El Rey Rata

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Capítulo 6: Julián Escobar

Segmento 1: El Espejo del Fondo

Sábado 6 de marzo, 4:00 p.m.

El perito del MP entró al baño principal de la casona ubicada en Mixco, propiedad de Julián Escobar. Llevaba consigo una cámara digital GoPro e iba narrando y documentando la escena del crimen:

—Jefe, ya está abierto el ingreso. Le describo.

El perito caminó con cuidado, guantes puestos, voz baja. Detrás de él, otro forense tomaba fotografías. El resto del equipo mantenía una distancia respetuosa, como si el baño fuera un santuario maldito.

—Estamos en el segundo nivel de la residencia. Baño principal. La puerta no fue forzada, el ingreso parece limpio. Dentro, fuerte olor a orina, excremento humano y algo más… puede ser amoníaco.

El cuerpo estaba ahí, inmóvil, grotescamente acomodado.

—La víctima fue identificada como Julián Escobar. Empresario, cincuenta y cinco años. Está hincado frente a la taza del inodoro, con los pantalones puestos. Cabeza completamente sumergida en el agua. Las manos están sujetas detrás del respaldo con cinta industrial gris. Sin signos de defensa.

Silencio. La cámara disparó varias veces. El perito se acercó al cadáver y lo levantó cuidadosamente para su inspección.

—El rostro está hinchado por inmersión. Probable asfixia combinada con colapso respiratorio. Se procederá a análisis toxicológico.

El perito se agachó, inspeccionando con una linterna los bordes del inodoro.

—No hay sangre visible en el cuerpo. Ni cortes. Pero el entorno está cubierto de ratas muertas. Contamos al menos seis en el piso, dos más dentro de la tina. Una viva… dentro del bolsillo interior de la camisa. Está quieta, no agresiva.

Un fotógrafo detuvo su clic. Miró al perito.

—¿Y eso qué putas significa?

—Que no se fue —murmuró el perito.

Se puso de pie.

—Lo más delicado está en el espejo, jefe.

En el centro del espejo, escritas con trazo irregular y sustancia marrón, el texto:

CERDO TRAFICANTE

—A simple vista, parece excremento humano. Se tomaron muestras para confirmar. La textura y olor coinciden.

—¿Quién hace esto…? —preguntó el supervisor desde la puerta, sin cruzar el marco.

—Alguien con método —respondió el perito sin levantar la voz—. Alguien que ha hecho esto antes.

El resto del baño estaba en silencio. El agua del inodoro apenas se movía. Una de las ratas muertas flotaba en la tina, patas extendidas, como una flor podrida.

El perito tomó nota.

—No hay huellas en el borde del espejo ni en el lavamanos. Todo fue limpiado con una sustancia desinfectante. El piso tiene una película viscosa. Podría ser orina animal. Hay restos de viruta cerca del marco de la ventana.

—¿Entrada por ahí?

—Improbable. Tiene barrotes y no fueron cortados.

Silencio otra vez. Solo el clic de la cámara, y el zumbido lejano de una patrulla bajando la loma.

—Escobar tenía vigilancia. Cámaras, sistema de alarma, doble cerradura…

—¿Funcionaban?

—Negativo. Todo fue desactivado. Desde el panel interno.

El supervisor maldijo en voz baja.

—¿Y la PNC?

—Solo llegó cuando los vecinos se quejaron del olor. Tres días sin que nadie lo viera. Supuestamente tenía escolta, pero nadie lo ha reportado.

El perito anotó una última línea.

—Este no fue un asesinato impulsivo, ni por dinero. Esto fue una firma.

Levantó la vista. Por un segundo, todos los presentes sintieron lo mismo.
No miedo, sino certeza.


Segmento 2: Sombra en La Línea

Domingo 7 de marzo, 6:00 a.m.

Carlos abrió la libreta por la mitad y escribió la palabra “Julián” en letras grandes.
Le dio un trago al café frío y se frotó la nuca. La televisión seguía encendida, sin sonido, con las imágenes del crimen repitiéndose en bucle.

