededor se callara.

    Sonrió, leve, sin saber por qué. Él le devolvió la sonrisa con cortesía, como se hace con un extraño que se cruza en un pasillo.

    Siguió su camino, y Ana también. En el carrito, entre la harina y el azúcar, el aire olía otra vez a jazmines.

    Al llegar a la caja, todavía con el corazón alterado, alzó la vista y lo vio de nuevo, alejándose por la puerta automática con una bolsa en cada mano. El sol de la tarde lo recortó contra la calle, y por un segundo, juraría haber visto caer un pétalo casi invisible desde su hombro hasta el pavimento.

    Parpadeó, y ya no estaba.

    Ana sonrió apenas, como quien guarda un secreto demasiado grande para contarlo, y empujó el carrito hacia la salida.


  • La Luz de las 8:25

    La Luz de las 8:25


    El vigilante decía que a esa hora el edificio se llenaba de ruidos: puertas cerrándose, ollas chocando en las cocinas, pasos apurados subiendo las gradas.

    Eran las 8:25 de la noche cuando escuchó un golpe seco, distinto a cualquier cosa que hubiera oído antes. Entre el rugido de un carro acelerando y el murmullo de un televisor en algún apartamento, supo que no era un accidente.

    No corrió. No gritó. Se quedó en la garita, con la mano en el llavero, viendo la sombra tendida bajo la luz amarilla del poste. No se acercó de inmediato; algo en su pecho le dijo que, para Jorge, ya era demasiado tarde.

    El arribo de la policía y el inicio de las entrevistas a los vecinos del edificio de apartamentos fue un confuso inicio de la noche para el vigilante. Uno a uno fueron bajando los todos para observar como el Ministerio Público recogía evidencias y tapaba con una lona de anuncios publicitarios cosidos torpemente entre sí, el cuerpo de Jorge, y luego ser entrevistados por el perito a cargo de la investigación.


    La perito forense Michelle del Cid tenía la tarea de entrevistar a los habitantes del modesto edificio de aquella zona de clase media en Ciudad San Cristóbal. El trabajo le sabía amargo, pues no tenía horario fijo y no pasaba mucho tiempo con su esposo, lo cual había creado una brecha que estaban trabajando juntos en cerrar, pero este tipo de circunstancias no hacía otra cosa que distanciarlos aún más.

    De carácter afable y con unos ojos color miel, Michelle se presentaba a trabajar siempre con una actitud positiva, aunque al rato, entre diligencias, se quejara del trabajo y lo mal pagado que era.

    Llegó a la escena del suicidio en una camioneta del MP, cargada con todos los implementos para hacer el recaudo de evidencias y demás; pero esta vez su jefe le había instruido hacer primero las entrevistas a los inquilinos del edificio y luego recogiera evidencias. Esto le pareció un poco raro pero órdenes eran órdenes.

    Cuando se bajó de la camioneta, el frío le caló hasta los huesos. En esta zona de la ciudad el viento pegaba distinto. Se tuvo que bajar el hazmat hasta la cintura y se puso un hoodie con el nombre de una banda de thrash metal: Suicidal Tendencies.

    El otro perito que estaba con ella en la van le señaló el hoodie y dijo:

    —¿Venís a levantar el cuerpo o a darle la bienvenida?
    —No seás burro vos, respetá. Es que hay frío.
    —Frío el cuerpo de allí. Pero va, ya ni una broma podés aguantar. Saquemos esto, tengo hambre. ¿Tacos después? ¿antes de regresar la camioneta?
    —Sí. Igual Raúl está fuera por trabajo. No tengo por qué llegar a la casa temprano


    La vecina del 3B

    Michelle se sentó en un banco. Frente a ella, del otro lado de la mesa plegable que había puesto afuera de la van estaba doña Mercedes.

    Michelle pudo recolectar toda la información necesaria: Vivía sola desde que su hijo se fue a Estados Unidos hace más de diez años.

    ¿Dormir? ya no dormía bien, así que, cada noche, escuchaba cómo Jorge subía las gradas.

    —Usted me dice, licenciada.
    —Tranqui, doña Mercedes —Michelle anota— Cuénteme de Jorge.

    —Subía tarde… casi a diario —La voz se le acomoda— con pan francés en bolsa, una botella de agua. Solo eso. Paso quedito, como que pensaba cada paso que daba en las gradas

    —¿Amigos, visitas?

    —Nunca le vi a nadie. —Mira sus manos— Una vez le pregunté si no le daba cosa andar de noche. Me dijo: “A esta hora hay menos gente”. Así, calmado… pero con una mirada… —hace un gesto de vacío— como de quien viene regresando y todavía no llega.

    Ese “menos gente” le sonó a más de lo que dijo, pero no preguntó.

    —¿Algún gesto que recuerde? Algo pequeño.

    En su mente, cada vez que lo veía, lo comparaba con su hijo, pero no por lo físico, sino por ese aire de alguien que se fue de su casa hace mucho… y todavía no ha llegado a ninguna parte.

    Un par de semanas antes de lo ocurrido, le contó a Michelle, él tocó su puerta para devolverle una charola de plástico. “Usted me la prestó cuando le compré tamales, ¿se recuerda?”, dijo. Ella no se acordaba, pero aceptó la charola igual.

    Michelle le agradeció y la despidió extendiendo su mano derecha hacia ese mismo lado, como indicando que podía levantarse. doña Mercedes vio para todos lados antes de entender que era seña de que podía irse. con un temblor generalizado de cuerpo, se levantó y se fue.


    La adolescente del 3A

    Valeska llega con los audífonos en el cuello, el uniforme del instituto y el pelo aún húmedo.

    —¿Puedo…? —se sienta sin esperar respuesta—. Él me prestó un libro.

    —Nombre y apartamento, porfa —dice Michelle, suave.
    —Valeska, 2B. —Se inclina hacia la mesa—. Pedro Páramo. Me lo prestó en el ascensor cuando todavía servía.
    —¿Cómo fue eso?
    —En el ascensor, cuando todavía jalaba. Me vio con un libro de segunda y dijo “leé este mejor”. Lo sacó de su mochila, todo viejito, con el lomo vencido. Le dije que se lo devolvía en una semana. Me contestó: “Tomate tu tiempo. Lo que vale la pena no se lee con prisa”.

    —¿Volvieron a hablar?
    —Varias. Una vez se atoró el ascensor entre el tercero y el cuarto y nos quedamos trabados. Yo me paniqueé. Él apagó la luz del techo con el codo, así, y me dijo “respirá conmigo, niña”. Marcaba el ritmo con los dedos en la baranda: tac-tac, tac-tac. “Pensá en cualquier lugar donde te guste estar.” Le dije que el parqueo del instituto cuando llueve, porque huele a tierra. Se rió y me dijo: “Yo pensaba en mi cocina de patojo, cuando mi mamá decía que ya estaba el té”.

