El Rey Rata

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Capítulo 13: Andrea Falla

Segmento 1: Sal 94,16

Sábado 20 de marzo, 12:00 p.m.

El canal se volvió negro otra vez. Sin introducción. Sin transición. Carlos no había tomado parte en la transmisión en vivo de Andrea Falla. La noche anterior sólo había recibido un mensaje por WhatsApp, de esos que se borran al leerlo, diciendo:

Mañana 12:00 p.m. en tu canal de YT. Falla va a confesar.

Miles de espectadores ya estaban conectados. Algunos desde celulares, otros desde televisores proyectados en salas comunitarias. Nadie sabía qué iba a pasar. Solo que pasaría a las siete. Y Raguel cumpliría.

La imagen apareció.

Una habitación neutra. Paredes color crema. Una mesa sencilla de madera. Luz blanca, sin dramatismo. En el centro, Andrea Falla.

Vestía una blusa azul celeste. No estaba maquillada. Tenía el cabello recogido y los ojos inflamados, pero no por golpes. Por lo que sabía que venía. No estaba amarrada ni había nadie a la vista. Frente a ella, una cámara fija. Y a su derecha, un vaso con agua medio lleno. Se notaba que Andrea venía de familia acomodada, de esas que tienen propiedades en Guatemala y empresas en el extranjero.

Habló sin presentación. Sin ayuda.

—Mi nombre es Andrea Falla. Soy abogada notaria. Durante los últimos seis años trabajé como enlace legal para la Fundación Renacer Global, y fui asesora externa de la Comisión Nacional de Salud Infantil. Trabajé de la mano con la Iglesia Nueva Luz con el pastor Rubén Lemus. También firmé convenios con el Ministerio de Defensa a través del coronel Héctor Ramírez Valdés para autorizaciones de traslados de paquetes marcados como a través de la CONASI catalogados como “urgencia humanitaria”.

Hizo una pausa. Bebió agua. Respiró hondo.

—Nada de lo que firmé hablaba explícitamente de lo que se trataba toda esa red. Pero yo sabía lo que se escondía entre líneas: La red traficaba y explotaba niños del basurero de la zona 3; niños sin padres y preadolescentes que habían escapado de sus casas huyendo de maltratos y abusos, éstos eran los más vulnerables y eran aquellos a los que nadie iba a reclamar, que nadie iba a llorar.

Las lágrimas corrían por su rostro, ella no hacía nada por reprimirlas. Se notaba el dolor en su corazón, a momentos pausaba brevemente para reprimir algún sollozo que se trataba de escapar de su garganta.

— Éstos niños era cuidadosamente vigilados por miembros de la mara que opera en el basurero, y cuando ya estaban cocinados, que es un término que la mara usa cuando un niño ya pierde la esperanza de un futuro mejor en el basurero, se acercaban a ellos, les ofrecían un hogar, una familia y protección.

Otro sorbo de agua. Andrea se sonó la nariz.

—A los que accedían a sus ofrecimientos, eran llevados a una casa, vigilada por miembros de la mara, y en horas de la noche eran entregados al pastor Rubén Lemus para ser llevados a las casas hogar, financiadas por las oenegés que yo misma ayudé a crear, y legalizar. Los niños que se negaban -los cuales no eran pocos- eran desaparecidos por la mara, llevados a casas seguras de la clica y entregados, aún vivos al coronel Ramírez para ser «redistribuidos en la sociedad». El pastor Lemus iba a las casas de la clica para evaluar qué niñas y niños se podían rescatar. Luego de revisarlos, él daba su bendición para que el coronel se los llevara.

Hizo una pausa, sus ojos se hinchaban un poco a causa de tanto llorar, trató de recomponerse y entre sollozos continuó; detalló con profundo pesar:

—Los niños que el pastor Lemus…tenía en sus casas hogar, eran seleccionados por color de piel y edad y eran llevados a otros países. Eran «adoptados» por familias en el extranjero: Francia, Inglaterra, Estados Unidos, pero muy tarde comprendí que muchas de esas familias que adoptaban eran apellidos falsos…—Exhaló un sollozo desgarrador — y que en varias ocasiones esos nombres se repetían…—tuvo que inhalar profundamente para poder seguir — Existían familias que al momento de salirme de esa estructura, tenían adoptados legalmente 14 hijos provenientes de Guatemala. El pastor Lemus dirigía una red de prostitución infantil que curaba y procuraba niños a depredadores extranjeros.

