El tiempo nos deshabita: Deja la luz encendida en cuartos que ya no se ocupan
El balcón daba a una calle con árboles cansados y cables enredados. Era de noche. Abajo pasaban motos con el escape abierto; arriba, el cielo sin estrellas parecía un techo de bodega.
En la bocina que reproducía música sonaba Noisy Sunday de Patrick Watson.
—Quise venir para aclarar las cosas personalmente y que seamos honestos el uno con el otro —dijo Alina.
Gregor apoyó los codos en la baranda. Tenía la camisa remangada y ese gesto de quien no sabe si alegar o agarrarse fuerte de la otra persona. Tuvo que juntar todas sus fuerzas para poder contarle la verdad. Incluso sabiendo que eso significaría perderla para siempre. Alina escuchó con serenidad y poca expresión en la cara. Cada palabra que salía de la boca de él parecía partirle el corazón más y más. Cuando terminó de explicar y ella de preguntar todo, quedó un silencio tenso, Gregor le preguntó:
—¿Entonces… Eso significa que llegamos juntos hasta aquí? —preguntó.
—Hasta aquí —respondió ella.
El silencio duró lo justo para doler.
—¿Hay alguien más? —dijo él.
—No —contestó—. Solo… hay demasiado de mí que ya no cabe aquí. Y no creo poder perdonarte este error.
Él asintió, lento.
—Entonces es no.
—Es no. Y es un hasta aquí.
El viento movió una cortina translúcida. Adentro en la casa, entre una taza con marcas de café y un cenicero con colillas viejas, estaba la chaqueta de mezclilla de Gregor. Alina metió la mano en el bolsillo del pantalón y tocó el reloj de bolsillo del abuelo. Metal frío, peso conocido.
El reloj se lo había heredado su abuelo. Era un reloj especial. Al darle cuerda, el tiempo y el mundo se detenía para quien lo usaba durante un minuto.
Su abuelo le dijo cuando se lo heredó:
— No es un minuto para cambiar el mundo, Alina. Es un minuto para mirarlo sin mentiras.
—¿Puedo abrazarte? —preguntó él.
—Podés.
Se abrazaron. Era un abrazo de despedida: correcto, breve, sin lugar donde esconderse. Cuando se separaron, Alina giró la corona del reloj. Un clic pequeño, como un suspiro mecánico.
El mundo se detuvo.
En la calle, la llama de un encendedor quedó prendida a medio nacer para el que iba a encender su cigarrillo. El humo de la ciudad se volvió quieto. Un mosquito flotó inmóvil ante la luz cálida de la sala del balcón. Gregor quedó con la boca apenas abierta, a punto de decir algo que ya no diría. La expresión de su rostro congelada, en un pesar inmenso.
La tapa del reloj se abrió sola. Sobre la esfera blanquecina apareció un número claro, nítido, como grabado en luz: 60.
—¿Qué sos? —susurró Alina, extrañada, como si el objeto pudiera responderle. Nunca había visto que la tapa del reloj se pudiera levantar mas allá del vidrio protector de las manecillas. Ya el sólo hecho de detener el tiempo era increíble para ella, pero ver números hechos de luz, saliendo de la cara de un reloj de manecillas de bolsillo no dejó de sorprenderla.
59.
El reloj nunca había mostrado esos números de luz. Antes era solo silencio y un minuto prestado. Ahora marcaba una cuenta atrás que no se sabía qué o para qué era. Y con cada número, un recuerdo se encendió como un foco en una casa apagada.
58: lluvia de agosto; él riéndose bajo una cornisa.
—Te vas a enfermar.
—Ya estoy enferma, pero de ti.
56: la cocina de la casa de Alina; pan con frijoles, te chirrepeco.
—Probá.
—Está muy caliente.
—Ni lo tocaste.
—Quería que me lo dieras otra vez.
54: El primer beso oficial de novios.
—¿Por qué me mirás así?
—Porque hoy sí existimos.
Alina alzó la vista. Gregor seguía quieto, con la mano extendida hacia ella, suspendido entre el gesto y la palabra.
50: Él dormido en su habitación recién independizado de sus papás, y ella a su lado compartiendo la cama; se levantó para dejarlo descansar, ella tenía que irse.
—No te vayas —murmuró él, sin despertar.
—Estoy aquí —dijo ella, sabiendo que mentía un poco.
47: una discusión tonta al salir de una fiesta.
—Siempre llegás tarde.
—Y vos siempre te quedás.
44: una calle del centro; sus sombras largas y torpes en la pared.
