Capítulo 1: El Hedor No Duerme

Segmento 1: El hedor como despertador
Lunes 1 de marzo, 2:00 a.m.
No fue la llamada lo que despertó a Carlos, fue el olor.
Venía del fondo del edificio, como si algo se estuviera pudriendo entre los tubos. Una peste ácida, densa, que se colaba por las rendijas de la ventana y se le pegaba al paladar. Él ya la conocía: era la misma que subía cuando el viento cambiaba de dirección en Lo de Bran. Era el relleno. Era la ciudad abriéndose las tripas.
Carlos no se movió. Tenía el cuerpo pegado al sofá y la boca seca como costra. La botella de ron seguía al lado, apenas con un culito del líquido ambarino en el fondo. El ventilador lanzaba aire tibio contra la humedad de las paredes. Todo estaba quieto, menos el hedor. Y después, el zumbido: el teléfono vibrando sobre la mesa.
No lo tomó. Se quedó ahí, mirando la luz naranja del poste colarse entre las cortinas rotas. Afuera, Lo de Bran parecía dormido. Pero él sabía que nadie duerme en serio en un lugar donde el basurero inunda su hogar con la peste.
El apartamento estaba en un tercer nivel sin ascensor; en un edificio de concreto agrietado. Cada pared tenía su historia escrita en moho. Había vivido allí más de una década, desde que lo despidieron del canal y tuvo que vender la casa de zona 15. Desde entonces, vivía con poco, con menos cada año, sobreviviendo del dinero de la venta. La refrigeradora hacía un zumbido como de motor viejo, constante y molesto, como si también estuviera harta de todo.
En la pequeña cocina había platos sin lavar, un cenicero con colillas húmedas y restos de una comida que ya no recordaba haber cocinado. No era un desastre deliberado. Era el tipo de caos que se forma cuando uno deja de anhelar. Carlos apenas usaba la estufa. Su dieta consistía en café recalentado, pan duro y lo que encontrara en el minisúper de la esquina. Y cigarrillos, muchos cigarrillos.
Pensó en cambiarse de lugar, de barrio, incluso de país. Pero todo eso requería una fuerza que ya no tenía. Lo más lejos que había llegado en los últimos tres años era al mercado de La Terminal, donde a veces compraba cigarros sueltos y escuchaba a los lustradores hablar del gobierno como si fuera un patrón que nunca paga.
Antes, su nombre había significado algo. Su voz era reconocible. Había salido en televisión, había hecho reportajes que incomodaban. Su especialidad: los olvidados. Niños que nacían en los márgenes, cuerpos sin registrar, gritos sin eco. Había documentado la vida en el vertedero como si fuera un viaje al infierno, y lo fue. Pero el país se acostumbró al fuego. Y a él lo quemó lento.
El hedor le provocó una arcada seca. Se sentó en el filo del sillón, con los codos sobre las rodillas, respirando por la boca. El ventilador seguía moviéndose, como un mal chiste, empujando el mismo aire caliente de siempre.
El teléfono vibró otra vez. Esta vez sí lo miró.
Pantalla agrietada, sin identificador. Solo decía “llamada entrante”. No esperaba a nadie. Tampoco lo llamaban mucho. Lo pensó dos segundos, luego contestó.
—¿Quién se murió ahora? —dijo sin molestarse en sonar cortés.
Del otro lado, una voz seca. Masculina. Familiar, pero difícil de ubicar.
—No hablés muladas. Bajá al relleno. Tenés que ver esto.
Carlos no respondió de inmediato. Miró la botella, el ventilador, la ciudad allá afuera. Algo en el tono lo movió. No era urgencia. Era certeza.
—¿Qué pasó?
—Te va a interesar. Está igualito a lo que vos escribiste hace años. Solo que este… este no sobrevivió.
Luego, silencio. La línea muerta.
No era la primera vez que el pasado tocaba la puerta, pero sí la primera en mucho tiempo que lo hacía con voz conocida. Y con ese olor.
Eso era lo que lo inquietaba más que la llamada.
El maldito olor.
La ciudad, pensó, tenía una forma cruel de devolverte lo que enterraste. No cuando estabas listo, sino cuando menos te lo esperabas. El hedor no era una peste cualquiera. Era la suma de todos los silencios que había acumulado. Los que él ayudó a callar. Los que lo dejaron solo.
Mientras se preparaba para salir, se preguntó si aún era capaz de mirar de frente lo que había allá abajo. El relleno no era un lugar. Era un espejo invertido. Una fosa. Y alguien, esta noche, lo estaba llamando desde el fondo.
Segmento 2: La autoevaluación
Mientras se preparaba, Carlos hizo una breve autoevaluación de su vida.
Carlos tenía cuarenta años y la espalda cargada como si llevara cincuenta. Delgado desde siempre, tenía ese tipo de cuerpo que flota entre lo atlético y lo desnutrido. Su ropa no ayudaba: camisetas negras con nombres de bandas que ya no existían, jeans ajustados con rodillas gastadas y una chaqueta de mezclilla que olía a cigarro, café y encierro. Había algo en él que no encajaba del todo, como un actor de otra obra que se quedó en el escenario equivocado.
La barba sin forma, los lentes de marco grueso y la piel pálida por falta de sol le daban un aire bohemio arruinado. Tenía el pelo recogido en un chongo flojo, como si no tuviera tiempo ni ganas de peinarse. La gente a veces lo confundía con un artista o un poeta fracasado, lo cual no le molestaba. Era mejor eso que decir la verdad: un periodista fuera de circulación, medio alcohólico, con una reputación rota y una historia que nadie quería oír.