El celular vibró. Era El Mono.

—¿Lo viste? —preguntó apenas Carlos respondió.

—Sí.

—Se parece, ¿no?

Carlos no contestó de inmediato. Observó la hoja en blanco frente a él.

—¿Qué sabés de él?

—De Julián, nada. Solo que era de esos que la gente no nombra mucho. Que tenía plata y miedo, y que no salía si no era con dos carrazos enfrente.

Carlos anotó: “seguridad”, “baño”, “mensaje”.

—¿Creés que se parece al primero?

—No del todo. Aquel era un nadie. Este no. Este es alguien que tenía espalda.

Carlos se mordió el dedo pulgar.

—¿Y vos creés que fue la misma persona?

—Eso es lo que me da vueltas. La escena… las ratas… lo sucio. No sé. Es como si alguien estuviera tratando de contar algo. O de hacer ruido.

Carlos bajó la vista.

—¿Y si no tiene sentido?

—Entonces lo buscamos.

Carlos suspiró.

—No sé si estoy para esto, Mono. No tengo nada. Solo intuiciones, y miedo.

—Vos tenés lo que otros no quieren ver. Eso vale más que pruebas.

El silencio al otro lado fue largo. El Mono bajó la voz.

—Yo puedo preguntar por ahí. Entre los del relleno. Algunos vieron cosas raras. Hay uno que jura que escuchó un motor encenderse después del primer cadáver. Otro dice que vio a alguien encapuchado días antes, merodeando. Pero ya sabés cómo es la gente, se les olvida rápido o se callan.

Carlos se levantó y fue hasta la ventana. La calle estaba vacía. El sol aún no subía. Lo de Bran seguía oliendo igual.

—¿Y si no encontramos nada?

—Entonces al menos vamos a saber que no estamos locos.

Carlos volvió al escritorio.

—Vamos a hacer una lista.

—¿De qué?

—De muertos. De fechas. De lugares. Vamos a ver si se unen.

—Va pues.

Carlos colgó.

Abrió una nueva hoja. Escribió:

  1. Primer muerto – basurero
  2. Nanda – oficina USAC
  3. Julián – baño, Mixco

Luego escribió al margen: “¿azar o diseño?”

El ventilador hizo clic. Y el hedor, el maldito hedor


Segmento 3: Respiración en la nuca

Domingo 7 de marzo, 12:00 p.m.

Carlos pasó el resto de la mañana encerrado. Apenas comió. Solo café viejo, cigarro tras cigarro, y la libreta.

Cerca del mediodía, se levantó a buscar agua. Fue entonces cuando lo notó.

El pestillo de la puerta principal estaba mal cerrado. Apenas encajado. Y él recordaba bien haberlo asegurado la noche anterior.

Volvió la vista hacia la mesa. El cenicero estaba lleno, como lo había dejado. Las colillas, sin embargo, no eran todas suyas. Había una que no reconocía. Más corta. Filtro distinto. Tabaco con olor a menta.

Caminó hacia la cocina. Algo en el aire había cambiado. No era el hedor habitual del relleno. Era más tenue. Más ácido. Como cuando alguien entra con ropa mojada y no se seca del todo.

Fue al baño. Nada extraño.

Abrió la gaveta donde guardaba sus notas viejas. Todo parecía igual.
Pero una hoja estaba fuera de lugar: una fotocopia amarillenta con su nombre tachado en rojo. No recordaba haberla sacado.

Carlos sintió el pulso en las sienes.

No era paranoia. Alguien había entrado.

Caminó en círculos por el apartamento. Cada grieta del piso parecía gritarle algo.

Tomó su cámara vieja, la que ya no usaba, y revisó el estuche. Vacío.
El cable de conexión había desaparecido.

Abrió la laptop. La encendió. Esperó.

Buscó en sus carpetas más antiguas. La del reportaje que nunca salió. La que Nanda archivó sin decirle nada. Los archivos estaban intactos.
Pero el más importante, el que contenía las entrevistas sin editar, tenía fecha de modificación: esa misma madrugada, a las 3:12 a.m.