El número siguió bajando. Alina entendió que ese minuto no era una herramienta para mover piezas. Era un espejo. No podía cambiar nada de lo que ya había vivido; solo verlo bien, sin defensa.
40: —Decime algo honesto —se escuchó a sí misma, en otra tarde.—Tengo miedo —decía Gregor—. De irme. Y de quedarme.
37: Ellos sentados en la banqueta de la colonia de Alina. Gregor le confesaba que tenia problemas con las drogas.
—No te mereces sufrir por esto.
—¿Y no me dejas estar contigo para salir de esto?
—Tengo miedo de no poder y arrastrarte.
33: un mensaje de voz con ruido de buses.
—Perdón por decirlo así… te quiero. Si lo pienso, no lo digo.
El balcón. El borde frío de la baranda de block blanqueado. El reloj caliente por la mano. El mosquito inmóvil como un punto de tinta en el aire.
30: La mitad. Un puente. Alina respiró hondo. La tentación la mordió: usar el minuto para girarlo un paso, para buscarle la mano, para desdecirse. Podía. Nadie se enteraría. Podía armar un recuerdo que desmintiera esta noche.
27: Un domingo sin plan, música baja, platos sucios en el lavatrastos, los dos cantando mal.
—Somos terribles.
—Y por eso combinamos.
26…25…
24: una promesa vaga en un semáforo en rojo: “mañana hablamos bien, no quiero lastimarte si te hablo enojado”.
23…22…21. Las memorias de la relación pasaban por los ojos de Alina como un video musical.
Alina vio hacia la sala de la casa, en específico a la chaqueta de mezclilla, colgada en el respaldo del sofá. ¿Qué se hace con lo que no sigue? Guardarlo donde no estorbe. Dejarlo donde, si un día aparece, no haga daño.
18: El olor de su camisa después de la lluvia.
16: La sombra de su mano siguiendo la de ella en la pared.
14: La risa breve, esa que la hizo quedarse la primera vez.
12: La cita de noche en el zoológico, la caminata compartiendo los audífonos con música romántica.
Se acercó a Gregor. Le acomodó el cuello de la camisa. Tenía una costura torcida que siempre le decía que iba a arreglar. No lo haría. No aquí. Ni hoy.
—Va a doler —le dijo al tiempo detenido—. Y está bien.
10. El recuerdo de la primera vez que se conocieron, de adolescentes, en un evento escolar.
Metió el reloj, abierto y mudo, en el bolsillo interior de la chaqueta. No por gesto dramático, sino por orden: como quien deja las llaves bajo el tapete antes de irse.
9: la noche en que aprendieron a no rellenarlo todo.
8: el día que se dijeron “hasta mañana” y fue verdad.
7: la primera vez que él la miró sin chistes.
6: la primera vez que ella lo escuchó sin miedo.
5.
—Gracias —susurró—. Por lo que fue. Y por lo que no.
4.
Se apartó un paso. Quiso verlo entero, sin su cuerpo pegado al de él.
3.
No iba a mover nada.
2.
No iba a salvarse del golpe.
1.
La cifra se borró. La llama del encendedor nació, el mosquito siguió su ruta mínima, la cortina volvió a moverse. El ruido de la calle subió como marea.
Gregor terminó la frase que había dejado colgando con ese pesar en su expresión:
—…pero si te vas, no te puedo detener, lo entiendo.
—Me voy —dijo Alina, en voz firme.
Él cerró los ojos un segundo. Asintió. No hubo escena. No hubo teatro. Solo el peso real de las cosas, en su sitio.
—¿Querés que te acompañe a la salida? —preguntó.
—Una última vez —respondió.
Se miraron una última vez, sin heroísmo. Alina entró a la casa acompañada de él, tomó su bolso, cruzó la sala, bajó las gradas y abrió la puerta. No se llevó nada más. Tampoco dejó explicaciones.
Al bajar las gradas, después de darle un último adiós, sintió las piernas temblarle; no de miedo, sino de haber sostenido una decisión sin nadie que le apoyara en ese momento tan amargo. En la calle, el aire era grande y el mundo ya corría sin pedir permiso.
Arriba, en el balcón, quedaría una chaqueta con un objeto mudo en el bolsillo: una esfera sin números, un vidrio cuarteado, un latido apagado. Tal vez él lo encontraría mañana. Tal vez dentro de un año. Tal vez nunca.
Alina no estaría allí para saberlo.
Y mientras caminaba, entendió que ese —el tiempo que no se detiene— era, al fin, el único que podía vivir.

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