Capítulo 5: Hay que Involucrarse

Segmento 1: Vigilia
Jueves 4 de marzo, 12:00 pm
Salió de la USAC a eso de las doce del medio día, tomó un Transmetro que lo acercara a casa y cuando se bajó el sol casi le quemaba las retinas. Enfiló por las calles del Santuario de Guadalupe como buscando la universidad Mariano Gálvez. No quería caminar pero tampoco quería quedarse quieto o tomar un taxi. Al fin llegó a casa.
Permaneció sentado en el sillón, con la cabeza inclinada hacia adelante, las manos entrelazadas y la garganta seca. El ventilador giraba con una cadencia desigual, haciendo un clic metálico cada vez que la hélice rozaba el marco plástico.
El video se le repetía. No como una película, sino como una ráfaga de flashes. El rostro de Nanda. La lámpara oscilante. La voz rasposa. El siseo que no sonaba a voz humana. La rata empujando con las patas desde su garganta. No podía detener las imágenes. Las imágenes propias de una escena de película snuff se sentían irreales.
De pronto, cuando procesó la realidad del video y lo que había visto hacía apenas un par de horas, sintió que lo que fuera que tenía en el estómago quería salir. Apenas llegó a vomitar al lavatrastos. Los platos se mancharon con el líquido ambarino turbio que salió de su boca.
El apartamento olía a cigarro viejo, sudor seco y encierro. A culpa.
Carlos pensó en abrir una ventana, pero el aire del barranco no traía alivio. Traía basura. Traía hedor.
Se levantó y caminó descalzo hasta la cocina. Sirvió el café recalentado sin siquiera revisar si estaba envenenado por el tiempo. Bebió. Sintió que le raspaba la lengua como arena. Miró el reloj: 4:17 p.m.
A lo lejos se escuchaban los perros, los camiones, el murmullo espeso del relleno. O eso creía Carlos oír. El corazón del vertedero nunca paraba. Solo se tragaba los sonidos.
Volvió al sofá. Encendió un cigarro, el último. Exhaló hacia el ventilador.
Recordó la risa de Nanda. Le dolió. El recuerdo no venía como nostalgia.
Venía como cuchillo, como deuda.
Pensó en la carpeta del celular. En el nombre: CONFESIÓN.
Pensó en todo lo que no entendía, en lo que no se dijo, en lo que Nanda no alcanzó a explicar.
Revisó su libreta. Estaba vacía. Ninguna anotación nueva. Solo las marcas del bolígrafo presionando sobre el papel.
Escribió: “NO LO ENTIENDO.”
Lo subrayó dos veces. Cerró la libreta.
Se levantó. Fue al baño. Se lavó la cara. El espejo le devolvió un rostro viejo para sus 40 años. Los ojos hundidos, las mejillas huecas, la barba desigual. Volvió a la sala. Encendió la radio. Ruido blanco. Cambió de estación. Nada.
El zumbido del ventilador volvió a ser protagonista. Un clic, otro clic.
Miró por la ventana. Nada. Solo sombras, basura, un perro escarbando en la banqueta.
Carlos volvió a sentarse, pensó en la voz del video. En cómo siseaba. En cómo se arrastraba dentro de su oído. La recordaba con más nitidez que la de su padre. Se quedó quieto. Escuchando. Esperando.
Porque algo —no sabía qué— estaba por comenzar. La hora: 3:00 p.m.
Y por entre las ventanas se coló de nuevo…el hedor. Ese maldito olor.
Segmento 2: ¿Lengua de Rata?
Jueves 5 de marzo, 3:00 pm
Carlos volvió a mirar la libreta. La hoja seguía igual. Una frase, dos rayas.
NO LO ENTIENDO.
El bolígrafo se había secado. Sacudió la mano, como si el temblor viniera del cuerpo y no del alma. Se levantó, dio vueltas por el apartamento como si buscara algo. No sabía qué. Abrió un cajón, luego otro. Lo cerró todo sin tomar nada.
Las palabras del video regresaban por pedazos. No en orden. No con lógica.
“…vos firmaste…”, “…¿A quién se lo vendiste?…”, “…todos sabían…”
La voz del asesino no era una voz. Era una presencia; una enfermedad que se pegaba por el oído.
Carlos cerró los ojos. Trató de recordar otra cosa. Fracasó.
Vio a Nanda sentada. Vio la sangre secarse en su blusa blanca.
Vio la rata viva, atrapada, chillando.
Se cubrió el rostro con ambas manos.
La cabeza le dolía. El cuerpo también. Como si lo hubieran golpeado desde dentro.
—¿Qué querías decirme…? —murmuró.
Nadie respondió.
El ventilador hizo su clic otra vez.
Se sentó en el suelo. Sacó otra hoja de la libreta. Empezó a escribir sin pensar:
“Alguien firma. Alguien cobra. Alguien desaparece.
Alguien guarda silencio. Alguien se traga la lengua.
Y yo. Y yo. Y yo. Y yo…”
Carlos rompió la hoja en pedazos pequeños. Los fue dejando en el cenicero. Los quemó con el encendedor que siempre llevaba en el bolsillo. Vio el fuego consumirse y no sintió alivio.
Sintió que era apenas el principio.
El humo subió lento. Se enredó en los pelos de su brazo, en los bordes húmedos del cenicero, en el aire mismo. Carlos se quedó viendo cómo la última esquina de papel se volvía polvo negro.
