La Luz de las 8:25

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El vigilante decía que a esa hora el edificio se llenaba de ruidos: puertas cerrándose, ollas chocando en las cocinas, pasos apurados subiendo las gradas.

Eran las 8:25 de la noche cuando escuchó un golpe seco, distinto a cualquier cosa que hubiera oído antes. Entre el rugido de un carro acelerando y el murmullo de un televisor en algún apartamento, supo que no era un accidente.

No corrió. No gritó. Se quedó en la garita, con la mano en el llavero, viendo la sombra tendida bajo la luz amarilla del poste. No se acercó de inmediato; algo en su pecho le dijo que, para Jorge, ya era demasiado tarde.

El arribo de la policía y el inicio de las entrevistas a los vecinos del edificio de apartamentos fue un confuso inicio de la noche para el vigilante. Uno a uno fueron bajando los todos para observar como el Ministerio Público recogía evidencias y tapaba con una lona de anuncios publicitarios cosidos torpemente entre sí, el cuerpo de Jorge, y luego ser entrevistados por el perito a cargo de la investigación.


La perito forense Michelle del Cid tenía la tarea de entrevistar a los habitantes del modesto edificio de aquella zona de clase media en Ciudad San Cristóbal. El trabajo le sabía amargo, pues no tenía horario fijo y no pasaba mucho tiempo con su esposo, lo cual había creado una brecha que estaban trabajando juntos en cerrar, pero este tipo de circunstancias no hacía otra cosa que distanciarlos aún más.

De carácter afable y con unos ojos color miel, Michelle se presentaba a trabajar siempre con una actitud positiva, aunque al rato, entre diligencias, se quejara del trabajo y lo mal pagado que era.

Llegó a la escena del suicidio en una camioneta del MP, cargada con todos los implementos para hacer el recaudo de evidencias y demás; pero esta vez su jefe le había instruido hacer primero las entrevistas a los inquilinos del edificio y luego recogiera evidencias. Esto le pareció un poco raro pero órdenes eran órdenes.

Cuando se bajó de la camioneta, el frío le caló hasta los huesos. En esta zona de la ciudad el viento pegaba distinto. Se tuvo que bajar el hazmat hasta la cintura y se puso un hoodie con el nombre de una banda de thrash metal: Suicidal Tendencies.

El otro perito que estaba con ella en la van le señaló el hoodie y dijo:

—¿Venís a levantar el cuerpo o a darle la bienvenida?
—No seás burro vos, respetá. Es que hay frío.
—Frío el cuerpo de allí. Pero va, ya ni una broma podés aguantar. Saquemos esto, tengo hambre. ¿Tacos después? ¿antes de regresar la camioneta?
—Sí. Igual Raúl está fuera por trabajo. No tengo por qué llegar a la casa temprano


La vecina del 3B

Michelle se sentó en un banco. Frente a ella, del otro lado de la mesa plegable que había puesto afuera de la van estaba doña Mercedes.

Michelle pudo recolectar toda la información necesaria: Vivía sola desde que su hijo se fue a Estados Unidos hace más de diez años.

¿Dormir? ya no dormía bien, así que, cada noche, escuchaba cómo Jorge subía las gradas.

—Usted me dice, licenciada.
—Tranqui, doña Mercedes —Michelle anota— Cuénteme de Jorge.

—Subía tarde… casi a diario —La voz se le acomoda— con pan francés en bolsa, una botella de agua. Solo eso. Paso quedito, como que pensaba cada paso que daba en las gradas

—¿Amigos, visitas?

—Nunca le vi a nadie. —Mira sus manos— Una vez le pregunté si no le daba cosa andar de noche. Me dijo: “A esta hora hay menos gente”. Así, calmado… pero con una mirada… —hace un gesto de vacío— como de quien viene regresando y todavía no llega.

Ese “menos gente” le sonó a más de lo que dijo, pero no preguntó.

—¿Algún gesto que recuerde? Algo pequeño.

En su mente, cada vez que lo veía, lo comparaba con su hijo, pero no por lo físico, sino por ese aire de alguien que se fue de su casa hace mucho… y todavía no ha llegado a ninguna parte.

Un par de semanas antes de lo ocurrido, le contó a Michelle, él tocó su puerta para devolverle una charola de plástico. “Usted me la prestó cuando le compré tamales, ¿se recuerda?”, dijo. Ella no se acordaba, pero aceptó la charola igual.

Michelle le agradeció y la despidió extendiendo su mano derecha hacia ese mismo lado, como indicando que podía levantarse. doña Mercedes vio para todos lados antes de entender que era seña de que podía irse. con un temblor generalizado de cuerpo, se levantó y se fue.