    —¿Le gustaba el té?
    —Dijo que le gustaba la idea, no el sabor. —Valeska se encoje de hombros—. “A veces lo único que calma es el gesto”, me dijo.
    —¿Te pidió el libro de vuelta?
    —Nunca. —Valeska baja la voz—. Adentro había una servilleta. —Abre su mochila, saca el libro, se lo ofrece—. Aquí.

    Michelle se pone guantes de nitrilo por inercia, aunque no son evidencias formales; hojea con cuidado. La servilleta está doblada como si fuera un separador. Tinta azul, letra inclinada:

    “Algunos regresan al pueblo solo para despedirse.”

    La frase le pasa por el cuerpo como un frío distinto. La ha oído antes. No aquí. En otro lugar.

    —¿Él te preguntó si lo terminaste? —dice, para volver al presente.
    —Sí. Me topó en el pasillo. Le dije que me dejó rara… y él sonrió. Como… satisfecho.

    —¿Algo de su forma de ser?
    —Escuchaba. Como que de verdad escuchaba. Una vez me dijo “tú dibujás letras bonitas, deberías estudiar diseño”. Nadie me dice esas cosas. Él sí. —Sonríe apenas—. Y cuando me vio llorar porque me dejaron en visto, solo me alcanzó un paquetito de pañuelos y dijo “que te duela un rato, después hacés tarea”. Nada de consejos raros, solo… estuvo allí.

    Michelle anota “presta y no cobra”, “frases en servilletas”. Debajo, traza una línea y escribe, sin pensarlo: call center. Tose. Tacha la palabra. Sigue.

    —Gracias, Vale. Te vamos a devolver el libro cuando terminemos.
    —Va. —La chica se cuelga la mochila, mira hacia la lona—. Qué feo, va.
    —Sí, tú, quién sabe en qué estaba pensando cuando se tiró —responde Michelle, bajito.

    Servilleta. Misma tinta. Misma costumbre. El café ahora sabe a cartón frío.


    El del 4A

    Michelle anotaba todos los datos que pudieran servir a la investigación. Era ahora el turno del testigo del 4A, vecino de Jorge.

    Luis llegó con la chaqueta encima de la pijama, manos de nicotina, ojos de quien quiere irse.

    Luis empezó a fumar en el balcón para evitar peleas con su esposa. Jorge, del 4B, se le unía a veces, con un cigarro ya encendido. No hablaban mucho, pero cuando lo hacían, las palabras quedaban colgando en el aire.

    — Buenas, nombre y apartamento por favor.
    —Soy Luis, 4A. Fumábamos en el balcón. Él salía cuando yo salía, no siempre, pero seguido. No hablaba pajas, hablaba despacio.
    —¿Recuerda algo que haya dicho?
    —Sí. “Hay cosas que no se pierden… solo aprenden a quedarse calladas.” Lo tiró así, viendo para abajo. Yo le pregunté dónde lo leyó y dijo “no lo leí, lo pensé”.
    —¿Cómo estaba cuando lo dijo?
    —Como cuando uno anda demasiado tranquilo para meterse a ver…clavos. —Se queda pensando—. Mire, una noche los del 3C estaban haciendo vergue…clavos, gritando. Yo iba a gritar también, pero él me puso la mano en el hombro: “No hay que gritar para tener razón”. Me dejó el hombro caliente y se metió. Yo no grité.

    Michelle escribe: evita el ruido, desactiva el pleito.

    —¿Algún gesto mínimo?
    —Mi encendedor falló y él me prendió el cigarro con una cerilla de una cajita de mentas, de esas de lata. La dejó en la baranda: “Por si falla otra vez”. Al día siguiente, cuando me vio con dos six de cervezas, me cambió una por una Raptor que traía: “Mañana madrugás, vos”. —Se ríe corto—. Yo ni le dije que madrugaba.

    —¿Lo vio tomar?
    —No. —Dijo Luis— Si tomaba, no conmigo. Si lloraba, no conmigo. Pero… —volvió la vista hacia la lona por primera vez—… si alguien iba a aguantar los pedazos de otro, era él.

    Michelle dibuja la cajita de lata en la esquina de la hoja. Debajo: cargaba con las penas de otros. Le tiembla un poco la mano.


    El vigilante

    —Buenas noches poli — dijo Michelle.
    —’Nas noches seño’ — respondió el vigilante. Su cara tenía un pesar que no se podía diferenciar entre los sucesos del día o si se mantenía así de cansado.
    —Nombre y apartamento, por favor— erró Michelle
    —Malhaya y yo viviera aquí seño — se rió con esa inocencia burlona de la gente del interior — Soy Byron Caal, soy el guardián de este edificio

    Michelle se disculpó, le preguntó a Byron por Jorge.

    No hablaban mucho, pero Jorge todos los días, Jorge le dejaba una botella de Raptor fría encima del counter de la garita.
    —Por si le da sueño poli —decía, y seguía su camino —No se quedaba a platicar mucho.
    —¿Nunca?
    —A ratos. Cuando llovía se quedaba parado conmigo viendo cómo caía el agua. Una vez se fue la luz y nos quedamos a oscuras, solo con el poste de ajuera. Él sacó el celular y me alumbró el cuaderno donde llevo las placas de los carros. “No lo vaya a perder”, dijo, y se quedó hasta que regresó.
    —¿Le contó algo de su vida?
    —No de cuentos largos. Pero me preguntó si no extrañaba estar en otro lado a estas horas. Yo le dije que uno se acostumbra. Él dijo: “Yo no”. Así, seco. —Se paró bruscamente y fue a pocos pasos a buscar algo, dentro de la garita—. Y me dejó esto la semana pasada.

    Puso sobre la mesa una cajita de mentas de lata, abollada. Adentro habían tres cerillas.

    —La iba a tirar, pero… no sé.
    —Cuénteme del suceso — preguntó Michelle con cautela —¿Vio algo raro hoy?¿Algo que le pudiera dar a entender que Jorge iba a saltar como lo hizo hoy?
    —Ahora que lo pienso — dijo Byron — Jorge no salió hoy como todos los días. Yo pensé que estaba de descanso… no es que supiera mucho de su vida, porque a uno no le tiene que importar la vida de los demás ¿Verdá usté? a uno le pagan por trabajar, pero siempre ha….
    —Don Byron, disculpe—interrumpió Michelle un poco apresurada— No es que no lo quiera escuchar pero tengo una noche larga y necesito terminar con las entrevistas. ¿Podría darme los detalles, por favor?

    Byron, azorado por lo directo de la perito no pudo dejar de sonrojarse, aún con su color bronce de piel, se agitó un poco incómodo en la silla y se rió nerviosamente, procedió:

    —Disculpe seño. Pues como le decía, yo no vi a Jorge hoy en todo el día y me extrañó que no me pasara dejando mi Raptor hoy, porque hoy si andaba medio asueñado usté…

    Michelle giró los ojos con un poco de desesperación, Byron lo notó y trató de retomar la conversación pero más conciso.

    —La cosa es que el día transcurrió normal, pero cabal a las ochocientas veinticinco se oyó el golpe. Yo primerito pensé que había sido un gato que se había cáido encima de los carros, por allá mire usté — señaló una hilera de carros parqueados en fila, justo a un lado de la garita, bajo una galera — pero no, fue don Yorch.

