El Rey Rata

Capítulo 11: Limpieza Profunda

Segmento 1: Dejando una Buena Impresión

Jueves 18 de marzo, 6:09 a.m.

Carlos se despertó antes del sol.

No fue la alarma, ni los ruidos de la calle. Fue su cuerpo el que dijo basta. Como si algo dentro de él hubiera decidido no dejarlo dormir más.

Encendió un cigarro y se quedó de pie frente a la ventana. Afuera, la ciudad comenzaba a bostezar. Los buses aún no salían, pero el cielo ya tenía un tinte opaco, color cemento húmedo. La luz que entraba era suficiente para ver el polvo acumulado en la esquina del marco, la mancha en la pared que nunca intentó quitar, las colillas petrificadas en el cenicero.

Todo eso le pareció, de repente, inaceptable.

Se metió a la ducha. Agua fría. Salió. No desayunó. En lugar de poner la televisión de fondo esta vez puso una lista de reproducción en su teléfono; le apeteció escuchar música clásica al inicio.

A las 6:28 a.m. empezó a limpiar.

Beethoven: Sinfonía No. 7 en A mayor II: Allegretto

Primero el suelo: escoba, trapeador, cloro. Barrió a profundidad los pisos de las estancias, recogió la ropa sucia, limpió las sillas del comedor y recogió todo lo que no iba en el sofá. sacudió el polvo de las libreras, ordenó los libros por tamaño y título y sacudió las cortinas de la sala.

Luego cambió de música, sonó: The Night We Met – Lord Huron

Recordó a Nanda. Recordó cuando reían por los pasillos de los canales donde trabajaron; recordó cuando salían a tomar un trago después de investigar y se apoyaban mutuamente para no caer en la depresión de la realidad que filmaban…

I’ve been searching for a trail to follow again
Take me back to the night we met

And then I can tell myself
What the hell I’m supposed to do
And then I can tell myself
Not to ride along with you

Recordó también la noche que estuvieron juntos. Fue una noche maravillosa, que no significó el nacimiento de un romance pero que afianzó su amistad con Nanda, recordó las risas del día después y cómo tácitamente acordaron que no volvería a pasar nada entre ellos…

Y deseó no haberla conocido. Para no estar sufriendo ahora su partida.

Limpió el sofá con toallitas húmedas para quitarle la peste a cigarro. Las toallitas terminaron amarillas de tanta nicotina, y mugre.

Cambió de canción. Sonó: Love Songs For Robots – Patrick Watson

El cantante empezó a cantar, y Carlos se sintió identificado casi de inmediato con el sentimiento:

Breaking down, your day is getting longer
There’s a yellow glass dragon who’s chasing you around
Sit your head on a silver jet stream
While the smoke is rising over your thoughts and dreams
Watch over, you watch them fall down
Your nuts and bolts are all over the ground
You get out, get out
You get out, you get out

Luego la cocina: lavó los trastes acumulados, tiró las colillas viejas que estaban entre vasos sucios, desinfectó la vidriería que se podía rescatar y tiró la que ya no; secó las cucharas una por una, limpió la grasa vieja de la estufa con esponja hasta que la base de metal quedó gris otra vez.

Dejó pasar varias canciones que no significaron nada para él pero hubo una que lo hizo parar para evaluar toda su vida:


Ólafur Arnalds – Particles ft. Nanna Bryndís Hilmarsdóttir

La letra lo conmovió al punto de llorar. Evaluó todos los escenarios posibles Escuchó la canción completa parado a la mitad del comedor y cuando terminó se limpió las lágrimas ya se dirigió al baño.

Después el baño: jabón, desinfectante, guantes. Pulió los espejos. Limpió la tapa del inodoro. Reordenó los cepillos de dientes que ni siquiera usaba. Se aseguró que las manchas café del inodoro se limpiaran bien. Pasó una escoba con una solución de cloro y detergente en el área de regadera, la cual parecía ya ser un propio ecosistema por todo el moho y mugre nunca lavadas. Al terminar de limpiar la regadera, se volvió a ver el azulejo beige claro que originalmente tenía que estar.

Sonó Hurt – Johnny Cash

Quitó la cortina plástica, otrora blanca y ahora era café con motas negras y la tiró a la basura, solo dejó una cortina de tela que fungía más decorativa que funcionalmente.