Carlos se llevó las manos a la boca. Una lágrima se escurrió de sus ojos y rodó hacia sus mejillas. Si tan sólo hubiera encontrado la manera de publicar esa investigación… Talvez Nanda viviría, talvez hubiera salvado indirectamente a muchas de esas pobres criaturas…

Un sentimiento de culpa y vergüenza le invadió el corazón. Por primera vez sentía algo más fuerte que su autocompasión. Andrea siguió con su confesión después de sorber mocos y tomar agua, seguía llorando, lo que se venía sacudió a toda Guatemala.

—Los niños de las casas de la mara, y los que no eran escogidos por el pastor Lemus, eran llevados a un destacamento militar, siempre a altas horas de la noche, en paneles robadas. Yo vi personalmente las rutas que utilizaba la estructura y que tenía pagada a la PNC para asegurar un salvoconducto al destacamento, esto era solo para desorientar. Luego el coronel hacía que los niños fueran trasladados en cajones tipo pallets hacia el centro médico de la Guardia de Honor. Donde médicos internacionales esperaban para asesinarlos y extraer sus órganos. Cada órgano en buen estado era valuado entre doscientos a quinientos mil dólares. Se sacaban entre 5 y 7 órganos por cuerpo

El livestream se cortó. El chat de YouTube reventaba de comentarios mixtos: los habían de gente horrorizada, los de gente incrédula que decía que eran simplemente cortinas de humo para distraer a la población de los problemas reales del país y los habían aquellos que tomaban todo a broma y mandaban memes

Carlos recibió un mensaje en su celular:

Gobernación tratando de bajar el live. Ya estamos trabajando en ello

Pasó un minuto, la gente no dejaba de comentar en el chat. Lejos de irse, más gente se unía. Cuarenta y cinco mil personas conectadas y contando. De repente la transmisión volvió pero esta vez, Raguel transmitía en vivo desde la radio, la televisión nacional y por cable, además de restablecer la conexión de YouTube.

La voz siseante de Raguel sonó antes de enviar imagen a las pantallas:

—La confesión de Andrea Falla fue tratada de ser silenciadaaa. Esto sirve de prueba para todos los guatemaltecos escépticosss de que la verdad está siendo divulgadaaaa. Dado que el gobierno nos quiere silenciarrrrr, es hora que divulguemos esto a todo el paíssssss.

Luego fondo negro. Las transmisiones se restablecieron en pantalla. Andrea estaba desorientada en su silla, una voz distorsionada le habló desde fuera de cámara:

—Estamos de regreso. Continúe.

Andrea se sonó con una servilleta; ya se había calmado, continuó: — Mi papel fue el de legalizar empresas y oenegés que facilitarían todo el tráfico de órganos y trata de personas. Yo vi las rutas. Yo sellé los documentos. Yo busqué aprobación para los traslados en las casas hogar de las oenegés.

Otra pausa. El chat estallaba, pero la transmisión no se interrumpía.

—Sólo me dí cuenta de lo que realmente hacían cuando asistí a un simposio evangélico acerca de la salvación infantil. Un mensaje del pastor me pareció muy críptico y revelador, así que empecé a seguir los rastros…

Andrea bajó la mirada por unos segundos.

—No estoy aquí porque alguien me obligó. Estoy aquí porque me mostraron las grabaciones. Porque escuché los nombres. Y porque vi uno… que era el de mi hermana. No desapareció como me dijeron. La vendieron. Y yo firmé… sin saber. — Sus ojos adquirieron una expresión de culpa que ninguna persona podía evitar sentir como propia. Se echó a llorar de nuevo. Ya no habló, ni pudo volver a ver a la cámara.

La voz distorsionada de Raguel no apareció. La transmisión no fue editada. Solo hubo un fundido a negro, lento, cuando Andrea dejó de hablar. Al final se mostró el Salmo 94:16 en latín:

Quis consurget mecum adversus malignantes?
Aut quis stabit mecum contra operantes iniquitatem?

Debajo del video, la descripción decía:

Testimonio 01: Falla. Salmo 94:16

Carlos vio todo desde su laptop, en completo silencio.