Pensó en la oficina. En el ventilador girando encima de Nanda. En la rata viva como lengua. En los ojos que no miraban nada.
Recordó cómo, al salir del edificio, nadie le preguntó nada. Una docente le había sostenido la mirada medio segundo, y luego bajó los ojos.
La ciudad no quería explicaciones. Solo rutina. Solo olvido.
Se volvió a levantar. Se sentó en la cama, con la libreta en las piernas.
Abrió una página nueva. Escribió una palabra: “oído”. Luego otra: “infección”. Y otra: “rata”.
Pasó diez minutos viendo esas tres palabras sin saber si tenían sentido.
Recordó la voz de su exjefe en la redacción, cuando lo despidieron.
—Vos ya no funcionás, Carlos. Estás más interesado en ver muertos que en contarlos.
Tal vez tenía razón.
Se recostó boca arriba. El ventilador del techo giraba, esta vez sin clics.
Cerró los ojos. Y vio la lámpara del video. Y la voz que siseaba otra vez.
Y otra vez.
Y otra.
Hasta que ya no supo si estaba dormido… o despierto.
Segmento 3: Sin Tiempo de Llorar Lo Perdido
Domingo 7 de marzo, 5:30 am
El apartamento estaba en penumbra. Solo el brillo del televisor encendido iluminaba las paredes.
Carlos estaba de pie frente a la ventana, medio escondido tras la cortina sucia. Algo lo había levantado y se fumó un cigarrillo a la orilla de la ventana. Afuera, la calle parecía vacía. Pero algo en la quietud no lo dejaba tranquilo. Había aprendido a oler la tensión. A leer el silencio.
En Lo de Bran, todo tenía su propia rutina de ruido. Esa noche, el ruido había cambiado.
El celular vibró sobre la mesa. Carlos giró apenas el cuello. La pantalla iluminó el sofá con una luz blanquecina. Número desconocido. Sin nombre, sin país.
No contestó de inmediato, esperó. El celular vibró de nuevo. Lo tomó.
—¿Aló?
Nada.
—¿Quién es?
Solo un sonido. Leve. Como si alguien respirara por la boca, muy cerca del micrófono. Luego, un siseo. Largo. Deslizante. Apenas audible.
Carlos no dijo nada más. Solo escuchó aterrorizado
El silencio al otro lado era un peso líquido. El siseo volvió. Más corto esta vez. Más cerca. Y después, clic.
Línea muerta.
Carlos bajó el teléfono con lentitud. Lo colocó sobre la mesa con el cuidado de quien deja una bomba. Volvió a mirar por la ventana.
Nada.
Solo el perro callejero rascándose en la esquina, los cables colgando, una silueta en la azotea del edificio de enfrente. Pero cuando volvió a mirar, la silueta ya no estaba.
Giró hacia la televisión. El noticiero de fondo seguía en silencio. Las imágenes se sucedían: un periodista joven, una mesa de debate, gráficos de criminalidad.
Y entonces, la noticia de última hora.
Una imagen fija: una casa de dos niveles, cinta amarilla, patrullas.
Y un titular en rojo:
«Empresario vinculado al caso ‘Escorpión del Norte’ aparece muerto en su residencia»
Carlos entrecerró los ojos. Reconoció la foto.
Julián Escobar.
Hacía años que no escuchaba ese nombre. Pero lo conocía. Y conocía lo que hacía.
El presentador hablaba con un tono falsamente neutral. Subtítulos: “El cuerpo fue hallado con signos de violencia y presencia de animales.”
“La PNC no descarta un mensaje simbólico.”
Mensaje simbólico.
Carlos se acercó a la pantalla. La siguiente imagen era borrosa, pixelada.
Pero ahí estaba: el espejo de un baño, con letras oscuras escritas a mano.
“CERDO TRAFICANTE”
El presentador continuó:
—Las autoridades no han brindado información oficial, pero fuentes internas aseguran que se encontraron varios roedores dentro del inmueble. Una de ellas aún viva, oculta en el bolsillo de la camisa de la víctima…
Carlos se dejó caer en el sillón.
Sintió el eco del siseo. Sintió el cuerpo de Nanda. La lengua ausente. La cadena de muertos creciendo.
El noticiero siguió. Otro crimen. Otro incendio. Otra gráfica. Carlos no miraba ya.
Solo escuchaba.
Y entendía, por fin, que no había nadie fuera del juego.
Ni él.
Se frotó la cara y fué hasta la cocina, Sirvió el mismo café recalentado.
Lo bebió sin pensar.
Sabía lo que significaba esa muerte, sabía que no era casualidad; Julián Escobar no era un peón. Era una columna de concreto. Un pilar de todo lo que apestaba.
Y alguien había decidido quebrarlo. No por poder. No por venganza.
Sino por mensaje.
El cuarto se sentía más chico y el aire más espeso. Carlos encendió un cigarrillo; esta vez no era por ansiedad. Era por ritual.
Dio una calada larga.
La imagen del espejo. Las letras. La rata viva. El video de Nanda. El olor a encierro. Todo estaba conectado. Tenía que estarlo. O al menos eso se quería forzar a creer
Pero aún no sabía cómo.
Solo sabía que era tarde para fingir que no veía. y que la podredumbre apenas comenzaba a hablar.
El ventilador hizo clic. Carlos alzó la vista. Y supo que lo estaban mirando.
Desde algún lugar.
Desde hace rato.

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