Pensó en cómo se había dejado llevar hasta donde estaba, una alegoría paralela a la canción que sonaba en su teléfono. Pensó con arrepentimiento en las últimas décadas y la espiral de depresión y auto-olvido en la que se había dejado caer. Pensó en todas las personas a las que defraudó y alejó…

And you could have it all
My empire of dirt
I will let you down
I will make you hurt

El proceso de limpieza le llevó más de dos horas.

A las 8:57, todo olía a lavanda barata, pero limpio. El sol entraba por la ventana y se reflejaba en el piso recién trapeado. El apartamento no era lujoso, ni bonito, ni siquiera digno. Pero ahora, por primera vez en años, no parecía un lugar donde alguien se rendía a diario.

Sobre la mesa del comedor, colocó los documentos ordenados por categoría, con una calma post-introspectiva que le daba una serenidad, como quien sabe que sus próximos pasos son certeros hacia un fin:

“Nanda”, “Renacer Global”, “Nueva Luz”, “Falla”.

Junto a ellos, su libreta de espiral, cerrada, con elástico. Sacó su celular viejo y le tomó fotos a todo el tablero hechizo: el esquema, los nombres, las conexiones. Después, apagó el teléfono y lo colocó dentro del horno, envuelto en papel aluminio. Nadie lo encontraría por casualidad.

Fue al refrigerador. Sacó las cervezas. Las tiró por el lavatrastos. Sacó la botella escondida detrás de los libros. También la tiró. Limpió el interior del refrigerador con vinagre, dejó solo una botella de agua.

Pegó una hoja blanca al fondo, con cinta adhesiva.

Escribió sobre ella, con marcador negro:

“Si no regreso, empiecen por Andrea Falla.”

Cerró la puerta del refri con delicadeza, como quien entierra una nota en una tumba.

Luego se sentó en la cama, se puso unos pantalones de mezclilla viejos, una playera gris y la chaqueta de lona que Nanda le había regalado hace años, cuando aún creía que podía escribir sin consecuencias.

No se miró al espejo.

A las 9:32, el apartamento estaba limpio.

Impecable.

Y Carlos sintió que ese ejercicio había sido como una confesión purificadora, sin saber de la avalancha de lodo y mierda que se le venía encima.


Segmento 2: Más Allá del Sótano

Jueves 18 de marzo, 7:42 p.m.
Parque Colón, zona 1

Carlos llegó caminando. No por precaución ni por miedo, sino por respeto.

El cielo era una sábana gris y sin luna. La brisa olía a fritanga vieja, gasolina, y a ese polvo suelto que solo se levanta en el centro cuando la ciudad decide no fingir.

Pasó bajo los focos públicos que titilaban como insectos moribundos. Los bancos de cemento estaban vacíos. Solo un indigente dormía envuelto en cartones al pie de la estatua de Cristóbal Colón, que lo observaba con la misma mirada hueca que siempre.

Carlos llevaba los bolsillos vacíos. Sin celular, sin documentos, sin cigarrillos. Solo la chaqueta de lona, su libreta doblada en el interior y el miedo bien metido entre las costillas.

El acceso al sótano estaba donde Nanda le había dicho una vez que había existido una antigua conexión al teatro demolido. Bajando las gradas de los baños públicos clausurados por ser lugar que frecuentaban aquellos que hacen cosas mal vistas a la luz del día.

Se acercó. La puerta al final de las gradas que daban a los baños estaba abierta.

Una escalera de concreto descendía sin luz. Solo el eco. Carlos dudó medio segundo. Respiró hondo.

Y bajó.

El ambiente cambió con el tercer escalón. El olor se volvió metálico. A tierra húmeda. A abandono. Cada paso crujía como si el lugar no hubiera sentido humanos en años.

Al llegar al fondo, en ese lugar pequeño una lámpara fluorescente colgaba sola, moviéndose apenas, generando una oscilación rítmica de sombras que iban y venían. Al fondo del pasillo, una grieta de luz le indicó a Carlos que algo más se extendía detrás de la pared de los baños del parque. Se acercó a la grieta y empujando la pared, se dió cuenta que cedía de una manera fácil.