No escribió nada ni respondió mensajes. Solo miró el salmo en latín…
Y comprendió que el siguiente en hablar sería él.


Segmento 2: Jb 18,5-6

Viernes 2 de abril, 9:02 p.m.

Desde el día que Andrea Falla dio su confesión, Carlos estuvo a la espera de una confirmación de que Raguel la hubiera dejado libre. Sin embargo, esa confirmación nunca llegó. Carlos estuvo tentado de ir a buscar bajo las gradas del parque Colón, pero no pudo. Su fama ya era tal que el solo hecho de salir le suponía toparse con alguien que quería hablarle, tomarse una foto o simplemente insultarlo.

Estoy igual o peor que Neto Bran, pensaba.

Carlos ya no salía a la calle.

No porque lo persiguieran —eso vendría después, pensaba él— sino porque la gente lo reconocía, en los supermercados, en los cafés, en la entrada del edificio donde alquilaba.

Algunos querían tomarse fotos. Otros le daban la mano y lo llamaban valiente; un par solo lo observaban, en silencio, como si estuvieran esperando a que hiciera algo imperdonable.

Desde el testimonio de Andrea Falla, el país no hablaba de otra cosa.

Los medios tradicionales no podían competir con los números de su canal. Las entrevistas en línea llegaban por docenas. Productores lo contactaban desde Argentina, México, España. Querían documentales. Libros. Un podcast. Una gira. Hasta una película.

Carlos no decía que no, pero tampoco decía que sí.
Publicaba lo que Raguel le ordenaba publicar. Cada dos o tres días, recibía un mensaje con la instrucción de un nuevo documento, un nuevo hilo, una nueva evidencia.

El canal superó el millón y medio de suscriptores. Carlos sentía que le debía eso al mundo, después de haberse dejado caer.

No dormía bien, no porque tuviera miedo… sino porque la adrenalina de ser escuchado era más adictiva que cualquier sustancia.


Ese viernes, Carlos preparaba un video sobre las ONGs fachada cuando el sistema del canal se desconectó por completo. No fue un error. Fue una toma de control remota.

La pantalla negra volvió, la misma que ya todos reconocían. Sin previo aviso. Sin descripción. Sin música.

La gente se empezó a conectar, como cuando un cerdo muerto empieza a llamar moscas con su pestilencia. Uno a uno, de cien en cien.

En la pantalla, solo una cuenta regresiva. Desde un minuto hasta cero.

Y luego, la imagen.

Una habitación de paredes grises con iluminación clínica.

Una silla de madera, ocupada por Andrea Falla, sentada, con el rostro limpio, sin lágrimas ni maquillaje. Estaba enfocada por una cámara tomando desde un plano inferior, casi a nivel del piso.

Vestida con una camisa blanca abotonada hasta el cuello.

No estaba amarrada. No tenía marcas visibles de violencia. Pero una venda le tapaba los ojos.

Una voz distorsionada dijo desde fuera de cuadro:

—La confesión fue escuchada. El castigo es necesario. El ciclo debe cerrarse.

Andrea no parpadeó. Tampoco suplicó. Solo susurró:

—Por mi hermana…

Se oyó el clic metálico de un arma. Un solo disparo desde fuera de la escena que captaba la cámara.

Andrea se inclinó hacia un lado.

Un hilo de sangre brotó de su pecho izquierdo.

Se convirtió en un manchón que se extendió hasta teñir toda la parte izquierda de la blusa, otrora blanca.

Una lágrima rodó por su mejilla por debajo de la venda y cayó aparatosamente al piso.

La cámara se mantuvo firme durante cinco segundos. Una figura se acercó desde atrás del encuadre de la cámara, vestida con una túnica negra, raída. y solo se pudo observar como levantaba una pierna para aplastar la cabeza de Andrea. El video se cortó justo cuando el pie estaba llegando a la sien.

Y luego, fondo negro, luego un texto blanco:

La luz del malvado se apaga,
la llama de su fuego ya no brilla.
La luz se oscurece en su tienda,
y se apaga la lámpara sobre él.
— Job 18:5-6

Carlos se quedó en shock.

El video seguía en su canal.

No sabía cómo había llegado ahí.

No sabía si era real.

No sabía si debía borrarlo.