    Una lágrima sincera le rodó a Byron desde el ojo almendrado. Para un hombre maya que no fue criado para llorar, esa experiencia le pareció extraña. Se limpió tan rápido como pudo y trató de recomponerse.

    Michelle metió la caja en una bolsa de evidencia como si guardara un secreto. Es la misma caja que dibujó. Algo la desesperó. Terminó antes de hacerle más preguntas al vigilante:

    —Gracias, Byron

    Byron mira la lona y baja la vista.

    —Ahorita se oye todo. Pero a esa hora… fue diferente.


    Michelle ya no podía seguir con las entrevistas. Tenía que ver el cuerpo. Algo le atraía a él más que una simple curiosidad. Sentía que podía ser algo más funesto de lo que creía. Empezó a repasar a todos los Jorges que conocía pero ninguno que no supiera en donde vivía o con el cual no mantuviera contacto.

    Algo le parecía mal; algo le decía que éste Jorge tenía algo que ver con ella. Se dirigió al otro perito:

    — Vos Herberth, hacéme el favor, terminá con las entrevistas. Ya solo faltan los del quinto nivel. Yo voy a empezar a recoger pruebas, así adelantamos todo.

    —Como usted diga… ¡jefecita! — replicó el otro con un tono entre burlón y enojado. De mala manera dejó de preparar los equipos de luz ultravioleta y de pinzas y reactivos químicos para las pruebas móviles y agarró una libreta y ocupó el lugar de Michelle.

    —Buenas noches seño, tápese por favor que se le ve todo…

    Michelle dejó a Herberth atrás y se dirigió hacia donde estaba la lona, la ambulancia de los Bomberos Municipales había llegado antes que la de los Voluntarios y tan enfrascados en discutir estaban que ni se dieron cuenta que Michelle ya estaba allí.

    —Puta Michelle, ¡Ya era hora mano! — le alegó uno de los bomberos — ese tu compañero el Herberth, no sólo mula sino que también cae mal, nosotros ya nos tenemos que ir porque si yo me quedo un minuto más le reviento el hocico a ese huevón, lagartija de la Municipalidad — señaló a un bombero el doble de alto que él que estaba recostado en el capó de la ambulancia verde. Al verse señalado se incorporó y con paso amenazante se dirigió al bombero voluntario:
    —Y vos ¿Qué putas, enano de mierda?¿Solo porque ya vino tu nana aquí te la vas a llevar de gallito? Soltá el primero pues, vamos a ver si no te descalabro ese diente de oro de mierda de una trompada, ¡Venite pues!

    Se armó el tumulto; los compañeros de cada compañía de bomberos agarraron a los revoltosos, Michelle, desesperada, interrumpió la trifulca alzando la voz un poco más de lo que normalmente hacía:

    —¡Bueno, bueno! ¡Ya estuvo bueno! ¡Mucha hay que trabajar! ¡Vos Fernando, dejá de estar reaccionando a lo que el Juan te está provocando y vos Juan, tené un poco de decencia hombre! ¡Ni hemos destapado al muerto y vos ya estás queriendo ver que le peinás! ¿O acaso no es esa tu desesperación?

    Los dos bandos se disolvieron y regresaron a sus respectivas posiciones en silencio, Michelle los vio de reojo mientras se encuclillaba para destapar el cuerpo.

    —¿De quién es la lona? gritó Michelle

    —De nosotros dijo Fernando, el corpulento de la Municipalidad

    —Decile a don Jacinto que les autorice la compra de una lona más decente para tapar muertos, para más los Voluntarios tienen sus lonas con el logo. Esta mierda parece lona de techo de asentamiento, que no jodan, eso me contamina la escena; Margarina Olmeca, ¿Que mierda es esa? Parece publicidad pagada esa lona. Levántenla muchachos, por favor.

    —¿Lista? —pregunta el fotógrafo, ya con el flash en la mano. Michelle asiente.
    —Va. Levanten despacio, a la cuenta de tres. Uno… dos…

    La lona sube lo justo para que la luz del poste caiga de lleno.

    Estaba boca abajo, en medio de un charco de sangre a la vista, y la palidez limpia de alguien que ya no está. Un mechón caído sobre la frente, una cicatriz en la mejilla derecha, mínima. La boca entreabierta, como si hubiera querido decir algo y se hubiera arrepentido a la mitad. Como besando el pavimento.

    Michelle no reconoció primero la cara: sintió la presencia. Ese rastro de alguien que aprendió a hacerse a un lado para no estorbar. Luego, los rasgos se ordenaron solos.

    —…Jorge —se le escapa sin voz.

    Le tiembla el estómago. El flash dispara una vez y en el destello pasan, brutalmente nítidas, las piezas que acaba de oír en las entrevistas, uniéndose como rompecabezas a lo que ve: la servilleta con la frase, la cajita de mentas con cerillas, la bebida Raptor de la garita, el foco cambiado sin pedir nada a cambio. Y, sobre todo, otro destello, más íntimo y más antiguo: su antiguo trabajo en aquella empresa gringa en Guatemala, las tardes de pizza grasosa, el huddle de los miércoles, las bromas de turno. Jorge, ese Jorge que estaba allí tirado fue su mentor, su jefe y su amigo.

    El mismo Jorge, diez años después, sin apellido todavía.

    —¿Todo bien, licenciada? —susurra el de criminalística, sosteniendo la lona en el aire.

    Michelle traga. Endurece la mandíbula.

    Los recuerdos le inundaron la memoria: Jorge está ahí, a su lado, no hablando de más: escuchando. El día después que ella terminó con el novio de entonces, llegó tarde a la oficina; en lugar de regañarla, él llegó sin ruido, se la llevó a una oficina vacía en el piso donde trabajaban, se sentó pacientemente frente a ella, le pasó un paquetito de pañuelos y dijo nada más:
    —Tranquila. Te espero aquí.

    Se quedó. Contó en el aire con los dedos, haciendo como que no sentía el dolor de ella. Cuando ella pudo hablar, y contarle lo que había pasado, él solo asentía, como si sostener fuera un oficio. Al día siguiente, en la team meeting, le dejó un dulce en el teclado: “para que se te endulce un poco esa amargura que tenés”, con esa misma carita dibujada en la esquina de la servilleta.

    Y fue Jorge quien orquestó todo para que Raúl empezara a salir con ella: «¿Cuál es el miedo pues?, se gustan, salgan, yo igual hago como que no sé ni dije nada, pero la bola ya está del lado de ustedes. Dénse el chance de ser felices». Cuando después se casaron, bromeaba: «Dios los crea… y yo los junto».

    Trató de hacer memoria del por qué dejaron de hablar: Luego de la Gran Pandemia de 2019 sus trabajos se había vuelto remotos, y empezó la distancia; para cuando él cambió de posición en la empresa, simplemente la vida los llevó por caminos diferentes.

    No pudo evitar sentir remordimiento. Le hubiera gustado estar allí más, le dio la sensación de que, de haber estado presente en la vida de Jorge, talvez pudiera haber evitado que saltara.