Desde que lo anularon del reportaje sobre redes de trata, su carrera se fue por un caño sin retorno. El reportaje tenía todo: imágenes duras, testimonios reales, pruebas tangibles. Pero tocaba nombres equivocados. Empresas. Fundaciones. Políticos. Le pidieron que lo suavizara. Carlos se negó. Lo desaparecieron de la sala de edición y después del medio completo. Los contactos dejaron de responder. Las llamadas ya no llegaban.
Ahora pasaba los días entre tazas de café mal hecho y cigarrillos medio apagados. Revisaba clips viejos en su laptop, editaba sin rumbo, como si todavía tuviera algo que publicar. La pantalla tenía una grieta en la esquina, y siempre estaba llena de pestañas abiertas con artículos que no terminaba de leer. Tenía una grabación en particular que veía seguido: un niño con los ojos grandes, descalzo, caminando entre montañas de basura. No decía nada. Solo miraba a la cámara. Carlos pausaba en ese cuadro. Lo miraba como quien mira una herida que no cierra.
No dormía bien. Tenía pesadillas… pesadillas del basurero. A veces lo despertaba la sensación de que algo se movía debajo del colchón, como si hubiera vida oculta entre los resortes. Otras veces, era el olor. Ese maldito olor que venía del basurero, que se colaba hasta su nariz aunque tuviera las ventanas cerradas. Se metía en la ropa, en el cabello, en la garganta. No se podía lavar.
Tomaba más de lo que quería admitir. Ron barato, en su mayoría. A veces mezcal. Tenía una botella escondida detrás de los libros, por si llegaban visitas, que nunca llegaban. No tomaba para divertirse. Lo hacía para silenciar los recuerdos, para apagar el eco de las voces que había grabado y que nunca pudo olvidar. Voces de niños. De madres. De hombres que hablaban como si no fueran culpables de nada.
Nunca había sido bueno para las relaciones. Las suyas duraban lo que duraba el fuego inicial. Después venía el silencio. El aburrimiento. La urgencia de escapar. Había amado una vez, o al menos eso creía. Una chica que le leía poemas por las noches y le dejaba notas en el refri. Desapareció cuando él empezó a obsesionarse con el caso del vertedero. Le dijo que se estaba pudriendo por dentro. Él no respondió. Nunca lo hacía.
Carlos se vestía como si no le importara, pero cada prenda tenía historia. Los lentes eran los mismos que usaba cuando grabó su primer documental. La chaqueta la compró en un viaje a Chiapas, cuando creía que podía cambiar algo con su trabajo. Los tenis rotos se los regaló un colega que desapareció meses después. Los cargaba como recuerdos vivos. Como una piel más.
A veces pasaba horas sentado frente al ventilador, sin hacer nada. Solo escuchaba el zumbido y pensaba. Pensaba en todo lo que no dijo. En lo que grabó y no mostró. En los archivos que tenía guardados y que nadie leería. En el cuerpo del niño que encontró con los ojos abiertos, todavía tibio. En la risa del hombre que lo llevó al lugar exacto del hallazgo y le pidió una cerveza después. Pensaba y no hablaba. Ni siquiera consigo mismo.
Había intentado escribir un libro. Tenía un documento de más de cien páginas, sin estructura, sin final. Crónicas, fragmentos, insultos, preguntas. Nunca lo mostró a nadie. A veces lo abría, leía una línea, y lo cerraba con asco. No era lo suficientemente bueno. Ni él, ni el texto.
Desde la ventana del apartamento se veía una parte del barranco que terminaba en el relleno. En las noches, las luces de los camiones parpadeaban como faros borrachos. A veces se quedaba observando el movimiento, como si estuviera viendo una película que ya sabía cómo terminaba. Se preguntaba si el basurero era un lugar o una criatura. Si respiraba. Si sentía. Si guardaba secretos.
Los vecinos lo ignoraban. Algunos creían que era drogadicto. Otros, que era artista. Una señora del segundo piso una vez le pidió que no fumara en el pasillo. Él no respondió. Se metió al apartamento y cerró la puerta con llave. Desde entonces, solo salía cuando era estrictamente necesario.
Había una libreta sobre su escritorio, manchada de café y ceniza. Escribía ahí de vez en cuando. Ideas sueltas, nombres, fechas. En la última página había dibujado una rata. Con alas. No recordaba haberlo hecho. Le dio vuelta y se quedó mirándola de cabeza, como tratando de encontrar un sentido a la imagen dibujada al revés. Se quedó así varios minutos y luego arrancó la hoja, la dobló y la metió en el bolsillo. No sabía por qué. Solo lo hizo.
Carlos no era un hombre acabado, pero estaba cerca. Le quedaba la lucidez suficiente para entender que algo se había roto. Y la terquedad necesaria para seguir hurgando entre los escombros. Esa noche, el hedor era más fuerte de lo usual. La llamada había sido corta, pero suficiente. Algo se estaba moviendo allá abajo. Y él, sin saberlo del todo, ya estaba de nuevo dentro.
Encendió un cigarro que no supo si quería fumar. Lo encendió igual, como un gesto automático. Se sentó en el borde del sillón, con la mirada fija en nada. El humo le ardía en los ojos. Pensó que tal vez esta vez sería distinto. Tal vez algo, en medio de todo este hedor, todavía podía ser contado.

