El Rey Rata

Capítulo 9: Pastor Rubén Lemus

Segmento 1: El Ángel sin Salvación

Sábado 13 de marzo, 11:59 p.m.

El pastor no gritaba.

Había dejado de hacerlo hacía casi veinte minutos. Desde que la aguja perforó su cuello por segunda vez. Desde que sus músculos, que ya no respondían, comenzaron a vibrar como si su alma intentara huir por su cuenta. Ahora solo respiraba entrecortado, con el sudor enfriándose en la espalda abierta.

El aire estaba saturado de cloro, sangre caliente y goma quemada. En la oscuridad del auditorio moderno, el único sonido era el zumbido eléctrico de los reflectores activados a distancia. No había música. No había coros. No había fe. Solo el arrastre agónico de su respiración.

La figura a sus espaldas no hablaba. Movía las manos con la misma solemnidad con la que se hojearía una Biblia. Precisión quirúrgica, casi devocional. Los guantes, empapados en rojo. El bisturí bajaba una y otra vez con una cadencia exacta, sin rabia, sin emoción. Solo método.

Rubén Lemus estaba suspendido por alambres oxidados, tensados a través del sistema de rigging que normalmente sostenía luces, pantallas y altavoces para conciertos cristianos. Ahora, el centro del escenario era él.

El asesino —o lo que fuera— se detuvo a medio paso de esa autopsia ceremoniosa. Levantó la cabeza. Observó.

El cuerpo colgaba como una crucifixión moderna, de espaldas a las butacas grises que los feligreses solían llenar cada domingo. Pero hoy no había ovaciones, ni aleluyas. Solo el cuerpo roto de su pastor.

La piel de la espalda había sido desprendida con delicadeza quirúrgica. No arrancada. Separada. Extendida hacia los lados y fijada a cables como si fueran alas. Alas hechas de carne. Tenían una envergadura de casi cincuenta centímetros de punta a punta. Las costillas, cortadas con un dremel, sobresalían como varillas simétricas, dándole estructura al horror.

Rubén lloraba.

Pero no de miedo.

Lloraba por lo que sabía que había hecho.

—No era así… —susurró, con voz de sombra.

La figura frente a él inclinó la cabeza. Parecía estar esperando una confesión. Llevaba una máscara ceremonial de madera tallada: un rostro diabólico de danza tradicional, con cuernos partidos y pintura despostillada.

—Yo los cuidaba… eran… mis hijos.

El crujido de una vértebra fue la única respuesta. Rubén se desmayó.

El asesino extrajo un pequeño frasco translúcido. Una jeringa. Inyectó el contenido directo en el corazón. El cuerpo se sacudió como si el alma regresara a la fuerza. Rubén rugió. Intentó hablar. Se atragantó. Solo pudo escupir saliva y sangre.

El otro no respondió.

Solo negó con la cabeza, despacio.

Entonces, la máscara habló.

La voz no era humana. Tenía una profundidad metálica, arrastrada, que vibraba en el estómago.

—El que ofrezca a los pequeñooosss como rebaño… será… marcaadooo…

Rubén Lemus alzó la mirada. No buscando ayuda. Sino como quien acepta que su sentencia fue dictada desde mucho antes.

Y colapsó.

El cuerpo quedó colgado, rígido, como una marioneta abandonada. Un espectáculo grotesco para ningún espectador.

El hombre de la máscara de diablo descendió por el pasillo central en silencio. No dejó firma. No dejó símbolo.

Solo el cuerpo.

Y un pequeño bloque de concreto a los pies del pastor, rodeado por varias ratas muertas. Dispuestas metódicamente en un círculo, entre la poza de sangre que se empezaba a coagular, como si hubieran llegado a observar.


Segmento 2: Nada Más que Decir


Domingo 14 de marzo, 11:23 a.m.

Carlos no colgó. El teléfono seguía en la mesa, en altavoz. El Mono ya no decía nada, solo se escuchaban sus pasos, su respiración agitada.

En la pantalla del televisor, el rótulo rojo no desaparecía.

ÚLTIMA HORA: Hallan cadáver en iglesia de zona 16. Sospechan ritual.

La presentadora del noticiero hablaba rápido, como si quisiera terminar la nota sin quedarse pegada a las imágenes. La cámara mostraba el frente del templo. Limpio. Con su logo blanco y azul brillante. Luego, una toma aérea: el estacionamiento vacío, las patrullas alineadas como fichas de dominó, y un grupo de agentes del Ministerio Público que se cubrían la nariz.