    —Sí. —Dijo con voz quebrada—. Documentado. Continúen.

    La lona vuelve a caer con un suspiro de plástico. La luz del poste parpadea una sola vez y queda fija. Cuando vuelven a levantar la lona para recoger el cuerpo, Michelle lo defiende como leona a sus cachorros:

    —A él lo conocía, no quiero que le roben nada de lo que lleva puesto. No sean cerotes.

    Los bomberos asintieron con vergüenza y se prepararon a levantar el cuerpo. Jorge había caído de cabeza y el peso de su cuerpo había provocado una muerte no inmediata pero lo suficiente para no sufrir más de lo que ya lo hacía. Cuando le dieron vuelta, notaron que Jorge todavía aferraba en su mano derecha un celular y en sus oídos milagrosamente sonaba todavía la música programada en Spotify; en su bolsillo trasero encontraron una carta hecha a mano con tinta azul, Michelle la sacó con cuidado y se fue de este mundo cuando leyó que estaba dirigida hacia ella: A: Michelle del Cid. Se sentó en el pavimento con las piernas cruzadas mientras la leía:

    Las lágrimas corrían por las mejillas de Michelle, al leer la postdata no pudo hacer menos que sonreír. Aún en la muerte, Jorge sabía como tener un humor negro.

    Puso su mano en la cabeza de Jorge. A estas alturas de la investigación no le importaba si la acusaban de contaminar la escena. Fue su amigo y le había dejado una última lección de vida antes de partir.

    Se levantó y se dirigió a la van, tomó su teléfono y marcó el número de Raúl. Timbrazo, dos timbrazos, Raúl contesta desde el otro lado, soñoliento:

    —Mich…Michelle, ¿Qué putassss…? Es media noche… ¿Estás bien?

    —Tranqui gordo, solo te llamaba para ver cómo estabas.

    —Pues hasta hace poco dormía, pero ahora me preocupás, ¿En serio no te pasó nada?

    —No, día normal en el trabajo — se sorbió los mocos lejos del teléfono para no delatarse. — Te cuento que hoy vi a Jorge. El que trabajó con nosotros en el BPO.

    —Ah, ¿Sí? ¿Cómo está ese cerote?

    Michelle volvió a ver el cuerpo de Jorge tapado por la lona, sonrió y le dijo a Raúl:
    —Está bien, está muy bien…

    La voz de Michelle se perdió desde lo alto. Una luciérnaga voló desde el cuerpo de Jorge hacia el cielo. El farol de luz que alumbraba el cuerpo de Jorge parpadeó al mismo tiempo que la luciérnaga iluminaba con su luz. Era la manera de Jorge de despedirse de la gente del edificio 8-25 de aquella zona de Ciudad San Cristóbal…


  • La Luz de las 8:25

    La Luz de las 8:25


    El vigilante decía que a esa hora el edificio se llenaba de ruidos: puertas cerrándose, ollas chocando en las cocinas, pasos apurados subiendo las gradas.

    Eran las 8:25 de la noche cuando escuchó un golpe seco, distinto a cualquier cosa que hubiera oído antes. Entre el rugido de un carro acelerando y el murmullo de un televisor en algún apartamento, supo que no era un accidente.

    No corrió. No gritó. Se quedó en la garita, con la mano en el llavero, viendo la sombra tendida bajo la luz amarilla del poste. No se acercó de inmediato; algo en su pecho le dijo que, para Jorge, ya era demasiado tarde.

    El arribo de la policía y el inicio de las entrevistas a los vecinos del edificio de apartamentos fue un confuso inicio de la noche para el vigilante. Uno a uno fueron bajando los todos para observar como el Ministerio Público recogía evidencias y tapaba con una lona de anuncios publicitarios cosidos torpemente entre sí, el cuerpo de Jorge, y luego ser entrevistados por el perito a cargo de la investigación.


    La perito forense Michelle del Cid tenía la tarea de entrevistar a los habitantes del modesto edificio de aquella zona de clase media en Ciudad San Cristóbal. El trabajo le sabía amargo, pues no tenía horario fijo y no pasaba mucho tiempo con su esposo, lo cual había creado una brecha que estaban trabajando juntos en cerrar, pero este tipo de circunstancias no hacía otra cosa que distanciarlos aún más.

    De carácter afable y con unos ojos color miel, Michelle se presentaba a trabajar siempre con una actitud positiva, aunque al rato, entre diligencias, se quejara del trabajo y lo mal pagado que era.

    Llegó a la escena del suicidio en una camioneta del MP, cargada con todos los implementos para hacer el recaudo de evidencias y demás; pero esta vez su jefe le había instruido hacer primero las entrevistas a los inquilinos del edificio y luego recogiera evidencias. Esto le pareció un poco raro pero órdenes eran órdenes.

    Cuando se bajó de la camioneta, el frío le caló hasta los huesos. En esta zona de la ciudad el viento pegaba distinto. Se tuvo que bajar el hazmat hasta la cintura y se puso un hoodie con el nombre de una banda de thrash metal: Suicidal Tendencies.

    El otro perito que estaba con ella en la van le señaló el hoodie y dijo:

    —¿Venís a levantar el cuerpo o a darle la bienvenida?
    —No seás burro vos, respetá. Es que hay frío.
    —Frío el cuerpo de allí. Pero va, ya ni una broma podés aguantar. Saquemos esto, tengo hambre. ¿Tacos después? ¿antes de regresar la camioneta?
    —Sí. Igual Raúl está fuera por trabajo. No tengo por qué llegar a la casa temprano


    La vecina del 3B

    Michelle se sentó en un banco. Frente a ella, del otro lado de la mesa plegable que había puesto afuera de la van estaba doña Mercedes.

    Michelle pudo recolectar toda la información necesaria: Vivía sola desde que su hijo se fue a Estados Unidos hace más de diez años.

    ¿Dormir? ya no dormía bien, así que, cada noche, escuchaba cómo Jorge subía las gradas.

    —Usted me dice, licenciada.
    —Tranqui, doña Mercedes —Michelle anota— Cuénteme de Jorge.

    —Subía tarde… casi a diario —La voz se le acomoda— con pan francés en bolsa, una botella de agua. Solo eso. Paso quedito, como que pensaba cada paso que daba en las gradas

    —¿Amigos, visitas?

    —Nunca le vi a nadie. —Mira sus manos— Una vez le pregunté si no le daba cosa andar de noche. Me dijo: “A esta hora hay menos gente”. Así, calmado… pero con una mirada… —hace un gesto de vacío— como de quien viene regresando y todavía no llega.

    Ese “menos gente” le sonó a más de lo que dijo, pero no preguntó.

    —¿Algún gesto que recuerde? Algo pequeño.

    En su mente, cada vez que lo veía, lo comparaba con su hijo, pero no por lo físico, sino por ese aire de alguien que se fue de su casa hace mucho… y todavía no ha llegado a ninguna parte.