Empujó de nuevo y la puerta camuflada con azulejos viejos y sucios se abrió dejando al descubierto un salón de unos veinte metros de fondo por unos diez de fondo. Un escalofrío le recorrió la espalda y los brazos, pero no de miedo. El ambiente era más frío que arriba en la superficie. Un olor a comino y tela sucia le inundó la nariz. Al fondo del salón, una silueta. No se había percatado que una lámpara con candelas neón iluminaba el centro del salón, apenas una tira de luz sobre el piso de concreto. Nada se veía a los costados del camino de luz.

La silueta no se movía.

Carlos avanzó. Un paso, dos pasos. El concreto crujió bajo sus pies. Se escuchó un repiqueteo en la oscuridad, no sabía si era eco o las patas de un animal como…un roedor.

—¿Andrea Falla? —preguntó con voz firme, aunque temblaba por dentro.

Silencio.

La figura levantó una mano. No en amenaza. En gesto de espera.

Detrás de ella, una puerta.

Carlos la miró. La figura no hablaba. La puerta estaba entreabierta.

Y del otro lado, una voz —distorsionada, calmada— dijo su nombre.

—Carlos.

Carlos no supo cómo reaccionar, y antes de que se diera cuenta, algo le tapó la cara. Un golpe en la sien derecha y…

Silencio. Carlos había perdido el conocimiento.


Segmento 3: La Verdad No Necesita Ventanas

Jueves 18 de marzo, hora desconocida

Carlos despertó sin saber cuánto tiempo había pasado.

—Ala gran puta….

Abrió los ojos y, por un instante, creyó estar de nuevo en su apartamento. El techo de losa, el color sucio de las paredes, incluso el cuadro torcido junto a la repisa… todo era muy parecido. Pero el silencio era demasiado profundo. No había ruidos de la calle, ni zumbido del refrigerador, no estaba el maldito ventilador, ni el chirrido del portón del vecino.

Se incorporó. Entonces lo notó.

No había ventanas. Todo era una imitación a través de fotos impresas. Cada cuadro en la pared, y cada certificado colgado en su marco, todo era copia.

Las paredes eran parecidas, pero no se sentía el viento. El aire estaba denso, cargado de algo viejo. O falso. Como si respirara escenografía.

Frente a él, en la silla del comedor, lo observaba una figura inmóvil.

Vestía una sotana negra, gastada, que se arrastraba hasta tocar el suelo. Una capa del mismo tono colgaba sobre sus hombros como una sombra adherida. Y en el rostro, una máscara: madera tallada, pintura rojiza agrietada, cejas arqueadas, dientes exagerados. La cara del dios maya de la muerte. Ah Puch.

Carlos no habló. La figura tampoco.

Pasaron segundos —o minutos— en ese duelo de silencios, hasta que finalmente, la voz apareció. No venía de la máscara. No era humana. Sonaba como si naciera de las paredes, baja, distorsionada, como grabación antigua pasada en reversa.

—Estás donde podés entender sin distracción

La voz no siseaba, pero reconocía el timbre, le pareció sorprendente que fuera el mismo del hombre de la máscara de mono.

Carlos tragó saliva. Sentía los pies firmes en el suelo. No estaba atado. No estaba encerrado. Pero sabía que no podía salir.

—¿Raguel?

La figura inclinó apenas la cabeza.

—El nombre no importa. El eco que queda sí.

—¿Qué querés?

—Antes que nada disculparme por lo violento de tu entrada. Me tenía que cerciorar que no tuvieras nada que nos pudiera…comprometer. Luego, lo que vos también querés: Que todo esto deje de repetirse.—En la última sílaba dejó salir el aire como si un enfermo estuviera exhalando su último aliento.

Carlos se quedó callado. La figura continuó.

—Cada uno fue elegido. No por su culpa, sino por lo que sostenía. Reyes calló… vendió su silencio, Escobar distribuía; Lemus bendecía; Maracuyá cazaba; Ramírez destazaba. y Falla… firma sin preguntar nada…

Carlos se hizo atrás en el sofá. La máscara no se movió.

—¿Andrea Falla sigue viva?

—Sí… Por ahora…

La figura bajó lentamente una caja de madera al suelo que estaba atrás de él en la mesa. La empujó con el pie hacia él. Carlos no se agachó. Solo la miró.

—¿Por qué yo?

La voz pareció respirar. Ladeó la cabeza a un lado como tratando de descifrar qué pensaba Carlos. Luego continuó con una voz que implicaba obviedad en ella:

—Porque alguien tiene que hablar sin que le disparen en la boca.
Porque vos sabés escribir, y sabés ver. Y porque no tenés nada que perder que no te hayan quitado ya.