La adolescente del 3A

Valeska llega con los audífonos en el cuello, el uniforme del instituto y el pelo aún húmedo.

—¿Puedo…? —se sienta sin esperar respuesta—. Él me prestó un libro.

—Nombre y apartamento, porfa —dice Michelle, suave.
—Valeska, 2B. —Se inclina hacia la mesa—. Pedro Páramo. Me lo prestó en el ascensor cuando todavía servía.
—¿Cómo fue eso?
—En el ascensor, cuando todavía jalaba. Me vio con un libro de segunda y dijo “leé este mejor”. Lo sacó de su mochila, todo viejito, con el lomo vencido. Le dije que se lo devolvía en una semana. Me contestó: “Tomate tu tiempo. Lo que vale la pena no se lee con prisa”.

—¿Volvieron a hablar?
—Varias. Una vez se atoró el ascensor entre el tercero y el cuarto y nos quedamos trabados. Yo me paniqueé. Él apagó la luz del techo con el codo, así, y me dijo “respirá conmigo, niña”. Marcaba el ritmo con los dedos en la baranda: tac-tac, tac-tac. “Pensá en cualquier lugar donde te guste estar.” Le dije que el parqueo del instituto cuando llueve, porque huele a tierra. Se rió y me dijo: “Yo pensaba en mi cocina de patojo, cuando mi mamá decía que ya estaba el té”.

—¿Le gustaba el té?
—Dijo que le gustaba la idea, no el sabor. —Valeska se encoje de hombros—. “A veces lo único que calma es el gesto”, me dijo.
—¿Te pidió el libro de vuelta?
—Nunca. —Valeska baja la voz—. Adentro había una servilleta. —Abre su mochila, saca el libro, se lo ofrece—. Aquí.

Michelle se pone guantes de nitrilo por inercia, aunque no son evidencias formales; hojea con cuidado. La servilleta está doblada como si fuera un separador. Tinta azul, letra inclinada:

“Algunos regresan al pueblo solo para despedirse.”

La frase le pasa por el cuerpo como un frío distinto. La ha oído antes. No aquí. En otro lugar.

—¿Él te preguntó si lo terminaste? —dice, para volver al presente.
—Sí. Me topó en el pasillo. Le dije que me dejó rara… y él sonrió. Como… satisfecho.

—¿Algo de su forma de ser?
—Escuchaba. Como que de verdad escuchaba. Una vez me dijo “tú dibujás letras bonitas, deberías estudiar diseño”. Nadie me dice esas cosas. Él sí. —Sonríe apenas—. Y cuando me vio llorar porque me dejaron en visto, solo me alcanzó un paquetito de pañuelos y dijo “que te duela un rato, después hacés tarea”. Nada de consejos raros, solo… estuvo allí.

Michelle anota “presta y no cobra”, “frases en servilletas”. Debajo, traza una línea y escribe, sin pensarlo: call center. Tose. Tacha la palabra. Sigue.

—Gracias, Vale. Te vamos a devolver el libro cuando terminemos.
—Va. —La chica se cuelga la mochila, mira hacia la lona—. Qué feo, va.
—Sí, tú, quién sabe en qué estaba pensando cuando se tiró —responde Michelle, bajito.

Servilleta. Misma tinta. Misma costumbre. El café ahora sabe a cartón frío.


El del 4A

Michelle anotaba todos los datos que pudieran servir a la investigación. Era ahora el turno del testigo del 4A, vecino de Jorge.

Luis llegó con la chaqueta encima de la pijama, manos de nicotina, ojos de quien quiere irse.

Luis empezó a fumar en el balcón para evitar peleas con su esposa. Jorge, del 4B, se le unía a veces, con un cigarro ya encendido. No hablaban mucho, pero cuando lo hacían, las palabras quedaban colgando en el aire.

— Buenas, nombre y apartamento por favor.
—Soy Luis, 4A. Fumábamos en el balcón. Él salía cuando yo salía, no siempre, pero seguido. No hablaba pajas, hablaba despacio.
—¿Recuerda algo que haya dicho?
—Sí. “Hay cosas que no se pierden… solo aprenden a quedarse calladas.” Lo tiró así, viendo para abajo. Yo le pregunté dónde lo leyó y dijo “no lo leí, lo pensé”.
—¿Cómo estaba cuando lo dijo?
—Como cuando uno anda demasiado tranquilo para meterse a ver…clavos. —Se queda pensando—. Mire, una noche los del 3C estaban haciendo vergue…clavos, gritando. Yo iba a gritar también, pero él me puso la mano en el hombro: “No hay que gritar para tener razón”. Me dejó el hombro caliente y se metió. Yo no grité.