    Un par de semanas antes de lo ocurrido, le contó a Michelle, él tocó su puerta para devolverle una charola de plástico. “Usted me la prestó cuando le compré tamales, ¿se recuerda?”, dijo. Ella no se acordaba, pero aceptó la charola igual.

    Michelle le agradeció y la despidió extendiendo su mano derecha hacia ese mismo lado, como indicando que podía levantarse. doña Mercedes vio para todos lados antes de entender que era seña de que podía irse. con un temblor generalizado de cuerpo, se levantó y se fue.


    La adolescente del 3A

    Valeska llega con los audífonos en el cuello, el uniforme del instituto y el pelo aún húmedo.

    —¿Puedo…? —se sienta sin esperar respuesta—. Él me prestó un libro.

    —Nombre y apartamento, porfa —dice Michelle, suave.
    —Valeska, 2B. —Se inclina hacia la mesa—. Pedro Páramo. Me lo prestó en el ascensor cuando todavía servía.
    —¿Cómo fue eso?
    —En el ascensor, cuando todavía jalaba. Me vio con un libro de segunda y dijo “leé este mejor”. Lo sacó de su mochila, todo viejito, con el lomo vencido. Le dije que se lo devolvía en una semana. Me contestó: “Tomate tu tiempo. Lo que vale la pena no se lee con prisa”.

    —¿Volvieron a hablar?
    —Varias. Una vez se atoró el ascensor entre el tercero y el cuarto y nos quedamos trabados. Yo me paniqueé. Él apagó la luz del techo con el codo, así, y me dijo “respirá conmigo, niña”. Marcaba el ritmo con los dedos en la baranda: tac-tac, tac-tac. “Pensá en cualquier lugar donde te guste estar.” Le dije que el parqueo del instituto cuando llueve, porque huele a tierra. Se rió y me dijo: “Yo pensaba en mi cocina de patojo, cuando mi mamá decía que ya estaba el té”.

    —¿Le gustaba el té?
    —Dijo que le gustaba la idea, no el sabor. —Valeska se encoje de hombros—. “A veces lo único que calma es el gesto”, me dijo.
    —¿Te pidió el libro de vuelta?
    —Nunca. —Valeska baja la voz—. Adentro había una servilleta. —Abre su mochila, saca el libro, se lo ofrece—. Aquí.

    Michelle se pone guantes de nitrilo por inercia, aunque no son evidencias formales; hojea con cuidado. La servilleta está doblada como si fuera un separador. Tinta azul, letra inclinada:

    “Algunos regresan al pueblo solo para despedirse.”

    La frase le pasa por el cuerpo como un frío distinto. La ha oído antes. No aquí. En otro lugar.

    —¿Él te preguntó si lo terminaste? —dice, para volver al presente.
    —Sí. Me topó en el pasillo. Le dije que me dejó rara… y él sonrió. Como… satisfecho.

    —¿Algo de su forma de ser?
    —Escuchaba. Como que de verdad escuchaba. Una vez me dijo “tú dibujás letras bonitas, deberías estudiar diseño”. Nadie me dice esas cosas. Él sí. —Sonríe apenas—. Y cuando me vio llorar porque me dejaron en visto, solo me alcanzó un paquetito de pañuelos y dijo “que te duela un rato, después hacés tarea”. Nada de consejos raros, solo… estuvo allí.

    Michelle anota “presta y no cobra”, “frases en servilletas”. Debajo, traza una línea y escribe, sin pensarlo: call center. Tose. Tacha la palabra. Sigue.

    —Gracias, Vale. Te vamos a devolver el libro cuando terminemos.
    —Va. —La chica se cuelga la mochila, mira hacia la lona—. Qué feo, va.
    —Sí, tú, quién sabe en qué estaba pensando cuando se tiró —responde Michelle, bajito.

    Servilleta. Misma tinta. Misma costumbre. El café ahora sabe a cartón frío.


    El del 4A

    Michelle anotaba todos los datos que pudieran servir a la investigación. Era ahora el turno del testigo del 4A, vecino de Jorge.

    Luis llegó con la chaqueta encima de la pijama, manos de nicotina, ojos de quien quiere irse.

    Luis empezó a fumar en el balcón para evitar peleas con su esposa. Jorge, del 4B, se le unía a veces, con un cigarro ya encendido. No hablaban mucho, pero cuando lo hacían, las palabras quedaban colgando en el aire.

    — Buenas, nombre y apartamento por favor.
    —Soy Luis, 4A. Fumábamos en el balcón. Él salía cuando yo salía, no siempre, pero seguido. No hablaba pajas, hablaba despacio.
    —¿Recuerda algo que haya dicho?
    —Sí. “Hay cosas que no se pierden… solo aprenden a quedarse calladas.” Lo tiró así, viendo para abajo. Yo le pregunté dónde lo leyó y dijo “no lo leí, lo pensé”.
    —¿Cómo estaba cuando lo dijo?
    —Como cuando uno anda demasiado tranquilo para meterse a ver…clavos. —Se queda pensando—. Mire, una noche los del 3C estaban haciendo vergue…clavos, gritando. Yo iba a gritar también, pero él me puso la mano en el hombro: “No hay que gritar para tener razón”. Me dejó el hombro caliente y se metió. Yo no grité.

    Michelle escribe: evita el ruido, desactiva el pleito.

    —¿Algún gesto mínimo?
    —Mi encendedor falló y él me prendió el cigarro con una cerilla de una cajita de mentas, de esas de lata. La dejó en la baranda: “Por si falla otra vez”. Al día siguiente, cuando me vio con dos six de cervezas, me cambió una por una Raptor que traía: “Mañana madrugás, vos”. —Se ríe corto—. Yo ni le dije que madrugaba.

    —¿Lo vio tomar?
    —No. —Dijo Luis— Si tomaba, no conmigo. Si lloraba, no conmigo. Pero… —volvió la vista hacia la lona por primera vez—… si alguien iba a aguantar los pedazos de otro, era él.

    Michelle dibuja la cajita de lata en la esquina de la hoja. Debajo: cargaba con las penas de otros. Le tiembla un poco la mano.


    El vigilante

    —Buenas noches poli — dijo Michelle.
    —’Nas noches seño’ — respondió el vigilante. Su cara tenía un pesar que no se podía diferenciar entre los sucesos del día o si se mantenía así de cansado.
    —Nombre y apartamento, por favor— erró Michelle
    —Malhaya y yo viviera aquí seño — se rió con esa inocencia burlona de la gente del interior — Soy Byron Caal, soy el guardián de este edificio

    Michelle se disculpó, le preguntó a Byron por Jorge.

    No hablaban mucho, pero Jorge todos los días, Jorge le dejaba una botella de Raptor fría encima del counter de la garita.
    —Por si le da sueño poli —decía, y seguía su camino —No se quedaba a platicar mucho.
    —¿Nunca?
    —A ratos. Cuando llovía se quedaba parado conmigo viendo cómo caía el agua. Una vez se fue la luz y nos quedamos a oscuras, solo con el poste de ajuera. Él sacó el celular y me alumbró el cuaderno donde llevo las placas de los carros. “No lo vaya a perder”, dijo, y se quedó hasta que regresó.
    —¿Le contó algo de su vida?
    —No de cuentos largos. Pero me preguntó si no extrañaba estar en otro lado a estas horas. Yo le dije que uno se acostumbra. Él dijo: “Yo no”. Así, seco. —Se paró bruscamente y fue a pocos pasos a buscar algo, dentro de la garita—. Y me dejó esto la semana pasada.