Carlos sintió un nudo en la garganta. Todo lo que decía Raguel era cierto; le costó mantener la compostura y no echarse a llorar.

—No sé cómo contar esto. No sé por dónde empezar.

—No tenés que saberlo. Solo tenés que permitirlo.

Carlos miró la caja. Raguel continuó:

—Vos vas a publicar. Nosotros nos encargamos de que nadie lo apague.
Ella hablará en vivo. Será el primer testigo que el pueblo vea y no pueda negar. Y cuando los otros videos salgan —Nanda, Julián, Maracuyá, Lemus, Ramírez— ya será tarde para silenciar nada.

Carlos cerró los ojos.

Por primera vez en semanas, no sintió miedo. Sintió peso.

—¿Y después de eso?

La figura no respondió. Solo se levantó, caminó hacia la pared del fondo…y desapareció por una puerta que Carlos no había visto.


Segmento 4: Las Voces de los Victimarios

Viernes 19 de marzo, 3:33 a.m.

Carlos se despertó sin saber dónde andaba. Estaba en el sofá de su casa, en el que tantas veces se había quedado dormido, ebrio. No lograba recordar nada después de que la figura había desaparecido por la puerta. Todo lo que acababa de vivir parecía una mal sueño, una pesadilla de borrachera. Volteó hacia la ventana y pudo observar, aliviado, la luz de la calle que se filtraba desde el poste de luz hacia adentro. Casi se alegra, incluso, del hedor del basurero. Sin embargo el apartamento se sentía distinto.

No porque él hubiese cambiado.

Sino porque ahora sabía que la realidad no tenía fondo.

Vio la caja sobre la mesa. Se quitó la chaqueta como si pesara veinte kilos. Encendió la lámpara del escritorio y se quedó un segundo viéndola parpadear. La abrió.

Primero, la máscara.

Era grotesca y frágil. Una réplica maltratada del dios maya de la muerte, Ah Puch, hecha de plástico reciclado, cartón endurecido y aluminio quemado. Tenía los ojos vacíos. Como si le estuviera entregando una identidad… o robándole la suya.

Debajo, un disco duro externo envuelto en tela gris con las orillas bordadas a mano. Al tocarlo, Carlos sintió un escalofrío involuntario.

Lo conectó a su laptop. Esperó.
Una sola carpeta apareció: TESTIGOS REALES.

La abrió.

Subcarpetas. Seis nombres. Todos conocidos.

—Fernanda Reyes.
—Julián Escobar.
—“El Maracuyá.”
—Rubén Lemus.
—Héctor Ramírez Valdés.
—SUPERVIVIENTES.

Abrió la última.

Dentro, decenas de archivos de video. La mayoría grabados con celulares de baja resolución. Algunos con cámaras ocultas. Fechas distintas. Años distintos. Pero el mismo patrón: niños. Niños con ojos hundidos. Niños hablando como adultos. Niños que no sabían dónde estaban.

Reprodujo el primero.

Una habitación blanca. Una niña de ocho, tal vez nueve años, con un suéter grande que no le pertenecía. Mira a la cámara como si le hablaran desde otro plano.

—Me dijeron que me iban a adoptar —dice—. Pero me llevaron a una casa donde los hombres no dormían. Y había otros niños. Todos lloraban, pero no podíamos gritar. Nos ponían inyecciones para dormir más tiempo.

Carlos pausó.
Se llevó la mano a la boca. Abrió otro archivo, una niña preadolescente relataba como a su hermano lo dormían y se lo llevaban cargado entre dos mareros hacia un «cuarto gris».
Abrió dos más. no pudo seguir, se echó a llorar de escuchar las atrocidades que los dos niños contaron.

Pero siguió viendo otros archivos.

Otro archivo. Una tabla en Excel.
Columnas tituladas: “Código interno”, “Evaluación médica”, “Disponibilidad”, “Destino”, «Órgano», «Precio». Los destinos no eran países. Eran zonas y departamentos: Zona 3, Zona 7, Petén, Izabal… Los órganos: corazón, riñones, ojos, hígado, médula. El precio: $250,000 hacia arriba.

Una columna al final decía: “Resultado», los valores variaban, entre «Exitosa», «Parcial», «Fallida».

Siguió bajando.

