El Rey Rata

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Epílogo

Viernes 23 de abril, 3:13 a.m.
En algún lugar de la ciudad…

La habitación estaba en silencio. No era un silencio de paz. Era uno que sabía demasiado.

Raguel —o Andrea Falla, como ya nadie la llamaba en voz alta— estaba sentada en un banco de metal, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el suelo. Frente a ella, El Mono.

Ambos fumaban en silencio. No se decían nada. No porque no tuvieran qué decirse, sino porque sabían que no habría retorno después de hacerlo.

La habitación estaba iluminada por una sola lámpara colgante. La luz era opaca, amarilla, como si todo estuviera envejeciendo en tiempo real.

—¿Creés que lo va a descubrir algún día? —preguntó Raguel sin mirarlo.

El Mono no respondió de inmediato. Se quitó el cigarro de los labios, exhaló despacio, como si cada bocanada fuera parte de su alma.

—¿A qué te referís exactamente?

—A Nanda. A lo que escribió.

Hubo una pausa.

El Mono se llevó la mano al interior de la chaqueta. No era un gesto brusco. Era casi ritual.

Sacó un papel doblado, suave por el uso, frágil en los bordes. Lo extendió lentamente, con las yemas de los dedos, como quien desdobla un recuerdo que nunca quiso tener.

Era una hoja de papel reciclado. La tinta negra. La letra era de mujer. Inconfundible.

—¿La leíste? —preguntó Raguel, aunque sabía la respuesta.

El Mono asintió sin decir palabra. Le dijo después de una breve pausa:

— La encontré entre un diario que ella llevaba en los años en que los tres estuvimos trabajando juntos en investigaciones. Para mí fue un shock pero me lo esperaba de alguien como ella.

Le tendió la hoja. Raguel la tomó.

La leyó en silencio. La habitación pareció contener el aliento. No había música. Ni murmullos. Solo la letra de Nanda, hablando desde un papel que ya olía a despedida.


Carlos nunca fue mi amigo.

Ni lo quise de verdad.

Lo admiraba, claro. ¿Quién no admira a alguien con tanto talento y tan poca autoestima? Era fácil manipularlo. Fácil tomar sus ideas, reescribirlas con mi voz, y hacerlas pasar por mías. A la prensa le gustaba más cuando hablaba yo.

Él era la luz, pero yo aprendí a mover los faroles.

Me acosté con él una vez. Para asegurarme de que no me cuestionara cuando lo traicionara.

Y no me arrepiento.

Porque lo odiaba. Odiaba que tuviera razón. Odiaba que pudiera ver más allá.

Lo único que lamento es no haberle dicho la verdad a la cara.

Lo mejor que pudo pasarle fue perderme.

Quizá así, por fin, pudo empezar a escribir por cuenta propia.

Si él encuentra esto algún día, sabrá que nunca fue especial.
Solo fue útil.

—N.


Andrea no parpadeaba. La mano que sostenía la hoja temblaba. Un poco por rabia, un poco por pena ajena, y un poco quizá por compasión por Carlos.

Dobló el papel lentamente. Se lo devolvió al Mono.

—¡Qué hija de puta! … ¿Por qué lo guardás?

El Mono se encogió de hombros.

—Porque me recuerda por qué lo elegimos.

Raguel lo miró con una mezcla de respeto y pena.

—¿Y qué pasa si algún día la encuentra?

El Mono se metió la carta de nuevo en el bolsillo interno de su chaqueta. Lo hizo con la delicadeza de quien esconde un secreto en el pecho.

Se encendió otro cigarro.

Miró a la nada.

Y dijo:

—Entonces dejará de escribir.

Se giró hacia ella, y dijo:

—Y eso…no podemos permitirlo.

Fin


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