    Puso sobre la mesa una cajita de mentas de lata, abollada. Adentro habían tres cerillas.

    —La iba a tirar, pero… no sé.
    —Cuénteme del suceso — preguntó Michelle con cautela —¿Vio algo raro hoy?¿Algo que le pudiera dar a entender que Jorge iba a saltar como lo hizo hoy?
    —Ahora que lo pienso — dijo Byron — Jorge no salió hoy como todos los días. Yo pensé que estaba de descanso… no es que supiera mucho de su vida, porque a uno no le tiene que importar la vida de los demás ¿Verdá usté? a uno le pagan por trabajar, pero siempre ha….
    —Don Byron, disculpe—interrumpió Michelle un poco apresurada— No es que no lo quiera escuchar pero tengo una noche larga y necesito terminar con las entrevistas. ¿Podría darme los detalles, por favor?

    Byron, azorado por lo directo de la perito no pudo dejar de sonrojarse, aún con su color bronce de piel, se agitó un poco incómodo en la silla y se rió nerviosamente, procedió:

    —Disculpe seño. Pues como le decía, yo no vi a Jorge hoy en todo el día y me extrañó que no me pasara dejando mi Raptor hoy, porque hoy si andaba medio asueñado usté…

    Michelle giró los ojos con un poco de desesperación, Byron lo notó y trató de retomar la conversación pero más conciso.

    —La cosa es que el día transcurrió normal, pero cabal a las ochocientas veinticinco se oyó el golpe. Yo primerito pensé que había sido un gato que se había cáido encima de los carros, por allá mire usté — señaló una hilera de carros parqueados en fila, justo a un lado de la garita, bajo una galera — pero no, fue don Yorch.

    Una lágrima sincera le rodó a Byron desde el ojo almendrado. Para un hombre maya que no fue criado para llorar, esa experiencia le pareció extraña. Se limpió tan rápido como pudo y trató de recomponerse.

    Michelle metió la caja en una bolsa de evidencia como si guardara un secreto. Es la misma caja que dibujó. Algo la desesperó. Terminó antes de hacerle más preguntas al vigilante:

    —Gracias, Byron

    Byron mira la lona y baja la vista.

    —Ahorita se oye todo. Pero a esa hora… fue diferente.


    Michelle ya no podía seguir con las entrevistas. Tenía que ver el cuerpo. Algo le atraía a él más que una simple curiosidad. Sentía que podía ser algo más funesto de lo que creía. Empezó a repasar a todos los Jorges que conocía pero ninguno que no supiera en donde vivía o con el cual no mantuviera contacto.

    Algo le parecía mal; algo le decía que éste Jorge tenía algo que ver con ella. Se dirigió al otro perito:

    — Vos Herberth, hacéme el favor, terminá con las entrevistas. Ya solo faltan los del quinto nivel. Yo voy a empezar a recoger pruebas, así adelantamos todo.

    —Como usted diga… ¡jefecita! — replicó el otro con un tono entre burlón y enojado. De mala manera dejó de preparar los equipos de luz ultravioleta y de pinzas y reactivos químicos para las pruebas móviles y agarró una libreta y ocupó el lugar de Michelle.

    —Buenas noches seño, tápese por favor que se le ve todo…

    Michelle dejó a Herberth atrás y se dirigió hacia donde estaba la lona, la ambulancia de los Bomberos Municipales había llegado antes que la de los Voluntarios y tan enfrascados en discutir estaban que ni se dieron cuenta que Michelle ya estaba allí.

    —Puta Michelle, ¡Ya era hora mano! — le alegó uno de los bomberos — ese tu compañero el Herberth, no sólo mula sino que también cae mal, nosotros ya nos tenemos que ir porque si yo me quedo un minuto más le reviento el hocico a ese huevón, lagartija de la Municipalidad — señaló a un bombero el doble de alto que él que estaba recostado en el capó de la ambulancia verde. Al verse señalado se incorporó y con paso amenazante se dirigió al bombero voluntario:
    —Y vos ¿Qué putas, enano de mierda?¿Solo porque ya vino tu nana aquí te la vas a llevar de gallito? Soltá el primero pues, vamos a ver si no te descalabro ese diente de oro de mierda de una trompada, ¡Venite pues!

    Se armó el tumulto; los compañeros de cada compañía de bomberos agarraron a los revoltosos, Michelle, desesperada, interrumpió la trifulca alzando la voz un poco más de lo que normalmente hacía:

    —¡Bueno, bueno! ¡Ya estuvo bueno! ¡Mucha hay que trabajar! ¡Vos Fernando, dejá de estar reaccionando a lo que el Juan te está provocando y vos Juan, tené un poco de decencia hombre! ¡Ni hemos destapado al muerto y vos ya estás queriendo ver que le peinás! ¿O acaso no es esa tu desesperación?

    Los dos bandos se disolvieron y regresaron a sus respectivas posiciones en silencio, Michelle los vio de reojo mientras se encuclillaba para destapar el cuerpo.

    —¿De quién es la lona? gritó Michelle

    —De nosotros dijo Fernando, el corpulento de la Municipalidad

    —Decile a don Jacinto que les autorice la compra de una lona más decente para tapar muertos, para más los Voluntarios tienen sus lonas con el logo. Esta mierda parece lona de techo de asentamiento, que no jodan, eso me contamina la escena; Margarina Olmeca, ¿Que mierda es esa? Parece publicidad pagada esa lona. Levántenla muchachos, por favor.

    —¿Lista? —pregunta el fotógrafo, ya con el flash en la mano. Michelle asiente.
    —Va. Levanten despacio, a la cuenta de tres. Uno… dos…

    La lona sube lo justo para que la luz del poste caiga de lleno.

    Estaba boca abajo, en medio de un charco de sangre a la vista, y la palidez limpia de alguien que ya no está. Un mechón caído sobre la frente, una cicatriz en la mejilla derecha, mínima. La boca entreabierta, como si hubiera querido decir algo y se hubiera arrepentido a la mitad. Como besando el pavimento.

    Michelle no reconoció primero la cara: sintió la presencia. Ese rastro de alguien que aprendió a hacerse a un lado para no estorbar. Luego, los rasgos se ordenaron solos.

    —…Jorge —se le escapa sin voz.

    Le tiembla el estómago. El flash dispara una vez y en el destello pasan, brutalmente nítidas, las piezas que acaba de oír en las entrevistas, uniéndose como rompecabezas a lo que ve: la servilleta con la frase, la cajita de mentas con cerillas, la bebida Raptor de la garita, el foco cambiado sin pedir nada a cambio. Y, sobre todo, otro destello, más íntimo y más antiguo: su antiguo trabajo en aquella empresa gringa en Guatemala, las tardes de pizza grasosa, el huddle de los miércoles, las bromas de turno. Jorge, ese Jorge que estaba allí tirado fue su mentor, su jefe y su amigo.