Video 027.mp4
Un niño amarrado a una camilla con vendas. Los brazos enrojecidos por agujas. La cámara se tambalea. Una voz al fondo dice:

—Solo uno más. Está sano.

Carlos temblaba. No pudo terminar de verlo.

Abrió la carpeta de Nanda.

Un solo archivo: Confesión real

Ella está sentada. Ojeras profundas. Viste una camisa blanca arrugada. Respira. Tarda en hablar.

—Yo sabía.

Mira directamente a la cámara.

—Yo vi los documentos. Las transferencias. Sabía que Carlos tenía razón y aún así… lo frené. A cambio de un puesto. A cambio de paz. No tengo cómo pedir perdón. No hay perdón para esto.

Una voz fuera de cuadro, una mano enguantada le toma el pelo de frente y le levanta la cara más arriba de lo que la tenía, le pregunta sin emoción:

—¿Qué ocultaste?

Nanda baja la mirada —Que todo esto era parte de una cadena.
Que lo que firmaban en la iglesia, era que los niños terminaran en clínicas improvisadas. Que los violaban, y mataban para después vender sus órganos. Que los cuerpos se movían como carga…y que yo ayudé a tapar la ruta.

Carlos se levantó de golpe y se puso a caminar en círculos.
Golpeó la mesa con los nudillos. Estaba a un tris de llorar de rabia, de frustración, de dolor, de impotencia, de culpa… de todo y nada a la vez.

Abrió la carpeta de Julián Escobar.

Un despacho elegante. Cámara de seguridad hackeada. Él hablando por teléfono. Voz altanera:

—Los contenedores llegan por la frontera. No te preocupés. Ya están marcados con el sello de la fundación. “Ayuda humanitaria”. ¿Te suena eso?

Otro fragmento.
—Pagamos a la iglesia, sí. Pero no por religión. Es más fácil que ignoren un envío de la iglesia a que nos arriesguemos a que la policía nos haga auditoría a medio camino.

No le hizo sentido, abrió otro video de la carpeta.

Julián Escobar hablando por teléfono: —Sí mi pástor, pero usted tiene que hacer que estos traslados funcionen, para eso está la fundación[…] si, sí yo sé pero tampoco le voy a estar enviando más de 25 al día pues, ¡No me joda! Hay que llevarla pianito que así como operamos todo está bien. Usted siga recibiendo, y si hay necesidad de abrir otras casas más yo me arreglo con el yeneral Rami, y le damos para que nos apalanque.

Abrió la de El Maracuyá.

Video nocturno. Una linterna ilumina su cara. Sangra. Es en el mismo lugar donde lo mataron, en el basurero. Está esposado. La voz le pregunta:

—¿Qué hiciste?

—Yo cazaba. A los más fáciles. A los sin viejos, a los que se escapaban.
Les decía que iban a tener familia en la mara. Después los entregaba. A Lemus.
A los de los camiones.

Abrió la carpeta de Rubén Lemus.

Un audio escondido en una prédica, no se distingue si es en su templo o prédica privada:

—Hermanos, el cuerpo es templo. Pero cuando un templo está corrompido, se derrumba. Y de sus partes se hace uno nuevo. Así lo quiso Dios. ¡No está mal que algo corrompido sirva para mejorar algo que tiene salvación! Murmullo de aprobación. Alguien llora.

Última carpeta: Ramírez Valdés.

Audio filtrado. Conversación de despacho.

—La extracción es parte del aparato de defensa, ¿O querés que le diga al presi que vamos a dejar que los cuatrocientos patojos que ya tenemos comprometidos regresen a las calles como mareros?…¿Vos qué harías?

Carlos apagó la computadora.

Se quedó en silencio largo rato. Entonces fue al refrigerador. Abrió la puerta.

Y ahí estaba la nota.

“Si no regreso, empecen por Andrea Falla.”

La leyó como si fuera escrita por otra persona. Por alguien que aún no sabía lo que ahora él sabía. Porque ahora, ya no era solo una historia. Era un mapa completo de huesos y sangre. Un engranaje. Una red.

Y en el centro: los niños.

Los que nadie contó.

Los que nadie reclamó.

Los que ahora hablaban desde un disco duro envuelto en tela reciclada.

Carlos se sentó.

Y supo que, si no publicaba esto, entonces él también iba a formar parte de esa red.

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