Carlos sintió un golpe seco en el pecho. Se paró. Volvió al baño. Alzó la tapa del depósito del inodoro. Nada.

Abrió el closet. Nada.

Se quedó de pie en medio de la sala. El ventilador seguía girando.

Del otro lado del vidrio, la calle. Pero el silencio ya no era silencio. Era como si todo el mundo girara a su alrededor más rápido que él.

Carlos sabía que alguien había estado ahí.

No le había robado. No lo había herido. Solo había dejado un rastro.
Una respiración sobre su nuca. Cayó en cuenta que eso era lo que lo había despertado.

Como una advertencia muda. Como si le dijeran: “ssssshhhhhh…Te estamos viendo.”


Segmento 4: El Buzón

Domingo 7 de marzo, 7:00 pm

Cayó la noche.

Carlos no encendió las luces. Caminaba en penumbra, como si el apagón fuera interno. Se sentó frente a la computadora y volvió a abrir la carpeta de Nanda. El miedo de haber sido visitado se apagaba ante la obsesión por entender qué papel jugaba en todo ese enredo.

El archivo modificado seguía allí. Lo abrió. Estaba vacío.

Se quedó mirando la pantalla en negro. Era como si alguien le hubiera arrancado la voz. Como si alguien, en algún lugar, estuviera decidiendo qué podía recordar y qué no.

Fue a la cocina. Sirvió el último chorro de ron en un vaso sucio. Lo bebió de un solo trago. Volvió a sentarse.

El ventilador hizo un ruido seco. Como si algo lo hubiera golpeado.

Pero no había nada. Sonó el timbre de su apartamento, algo raro para alguien tan ermitaño como él; de plano patojos que jugaban a tocar timbres y salir corriendo, típico de Lo de Bran.

Se levantó por impulso. Necesitaba aire. Cruzó el pasillo con pasos lentos y bajó las escaleras del edificio, descalzo.

El zaguán olía a humedad y aceite rancio.

Los buzones metálicos estaban alineados, oxidados, apenas sostenidos por tornillos viejos. El de Carlos tenía la tapa entreabierta.

No recordaba haberlo visto así esa mañana que había bajado a comprar cigarillos.

Metió la mano.

Solo había una hoja, doblada en cuatro. Era papel de libreta, de esos escolares, con líneas azul claro y márgenes rojos.

La desdobló. Decía:

“La injusticia en cualquier parte es una amenaza para la justicia en todas partes.”
—Martin Luther King Jr.

Firmado:
Raguel

Carlos miró hacia el portón principal. No había nadie. El zaguán estaba vacío. Ni vecinos, ni pasos. Solo el zumbido de un transformador eléctrico, y el eco lejano de un perro ladrando. Salió por la puerta peatonal a la calle vacía y al ver hacia la esquina, lo divisó: una figura como de un metro noventa, vestida con unas mallas negras, zapatos negros y una chaqueta deportiva estilo windbreaker. con la capucha puesta. Cuando enfocó para tratar de verle la cara pudo notar que el individuo tenía puesta una máscara de convite de mono. Tan pronto como lo vió el personaje se metió en la calle siguiente.

Carlos no hizo ni siquiera un intento por alcanzarlo, estaba demasiado cansado y en una condición física deplorable y él lo sabía.

Subió las escaleras sin correr, pero con la sensación de que alguien lo observaba desde algún punto del edificio. Al llegar al apartamento, cerró la puerta con doble llave. Se recostó en la pared, leyendo el mensaje otra vez.

“La injusticia en cualquier parte es una amenaza para la justicia en todas partes.”
—Martin Luther King Jr.

Lo leyó en voz baja. El nombre se le quedó en la garganta. Raguel.

No era una amenaza. No era una advertencia. Era una consigna.

Volvió a su escritorio. Colocó la hoja junto a su libreta. La miró como si intentara oírla. Después, encendió otro cigarro. Y escribió solo una palabra al margen de la página: “¿Por qué yo?”

El ventilador giraba lento, soplando ceniza hacia el suelo.
Afuera, la ciudad seguía podrida.

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