Solo sabía que su nombre seguía en la esquina del video.
Y que acababan de ejecutar, ante millones de personas,
a la única que había tenido el valor de hablar.

Apagó la computadora.

Se dejó caer en la silla.

El Mono no estaba.

Nadie estaba.

Carlos pensó que podría llorar. Pero no lo hizo.

Solo se quedó ahí, en la oscuridad, escuchando su respiración mezclada con el eco de una bala que acababa de matar a quien había marcado una diferencia.

Y por supuesto, el peso de la traición: Raguel no había cumplido. El trato era un servicio por una vida.


Segmento 3: Esta Noche

Lunes 5 de abril – Jueves 8 de abril

Carlos no salió del apartamento en tres días.

Las persianas cerradas, la luz de la refri como único sol. La televisión encendida sin volumen, las notificaciones en su celular explotando como fuegos artificiales rotos. Sabía que lo estaban observando. No desde las sombras. Desde las pantallas.

Cada canal de noticias tenía su propia versión.

El noticiero de Canal 23 mostraba una línea de tiempo, congelando el momento exacto en el que Andrea Falla caía hacia un lado, dejando que el manchón de sangre se expandiera como si fuera tinta bajo el agua.
Otros se enfocaban en el simbolismo. En la cita bíblica. En la ejecución en directo.

Y todos coincidían en una sola cosa: El canal de Carlos F.

No fue sorpresa cuando, el lunes por la mañana, apareció la noticia oficial:

El Ministerio Público inicia investigación contra Carlos F. por posible complicidad con grupo subversivo digital.

Carlos leyó el comunicado en silencio: No lo sorprendió, pero dolía.

No por miedo a la cárcel, sino porque era real: lo estaban volviendo enemigo público número uno.

La fiscalía anunció el inicio de una «investigación técnica y forense exhaustiva para determinar el nivel de participación del periodista en la transmisión de videos colgados en el canal de CarlosFEscribe».

Todo el martes lo llamaron de todas partes. Medios internacionales, reporteros, usuarios anónimos; su correo se llenó de mensajes de odio, amenazas de muerte, propuestas de entrevistas exclusivas, cartas abiertas, ofrecimientos de asilo, y fanáticos conspiranoicos que lo empezaban a alabar.

Carlos no respondió nada.

Solo se sirvió otro vaso de agua y se asomó por la ventana un instante.

Abajo, un carro de la policía estaba estacionado frente al edificio.

No se movió en todo el día.


La investigación no llegó lejos.

El miércoles, un comunicado interno del MP —filtrado por un técnico que probablemente tenía simpatía por la causa— se hizo viral en cuestión de horas. Decía, en términos técnicos que ningún noticiero entendió, que:

  • Los videos del canal @CarlosFEscribe provenían de direcciones IP enmascaradas con tecnología de “encapsulamiento multinodo”.
  • Las transmisiones no podían vincularse a la laptop, router, ni dirección física de Carlos.
  • No había metadatos modificados. No había patrones de edición manual.
  • Y lo más importante: la laptop de Carlos jamás fue utilizada para iniciar los livestreams.

Una periodista de un diario digital lo resumió así en un podcast:

—Carlos F. es como una caja de resonancia.
—¿Un títere?
—No. Una bocina. No dice lo que quiere decir. Dice lo que otros no pueden.

Las autoridades anunciaron que continuarían la investigación “con discreción”, pero la persecución pública se diluyó. No había crimen, ni había cuerpo. No había cómo detener algo que ya no tenía rostro.


Jueves 8 de abril, 9:14 a.m.

El mensaje llegó por WhatsApp. Número no registrado.
Texto simple. Solo decía:

Hoy en la noche. Zona 6. Edificio abandonado. Entrada por 16 calle, frente a la venta de repuestos. 8:00 p.m.

Carlos no respondió. Tampoco compartió el mensaje. Solo lo leyó tres veces. Luego lo borró.

Se levantó. Se duchó. Se puso la misma chaqueta. Se miró en el espejo por primera vez en tres días. Estaba más flaco. Más pálido. Pero sus ojos ya no eran los del periodista olvidado.

Eran los de alguien que había visto la verdad de frente.


Segmento 4: Cara a Cara…

Jueves 8 de abril, 8:06 p.m.