Michelle escribe: evita el ruido, desactiva el pleito.

—¿Algún gesto mínimo?
—Mi encendedor falló y él me prendió el cigarro con una cerilla de una cajita de mentas, de esas de lata. La dejó en la baranda: “Por si falla otra vez”. Al día siguiente, cuando me vio con dos six de cervezas, me cambió una por una Raptor que traía: “Mañana madrugás, vos”. —Se ríe corto—. Yo ni le dije que madrugaba.

—¿Lo vio tomar?
—No. —Dijo Luis— Si tomaba, no conmigo. Si lloraba, no conmigo. Pero… —volvió la vista hacia la lona por primera vez—… si alguien iba a aguantar los pedazos de otro, era él.

Michelle dibuja la cajita de lata en la esquina de la hoja. Debajo: cargaba con las penas de otros. Le tiembla un poco la mano.


El vigilante

—Buenas noches poli — dijo Michelle.
—’Nas noches seño’ — respondió el vigilante. Su cara tenía un pesar que no se podía diferenciar entre los sucesos del día o si se mantenía así de cansado.
—Nombre y apartamento, por favor— erró Michelle
—Malhaya y yo viviera aquí seño — se rió con esa inocencia burlona de la gente del interior — Soy Byron Caal, soy el guardián de este edificio

Michelle se disculpó, le preguntó a Byron por Jorge.

No hablaban mucho, pero Jorge todos los días, Jorge le dejaba una botella de Raptor fría encima del counter de la garita.
—Por si le da sueño poli —decía, y seguía su camino —No se quedaba a platicar mucho.
—¿Nunca?
—A ratos. Cuando llovía se quedaba parado conmigo viendo cómo caía el agua. Una vez se fue la luz y nos quedamos a oscuras, solo con el poste de ajuera. Él sacó el celular y me alumbró el cuaderno donde llevo las placas de los carros. “No lo vaya a perder”, dijo, y se quedó hasta que regresó.
—¿Le contó algo de su vida?
—No de cuentos largos. Pero me preguntó si no extrañaba estar en otro lado a estas horas. Yo le dije que uno se acostumbra. Él dijo: “Yo no”. Así, seco. —Se paró bruscamente y fue a pocos pasos a buscar algo, dentro de la garita—. Y me dejó esto la semana pasada.

Puso sobre la mesa una cajita de mentas de lata, abollada. Adentro habían tres cerillas.

—La iba a tirar, pero… no sé.
—Cuénteme del suceso — preguntó Michelle con cautela —¿Vio algo raro hoy?¿Algo que le pudiera dar a entender que Jorge iba a saltar como lo hizo hoy?
—Ahora que lo pienso — dijo Byron — Jorge no salió hoy como todos los días. Yo pensé que estaba de descanso… no es que supiera mucho de su vida, porque a uno no le tiene que importar la vida de los demás ¿Verdá usté? a uno le pagan por trabajar, pero siempre ha….
—Don Byron, disculpe—interrumpió Michelle un poco apresurada— No es que no lo quiera escuchar pero tengo una noche larga y necesito terminar con las entrevistas. ¿Podría darme los detalles, por favor?

Byron, azorado por lo directo de la perito no pudo dejar de sonrojarse, aún con su color bronce de piel, se agitó un poco incómodo en la silla y se rió nerviosamente, procedió:

—Disculpe seño. Pues como le decía, yo no vi a Jorge hoy en todo el día y me extrañó que no me pasara dejando mi Raptor hoy, porque hoy si andaba medio asueñado usté…

Michelle giró los ojos con un poco de desesperación, Byron lo notó y trató de retomar la conversación pero más conciso.

—La cosa es que el día transcurrió normal, pero cabal a las ochocientas veinticinco se oyó el golpe. Yo primerito pensé que había sido un gato que se había cáido encima de los carros, por allá mire usté — señaló una hilera de carros parqueados en fila, justo a un lado de la garita, bajo una galera — pero no, fue don Yorch.

Una lágrima sincera le rodó a Byron desde el ojo almendrado. Para un hombre maya que no fue criado para llorar, esa experiencia le pareció extraña. Se limpió tan rápido como pudo y trató de recomponerse.

Michelle metió la caja en una bolsa de evidencia como si guardara un secreto. Es la misma caja que dibujó. Algo la desesperó. Terminó antes de hacerle más preguntas al vigilante:

—Gracias, Byron

Byron mira la lona y baja la vista.

—Ahorita se oye todo. Pero a esa hora… fue diferente.