    El mismo Jorge, diez años después, sin apellido todavía.

    —¿Todo bien, licenciada? —susurra el de criminalística, sosteniendo la lona en el aire.

    Michelle traga. Endurece la mandíbula.

    Los recuerdos le inundaron la memoria: Jorge está ahí, a su lado, no hablando de más: escuchando. El día después que ella terminó con el novio de entonces, llegó tarde a la oficina; en lugar de regañarla, él llegó sin ruido, se la llevó a una oficina vacía en el piso donde trabajaban, se sentó pacientemente frente a ella, le pasó un paquetito de pañuelos y dijo nada más:
    —Tranquila. Te espero aquí.

    Se quedó. Contó en el aire con los dedos, haciendo como que no sentía el dolor de ella. Cuando ella pudo hablar, y contarle lo que había pasado, él solo asentía, como si sostener fuera un oficio. Al día siguiente, en la team meeting, le dejó un dulce en el teclado: “para que se te endulce un poco esa amargura que tenés”, con esa misma carita dibujada en la esquina de la servilleta.

    Y fue Jorge quien orquestó todo para que Raúl empezara a salir con ella: «¿Cuál es el miedo pues?, se gustan, salgan, yo igual hago como que no sé ni dije nada, pero la bola ya está del lado de ustedes. Dénse el chance de ser felices». Cuando después se casaron, bromeaba: «Dios los crea… y yo los junto».

    Trató de hacer memoria del por qué dejaron de hablar: Luego de la Gran Pandemia de 2019 sus trabajos se había vuelto remotos, y empezó la distancia; para cuando él cambió de posición en la empresa, simplemente la vida los llevó por caminos diferentes.

    No pudo evitar sentir remordimiento. Le hubiera gustado estar allí más, le dio la sensación de que, de haber estado presente en la vida de Jorge, talvez pudiera haber evitado que saltara.

    —Sí. —Dijo con voz quebrada—. Documentado. Continúen.

    La lona vuelve a caer con un suspiro de plástico. La luz del poste parpadea una sola vez y queda fija. Cuando vuelven a levantar la lona para recoger el cuerpo, Michelle lo defiende como leona a sus cachorros:

    —A él lo conocía, no quiero que le roben nada de lo que lleva puesto. No sean cerotes.

    Los bomberos asintieron con vergüenza y se prepararon a levantar el cuerpo. Jorge había caído de cabeza y el peso de su cuerpo había provocado una muerte no inmediata pero lo suficiente para no sufrir más de lo que ya lo hacía. Cuando le dieron vuelta, notaron que Jorge todavía aferraba en su mano derecha un celular y en sus oídos milagrosamente sonaba todavía la música programada en Spotify; en su bolsillo trasero encontraron una carta hecha a mano con tinta azul, Michelle la sacó con cuidado y se fue de este mundo cuando leyó que estaba dirigida hacia ella: A: Michelle del Cid. Se sentó en el pavimento con las piernas cruzadas mientras la leía:

    Las lágrimas corrían por las mejillas de Michelle, al leer la postdata no pudo hacer menos que sonreír. Aún en la muerte, Jorge sabía como tener un humor negro.

    Puso su mano en la cabeza de Jorge. A estas alturas de la investigación no le importaba si la acusaban de contaminar la escena. Fue su amigo y le había dejado una última lección de vida antes de partir.

    Se levantó y se dirigió a la van, tomó su teléfono y marcó el número de Raúl. Timbrazo, dos timbrazos, Raúl contesta desde el otro lado, soñoliento:

    —Mich…Michelle, ¿Qué putassss…? Es media noche… ¿Estás bien?

    —Tranqui gordo, solo te llamaba para ver cómo estabas.

    —Pues hasta hace poco dormía, pero ahora me preocupás, ¿En serio no te pasó nada?

    —No, día normal en el trabajo — se sorbió los mocos lejos del teléfono para no delatarse. — Te cuento que hoy vi a Jorge. El que trabajó con nosotros en el BPO.

    —Ah, ¿Sí? ¿Cómo está ese cerote?

    Michelle volvió a ver el cuerpo de Jorge tapado por la lona, sonrió y le dijo a Raúl:
    —Está bien, está muy bien…

    La voz de Michelle se perdió desde lo alto. Una luciérnaga voló desde el cuerpo de Jorge hacia el cielo. El farol de luz que alumbraba el cuerpo de Jorge parpadeó al mismo tiempo que la luciérnaga iluminaba con su luz. Era la manera de Jorge de despedirse de la gente del edificio 8-25 de aquella zona de Ciudad San Cristóbal…


  • Segundos de Cristal

    Segundos de Cristal


    El tiempo nos deshabita: Deja la luz encendida en cuartos que ya no se ocupan

    El balcón daba a una calle con árboles cansados y cables enredados. Era de noche. Abajo pasaban motos con el escape abierto; arriba, el cielo sin estrellas parecía un techo de bodega.

    En la bocina que reproducía música sonaba Noisy Sunday de Patrick Watson.

    —Quise venir para aclarar las cosas personalmente y que seamos honestos el uno con el otro —dijo Alina.

    Gregor apoyó los codos en la baranda. Tenía la camisa remangada y ese gesto de quien no sabe si alegar o agarrarse fuerte de la otra persona. Tuvo que juntar todas sus fuerzas para poder contarle la verdad. Incluso sabiendo que eso significaría perderla para siempre. Alina escuchó con serenidad y poca expresión en la cara. Cada palabra que salía de la boca de él parecía partirle el corazón más y más. Cuando terminó de explicar y ella de preguntar todo, quedó un silencio tenso, Gregor le preguntó:

    —¿Entonces… Eso significa que llegamos juntos hasta aquí? —preguntó.

    —Hasta aquí —respondió ella.

    El silencio duró lo justo para doler.

    —¿Hay alguien más? —dijo él.

    —No —contestó—. Solo… hay demasiado de mí que ya no cabe aquí. Y no creo poder perdonarte este error.

    Él asintió, lento.

    —Entonces es no.

    —Es no. Y es un hasta aquí.

    El viento movió una cortina translúcida. Adentro en la casa, entre una taza con marcas de café y un cenicero con colillas viejas, estaba la chaqueta de mezclilla de Gregor. Alina metió la mano en el bolsillo del pantalón y tocó el reloj de bolsillo del abuelo. Metal frío, peso conocido.

    El reloj se lo había heredado su abuelo. Era un reloj especial. Al darle cuerda, el tiempo y el mundo se detenía para quien lo usaba durante un minuto.

    Su abuelo le dijo cuando se lo heredó:

    — No es un minuto para cambiar el mundo, Alina. Es un minuto para mirarlo sin mentiras.

    —¿Puedo abrazarte? —preguntó él.

    —Podés.