Carlos empujó la puerta oxidada del edificio abandonado. No chirrió. No se resistió.

Cedió como si supiera que ya había llegado su turno.

El interior olía a concreto mojado y polvo metálico. Había ecos, pero no ruido. Una luz de neón temblorosa parpadeaba en la distancia, marcando un camino improvisado entre pasillos vacíos, grafitis cubiertos por nuevas capas de pintura y techos a medio colapsar.

El lugar estaba vacío pero expectante, como una iglesia de-consagrada que aún recuerda las misas.

Subió un tramo de gradas. El concreto se deshacía bajo sus zapatos. No había puertas, solo marcos sin nombre, hasta que una habitación, más amplia, le mostró una silueta sentada.

No estaba encapuchada. No parecía estar armada.

Estaba esperando.

En el centro, una silla vieja. Al frente, una figura envuelta en una sotana negra y una capa oscura hasta los tobillos. El rostro: una máscara de cartón endurecido y plástico reciclado, pintada de negro opaco con toques blancos. Era el rostro del dios maya de la muerte: mandíbula abierta, dientes marcados a cuchillo, los ojos vacíos.

Carlos se detuvo a unos tres metros de distancia de la silueta que ya conocía. No supo si hablar, pero el silencio pesaba.

La voz lo deshizo.

No era electrónica.

Era real. Humana.

Femenina. Masculina. Dual.

Cansada.

—Carlos.

No era una pregunta. Era una aseveración.

—Raguel —respondió él, admitiendo tácitamente su identidad y queriendo constatar la de la silueta.

Silencio. Luego:

—¿Te sentís parte o sentís que aún podés escapar?

Carlos apretó los dientes.

—No vine a buscar escapatoria.

—No —dijo la voz—. Viniste porque sabés que nadie más va a hablar. Porque ahora sos lo que queda de cuando los demás callan.

Carlos miró alrededor. El lugar no tenía cámaras. No tenía pantallas. Solo grietas y ratas secas en las esquinas.

—¿Y por qué yo?

La figura se puso de pie.

El movimiento fue pausado. Sin amenazas. La luz temblorosa reveló una figura delgada bajo la túnica. No joven. No vieja. Nunca se había imaginado que quien estuviera debajo de la túnica raída y bajo la máscara pudiera tener esa complexión. Y era alta. Muy alta. Esta vez la voz se sentía más humana. como viva. Se percató que el tono de voz era el mismo pero ya no siseaba.

— Porque vos fuiste el único que gritó cuando nadie escuchaba.
Y porque me di cuenta que te abandonaste en tu autocompasión cuando lo que tenías que haber hecho era presionar más fuerte, por donde se pudiera, cuando te callaron.

Carlos bajó la mirada.

—¿Esta reunión es para hacerme sentir mal? Porque podés tener muy por seguro que ya me siento así. Y no hay día en que no me arrepienta de no haber tomado mejores decisiones.— Una lágrima rodó por su mejilla. No era el momento ni el lugar, pero fue una lágrima sincera.

— Al contrario.

— No vine aquí a dar entrevistas ni a buscar salidas, Raguel; mi trabajo aquí ya terminó. Ya publiqué casi todo, y si algo faltara es revelar la identidad de quien está detrás de todo esto, vos, Raguel.

— ¡Ah! ¿Sí? — Dijo la figura con mofa — Para que sepás, esta reunión es para abrir tus ojos, para que entendás y te dés cuenta que las cosas no son siempre como parece.

La figura levantó ambas manos. Con delicadeza, como quien se despide de un rito. A Carlos le dio la impresión de que imitaba a un sacerdote cuando bendecía la mesa en misa. Se las llevó a la parte de atrás de la cabeza y se quitó la máscara.

Lo que se reveló bajo la máscara lo dejó sin aliento.

Pálida, sin maquillaje pero con el rostro sereno, y los ojos cargados: Andrea Falla.

Carlos no se movió. No habló. Se llevó las manos a la boca. Solo la miró, como se mira una piedra arrojada al fondo de un lago.

—Vos… estás… muerta.

Andrea lo sostuvo con la mirada. Eran unos ojos verdes tan profundos y llenos de misterio que costaba mantener la mirada más de unos segundos.

—No. Andrea está muerta. Raguel es quien vive.

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