Michelle ya no podía seguir con las entrevistas. Tenía que ver el cuerpo. Algo le atraía a él más que una simple curiosidad. Sentía que podía ser algo más funesto de lo que creía. Empezó a repasar a todos los Jorges que conocía pero ninguno que no supiera en donde vivía o con el cual no mantuviera contacto.

Algo le parecía mal; algo le decía que éste Jorge tenía algo que ver con ella. Se dirigió al otro perito:

— Vos Herberth, hacéme el favor, terminá con las entrevistas. Ya solo faltan los del quinto nivel. Yo voy a empezar a recoger pruebas, así adelantamos todo.

—Como usted diga… ¡jefecita! — replicó el otro con un tono entre burlón y enojado. De mala manera dejó de preparar los equipos de luz ultravioleta y de pinzas y reactivos químicos para las pruebas móviles y agarró una libreta y ocupó el lugar de Michelle.

—Buenas noches seño, tápese por favor que se le ve todo…

Michelle dejó a Herberth atrás y se dirigió hacia donde estaba la lona, la ambulancia de los Bomberos Municipales había llegado antes que la de los Voluntarios y tan enfrascados en discutir estaban que ni se dieron cuenta que Michelle ya estaba allí.

—Puta Michelle, ¡Ya era hora mano! — le alegó uno de los bomberos — ese tu compañero el Herberth, no sólo mula sino que también cae mal, nosotros ya nos tenemos que ir porque si yo me quedo un minuto más le reviento el hocico a ese huevón, lagartija de la Municipalidad — señaló a un bombero el doble de alto que él que estaba recostado en el capó de la ambulancia verde. Al verse señalado se incorporó y con paso amenazante se dirigió al bombero voluntario:
—Y vos ¿Qué putas, enano de mierda?¿Solo porque ya vino tu nana aquí te la vas a llevar de gallito? Soltá el primero pues, vamos a ver si no te descalabro ese diente de oro de mierda de una trompada, ¡Venite pues!

Se armó el tumulto; los compañeros de cada compañía de bomberos agarraron a los revoltosos, Michelle, desesperada, interrumpió la trifulca alzando la voz un poco más de lo que normalmente hacía:

—¡Bueno, bueno! ¡Ya estuvo bueno! ¡Mucha hay que trabajar! ¡Vos Fernando, dejá de estar reaccionando a lo que el Juan te está provocando y vos Juan, tené un poco de decencia hombre! ¡Ni hemos destapado al muerto y vos ya estás queriendo ver que le peinás! ¿O acaso no es esa tu desesperación?

Los dos bandos se disolvieron y regresaron a sus respectivas posiciones en silencio, Michelle los vio de reojo mientras se encuclillaba para destapar el cuerpo.

—¿De quién es la lona? gritó Michelle

—De nosotros dijo Fernando, el corpulento de la Municipalidad

—Decile a don Jacinto que les autorice la compra de una lona más decente para tapar muertos, para más los Voluntarios tienen sus lonas con el logo. Esta mierda parece lona de techo de asentamiento, que no jodan, eso me contamina la escena; Margarina Olmeca, ¿Que mierda es esa? Parece publicidad pagada esa lona. Levántenla muchachos, por favor.

—¿Lista? —pregunta el fotógrafo, ya con el flash en la mano. Michelle asiente.
—Va. Levanten despacio, a la cuenta de tres. Uno… dos…

La lona sube lo justo para que la luz del poste caiga de lleno.

Estaba boca abajo, en medio de un charco de sangre a la vista, y la palidez limpia de alguien que ya no está. Un mechón caído sobre la frente, una cicatriz en la mejilla derecha, mínima. La boca entreabierta, como si hubiera querido decir algo y se hubiera arrepentido a la mitad. Como besando el pavimento.

Michelle no reconoció primero la cara: sintió la presencia. Ese rastro de alguien que aprendió a hacerse a un lado para no estorbar. Luego, los rasgos se ordenaron solos.

—…Jorge —se le escapa sin voz.

Le tiembla el estómago. El flash dispara una vez y en el destello pasan, brutalmente nítidas, las piezas que acaba de oír en las entrevistas, uniéndose como rompecabezas a lo que ve: la servilleta con la frase, la cajita de mentas con cerillas, la bebida Raptor de la garita, el foco cambiado sin pedir nada a cambio. Y, sobre todo, otro destello, más íntimo y más antiguo: su antiguo trabajo en aquella empresa gringa en Guatemala, las tardes de pizza grasosa, el huddle de los miércoles, las bromas de turno. Jorge, ese Jorge que estaba allí tirado fue su mentor, su jefe y su amigo.