    Se abrazaron. Era un abrazo de despedida: correcto, breve, sin lugar donde esconderse. Cuando se separaron, Alina giró la corona del reloj. Un clic pequeño, como un suspiro mecánico.

    El mundo se detuvo.

    En la calle, la llama de un encendedor quedó prendida a medio nacer para el que iba a encender su cigarrillo. El humo de la ciudad se volvió quieto. Un mosquito flotó inmóvil ante la luz cálida de la sala del balcón. Gregor quedó con la boca apenas abierta, a punto de decir algo que ya no diría. La expresión de su rostro congelada, en un pesar inmenso.

    La tapa del reloj se abrió sola. Sobre la esfera blanquecina apareció un número claro, nítido, como grabado en luz: 60.

    —¿Qué sos? —susurró Alina, extrañada, como si el objeto pudiera responderle. Nunca había visto que la tapa del reloj se pudiera levantar mas allá del vidrio protector de las manecillas. Ya el sólo hecho de detener el tiempo era increíble para ella, pero ver números hechos de luz, saliendo de la cara de un reloj de manecillas de bolsillo no dejó de sorprenderla.

    59.

    El reloj nunca había mostrado esos números de luz. Antes era solo silencio y un minuto prestado. Ahora marcaba una cuenta atrás que no se sabía qué o para qué era. Y con cada número, un recuerdo se encendió como un foco en una casa apagada.

    58: lluvia de agosto; él riéndose bajo una cornisa.
    —Te vas a enfermar.
    —Ya estoy enferma, pero de ti.

    56: la cocina de la casa de Alina; pan con frijoles, te chirrepeco.
    —Probá.
    —Está muy caliente.
    —Ni lo tocaste.
    —Quería que me lo dieras otra vez.

    54: El primer beso oficial de novios.
    —¿Por qué me mirás así?
    —Porque hoy sí existimos.

    Alina alzó la vista. Gregor seguía quieto, con la mano extendida hacia ella, suspendido entre el gesto y la palabra.

    50: Él dormido en su habitación recién independizado de sus papás, y ella a su lado compartiendo la cama; se levantó para dejarlo descansar, ella tenía que irse.
    —No te vayas —murmuró él, sin despertar.
    —Estoy aquí —dijo ella, sabiendo que mentía un poco.

    47: una discusión tonta al salir de una fiesta.
    —Siempre llegás tarde.
    —Y vos siempre te quedás.

    44: una calle del centro; sus sombras largas y torpes en la pared.

    El número siguió bajando. Alina entendió que ese minuto no era una herramienta para mover piezas. Era un espejo. No podía cambiar nada de lo que ya había vivido; solo verlo bien, sin defensa.

    40: —Decime algo honesto —se escuchó a sí misma, en otra tarde.—Tengo miedo —decía Gregor—. De irme. Y de quedarme.

    37: Ellos sentados en la banqueta de la colonia de Alina. Gregor le confesaba que tenia problemas con las drogas.
    —No te mereces sufrir por esto.
    —¿Y no me dejas estar contigo para salir de esto?
    —Tengo miedo de no poder y arrastrarte.

    33: un mensaje de voz con ruido de buses.
    —Perdón por decirlo así… te quiero. Si lo pienso, no lo digo.

    El balcón. El borde frío de la baranda de block blanqueado. El reloj caliente por la mano. El mosquito inmóvil como un punto de tinta en el aire.

    30: La mitad. Un puente. Alina respiró hondo. La tentación la mordió: usar el minuto para girarlo un paso, para buscarle la mano, para desdecirse. Podía. Nadie se enteraría. Podía armar un recuerdo que desmintiera esta noche.

    27: Un domingo sin plan, música baja, platos sucios en el lavatrastos, los dos cantando mal.
    —Somos terribles.
    —Y por eso combinamos.

    26…25…

    24: una promesa vaga en un semáforo en rojo: “mañana hablamos bien, no quiero lastimarte si te hablo enojado”.

    23…22…21. Las memorias de la relación pasaban por los ojos de Alina como un video musical.

    Alina vio hacia la sala de la casa, en específico a la chaqueta de mezclilla, colgada en el respaldo del sofá. ¿Qué se hace con lo que no sigue? Guardarlo donde no estorbe. Dejarlo donde, si un día aparece, no haga daño.

    18: El olor de su camisa después de la lluvia.
    16: La sombra de su mano siguiendo la de ella en la pared.
    14: La risa breve, esa que la hizo quedarse la primera vez.
    12: La cita de noche en el zoológico, la caminata compartiendo los audífonos con música romántica.

    Se acercó a Gregor. Le acomodó el cuello de la camisa. Tenía una costura torcida que siempre le decía que iba a arreglar. No lo haría. No aquí. Ni hoy.

    —Va a doler —le dijo al tiempo detenido—. Y está bien.

    10. El recuerdo de la primera vez que se conocieron, de adolescentes, en un evento escolar.

    Metió el reloj, abierto y mudo, en el bolsillo interior de la chaqueta. No por gesto dramático, sino por orden: como quien deja las llaves bajo el tapete antes de irse.

    9: la noche en que aprendieron a no rellenarlo todo.
    8: el día que se dijeron “hasta mañana” y fue verdad.
    7: la primera vez que él la miró sin chistes.
    6: la primera vez que ella lo escuchó sin miedo.

    5.

    —Gracias —susurró—. Por lo que fue. Y por lo que no.

    4.

    Se apartó un paso. Quiso verlo entero, sin su cuerpo pegado al de él.

    3.

    No iba a mover nada.

    2.

    No iba a salvarse del golpe.

    1.

    La cifra se borró. La llama del encendedor nació, el mosquito siguió su ruta mínima, la cortina volvió a moverse. El ruido de la calle subió como marea.

    Gregor terminó la frase que había dejado colgando con ese pesar en su expresión:

    —…pero si te vas, no te puedo detener, lo entiendo.

    —Me voy —dijo Alina, en voz firme.

    Él cerró los ojos un segundo. Asintió. No hubo escena. No hubo teatro. Solo el peso real de las cosas, en su sitio.

    —¿Querés que te acompañe a la salida? —preguntó.

    —Una última vez —respondió.

    Se miraron una última vez, sin heroísmo. Alina entró a la casa acompañada de él, tomó su bolso, cruzó la sala, bajó las gradas y abrió la puerta. No se llevó nada más. Tampoco dejó explicaciones.

    Al bajar las gradas, después de darle un último adiós, sintió las piernas temblarle; no de miedo, sino de haber sostenido una decisión sin nadie que le apoyara en ese momento tan amargo. En la calle, el aire era grande y el mundo ya corría sin pedir permiso.

    Arriba, en el balcón, quedaría una chaqueta con un objeto mudo en el bolsillo: una esfera sin números, un vidrio cuarteado, un latido apagado. Tal vez él lo encontraría mañana. Tal vez dentro de un año. Tal vez nunca.

    Alina no estaría allí para saberlo.

    Y mientras caminaba, entendió que ese —el tiempo que no se detiene— era, al fin, el único que podía vivir.