La siguiente imagen fue lo que hizo que Carlos se sentara.

El cuerpo no se veía. Pero sí la tarima. La estructura negra de rigging, el charco oscuro en el centro, y lo que parecían restos de cinta amarilla cortada. Una mujer del MP decía algo fuera de cámara: “…no hay señales de ingreso forzado… probablemente lo citaron aquí, lo conocía…”

Carlos se llevó las manos al rostro.

—Mono… ¿lo estás viendo?

—Sí.

—¿Y lo que soñaste?

—Era parecido a esto. No exactamente, pero sí parecido, tampoco soy un puto medium Carlos, no chingués.

Carlos se levantó. Caminó en círculos por el apartamento. Encendió un cigarro sin siquiera notar que el anterior seguía humeando en el cenicero.

—¿Quién era ese pastor? ¿Lo conocías?

—Rubén Lemus —respondió el Mono— De vista. Y de oídas. Hace tiempo alguien me dijo que su iglesia tenía “acuerdos” con lugares raros. Casas hogar o no sé qué mierdas. Nada comprobado. Chismes de muchacha en tortillería. Sale…salía a cada rato en Canal 27. Tien…nía programas todos los domingos, transmisiones en vivo desde esa iglesia. Es… era famoso.

—¿Y por qué matarlo así? ¿Qué tiene que ver?

El Mono tardó en contestar. Se oía un leve golpeteo en el otro lado del teléfono, como si tamborileara los dedos contra la mesa.

—No lo sé… Pero ese maje tenía años saliendo en tele. Mucha cámara, mucha sonrisa, mucho “Dios te bendiga”, pero nunca me dio buena espina.

Carlos arrugó la frente.

—¿Quién te dijo lo que me contaste de los acuerdos que ése tenía?

El Mono guardó silencio un segundo más largo de lo normal.

—Ya ni me acuerdo, vos. Fue hace años.

Carlos no insistió, pero sintió un nudo familiar cerrándosele en la garganta. Una mezcla de corazonada, desconfianza y algo parecido a culpa.

—Esto no es casualidad —murmuró.

—No lo parece —respondió el Mono.

La televisión seguía mostrando imágenes sin sentido. Drones, agentes, micrófonos. Pero Carlos ya no las veía. Tenía la mente zumbándole. Otra capa. Otro nombre. Otro rostro. Y ninguna respuesta.

Solo la certeza incómoda de que alguien le estaba dejando un camino.

Y de que el asesino realmente no era el que se suicidó en la bodega de la zona tres.


Segmento 3: Los que se Repiten

Domingo 14 de marzo, 1:34 p.m.

—¿Todavía tenés esa carpeta? —preguntó El Mono.

Carlos asintió, sin levantar la vista. Habían estado releyendo los papeles de Nanda por horas, desde que el Mono había llegado a su apartamento. Nada parecía tener orden. Algunos estaban impresos desde correos; otros, escritos a mano, con letra apurada. El olor a tinta vieja y sudor seco se mezclaba con el cigarro constante que colgaba de su boca.

El Mono, con una taza de café mal hecho en la mano, se sentó frente a él.

—Tal vez no estás viendo lo que hay que ver —dijo, y agarró una hoja cualquiera.

Carlos lo dejó hacer. Ya no confiaba en su propio juicio.

Después de unos minutos en silencio, el Mono levantó un papel y lo giró.

—¿Y esto?

Era una hoja con tres nombres, escritos en marcador negro. Uno de ellos estaba tachado con furia. Apenas se distinguían las iniciales:

“J. E.”

Carlos se acercó. El trazo era distinto. Más rápido, nervioso. Había doble línea sobre las iniciales.

—¿Julián Escobar? —dijo en voz baja, más como pensamiento que como pregunta.

El Mono lo miró. No respondió.

Carlos abrió otra carpeta. Buscó entre los recortes de prensa que Nanda había archivado. Había uno del 2016: “Empresario guatemalteco dona terreno a iglesia evangélica para abrir centro de rehabilitación infantil.” En la foto, Rubén Lemus, sonriendo. A su lado, un hombre con gafas oscuras y camisa Oscar de la Renta: Escobar.

Carlos pasó la lengua por sus labios secos.

—Se conocían… Lemus y Escobar se conocían.

—Y públicamente —añadió El Mono, revisando otra hoja.

Carlos encendió otro cigarro. Sentía el pulso golpearle en la sien.

—No puede ser casualidad —murmuró.