El mismo Jorge, diez años después, sin apellido todavía.

—¿Todo bien, licenciada? —susurra el de criminalística, sosteniendo la lona en el aire.

Michelle traga. Endurece la mandíbula.

Los recuerdos le inundaron la memoria: Jorge está ahí, a su lado, no hablando de más: escuchando. El día después que ella terminó con el novio de entonces, llegó tarde a la oficina; en lugar de regañarla, él llegó sin ruido, se la llevó a una oficina vacía en el piso donde trabajaban, se sentó pacientemente frente a ella, le pasó un paquetito de pañuelos y dijo nada más:
—Tranquila. Te espero aquí.

Se quedó. Contó en el aire con los dedos, haciendo como que no sentía el dolor de ella. Cuando ella pudo hablar, y contarle lo que había pasado, él solo asentía, como si sostener fuera un oficio. Al día siguiente, en la team meeting, le dejó un dulce en el teclado: “para que se te endulce un poco esa amargura que tenés”, con esa misma carita dibujada en la esquina de la servilleta.

Y fue Jorge quien orquestó todo para que Raúl empezara a salir con ella: «¿Cuál es el miedo pues?, se gustan, salgan, yo igual hago como que no sé ni dije nada, pero la bola ya está del lado de ustedes. Dénse el chance de ser felices». Cuando después se casaron, bromeaba: «Dios los crea… y yo los junto».

Trató de hacer memoria del por qué dejaron de hablar: Luego de la Gran Pandemia de 2019 sus trabajos se había vuelto remotos, y empezó la distancia; para cuando él cambió de posición en la empresa, simplemente la vida los llevó por caminos diferentes.

No pudo evitar sentir remordimiento. Le hubiera gustado estar allí más, le dio la sensación de que, de haber estado presente en la vida de Jorge, talvez pudiera haber evitado que saltara.

—Sí. —Dijo con voz quebrada—. Documentado. Continúen.

La lona vuelve a caer con un suspiro de plástico. La luz del poste parpadea una sola vez y queda fija. Cuando vuelven a levantar la lona para recoger el cuerpo, Michelle lo defiende como leona a sus cachorros:

—A él lo conocía, no quiero que le roben nada de lo que lleva puesto. No sean cerotes.

Los bomberos asintieron con vergüenza y se prepararon a levantar el cuerpo. Jorge había caído de cabeza y el peso de su cuerpo había provocado una muerte no inmediata pero lo suficiente para no sufrir más de lo que ya lo hacía. Cuando le dieron vuelta, notaron que Jorge todavía aferraba en su mano derecha un celular y en sus oídos milagrosamente sonaba todavía la música programada en Spotify; en su bolsillo trasero encontraron una carta hecha a mano con tinta azul, Michelle la sacó con cuidado y se fue de este mundo cuando leyó que estaba dirigida hacia ella: A: Michelle del Cid. Se sentó en el pavimento con las piernas cruzadas mientras la leía:

Las lágrimas corrían por las mejillas de Michelle, al leer la postdata no pudo hacer menos que sonreír. Aún en la muerte, Jorge sabía como tener un humor negro.

Puso su mano en la cabeza de Jorge. A estas alturas de la investigación no le importaba si la acusaban de contaminar la escena. Fue su amigo y le había dejado una última lección de vida antes de partir.

Se levantó y se dirigió a la van, tomó su teléfono y marcó el número de Raúl. Timbrazo, dos timbrazos, Raúl contesta desde el otro lado, soñoliento:

—Mich…Michelle, ¿Qué putassss…? Es media noche… ¿Estás bien?

—Tranqui gordo, solo te llamaba para ver cómo estabas.

—Pues hasta hace poco dormía, pero ahora me preocupás, ¿En serio no te pasó nada?

—No, día normal en el trabajo — se sorbió los mocos lejos del teléfono para no delatarse. — Te cuento que hoy vi a Jorge. El que trabajó con nosotros en el BPO.

—Ah, ¿Sí? ¿Cómo está ese cerote?

Michelle volvió a ver el cuerpo de Jorge tapado por la lona, sonrió y le dijo a Raúl:
—Está bien, está muy bien…

La voz de Michelle se perdió desde lo alto. Una luciérnaga voló desde el cuerpo de Jorge hacia el cielo. El farol de luz que alumbraba el cuerpo de Jorge parpadeó al mismo tiempo que la luciérnaga iluminaba con su luz. Era la manera de Jorge de despedirse de la gente del edificio 8-25 de aquella zona de Ciudad San Cristóbal…


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