El Mono dejó la hoja y sacó otra, de un sobre más delgado. Esta estaba doblada en cuatro. Al abrirla, encontraron una fotocopia de un recibo bancario: una transferencia de una “Fundación Renacer Global” a nombre de la Iglesia Nueva Luz. Ciento veinte mil quetzales. Concepto: “Actividades comunitarias”.

La fecha era del 8 de julio de 2020. Justo un día después de que Nanda rechazara oficialmente el reportaje de Carlos sobre trata de menores en el basurero de la zona tres.

Carlos tragó saliva.

—La fundación no tiene página. Nunca la hemos visto. ¿Será pantalla?

El Mono tomó una foto con su teléfono y empezó a buscar.

—No está registrada como ONG. Ni en Guatemala ni afuera. Pero encontré esto —dijo al rato, girando el celular—: un portal panameño con el mismo nombre. Creadas cinco fundaciones en el mismo día. Todas con el mismo administrador legal.

—¿Y qué más?

—Ese nombre se repite en otra cosa —El Mono amplió la búsqueda—Acá. En una causa archivada de 2019. Lavado de dinero. Nunca llegó a juicio.

Carlos apoyó la frente contra la mesa. Los ojos se le llenaron de rabia. El rompecabezas ya no era teoría.

—Escobar. Lemus. Dinero. Silencio.

—Y Nanda en medio —dijo El Mono, bajando la voz, como temiendo despertar la ira de Carlos.

Carlos lo miró. Por primera vez, vio en su rostro algo distinto. No era miedo. Era… respeto.

—Gracias por ayudarme con esto.

El Mono le sostuvo la mirada y asintió sin decir nada. Luego se levantó a preparar más café.


Segmento 4: Una Vida a Cambio de un Servicio

Miércoles 17 de marzo, 3:25 p.m.

Carlos tenía el escritorio cubierto de hojas abiertas, subrayadas, dobladas, con esquinas manchadas de café. La luz del flexo iluminaba el caos con una calidez sucia, de cuarto de hotel abandonado. Detrás, El Mono revisaba por cuarta vez la lista de fundaciones. Su laptop parecía a punto de explotar de tantas pestañas abiertas.

—Esta mierda de Fundación Renacer Global se repite en todo, vos. Transferencias desde Panamá, desde Costa Rica, desde Islas Caimán. Siempre a iglesias, clínicas u oenegés fantasmas.

Carlos no respondía. Estaba sumido en un patrón que venía dibujando desde la tarde: nombres conectados con fechas, transferencias, llamadas, muertes. En el centro, dos círculos subrayados: Nanda Reyes y Carlos F.. Abajo, con lapicero rojo, un nombre encerrado en una flecha: Próxima víctima: ¿abogado(a)?

—¿Cómo sabés que es un abogado? —preguntó el Mono sin dejar de escribir.

—Porque lo mencionaron en uno de los documentos cifrados que Nanda había archivado como «NO ENVIAR». Hay referencias a un caso en 2018 que fue bloqueado por “intervención legal”, y la firma aparece incompleta, pero el dominio del correo es del Colegio de Abogados. No sé quién es. Pero sé que está en la lista.

El Mono chasqueó la lengua.

—¿Y qué pensás hacer?

Carlos abrió la boca, pero no respondió. Porque justo en ese instante, su celular comenzó a sonar.

Número desconocido. Sin país. Sin prefijo.

Contestó.

Silencio.

Después, una voz distorsionada. Femenina. O tal vez masculina. Era como oír a alguien hablar a través de un ventilador metálico.

—Una vida a cambio de un servicio.

Carlos se congeló.

—¿Quién sos?

—Ragueeeeel

El Mono giró desde el sofá, atento.

—¿Qué querés decir con “una vida”?

—Hay alguien que trabaja haciennndo leey—dijo la voz, arrastrando las sílabas—. Aún respira. Puede dejar de hacerlo esta noche. O mañana. O nunca. Depende de vooooossss.

Carlos tragó saliva.

—¿Qué tengo que hacer?

Un zumbido en la línea.

Luego, un silencio que pareció eterno.

—Quiero que…

Y ahí se cortó.

El televisor, que estaba encendido de fondo, cambió abruptamente a un segmento de última hora. El volumen estaba bajo, pero el titular lo llenó todo:

ÚLTIMA HORA: Encuentran sin vida a viceministro de Defensa.
Cuerpo fue hallado mutilado en el cuartel médico de La Guardia de Honor. Sospechan crimen ritual.

Carlos se quedó de pie, con el celular aún en la mano.

—La gran puta… —murmuró El Mono desde el sofá.

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