Capítulo 7: El «Maracuyá»

Segmento 1: De regreso al Inicio
Martes 9 de marzo, 11:00 p.m.
El mensaje llegó por WhatsApp. Un número muy largo, como de esos del otro lado del mundo, sin texto. Solo una ubicación.
Carlos lo miró en silencio. Estaba en la mesa de la cocina, bebiendo café con El Mono, repasando la nota de “Raguel” por décima vez.
—¿Vos mandaste esto?
—Ni a putas—dijo El Mono, tomando el teléfono—. Esto es cerca del relleno. Por el galpón viejo, donde antes fundían cobre.
Carlos ya se había levantado. El Mono lo siguió sin decir nada más. Se dio un regresón para darle una última calada a su cigarrillo:
—¡Esperáme cerote, el del carro soy yo!
Llegaron al lugar cuando ya la ciudad dormía. Era una bodega abandonada, oxidada por dentro, con las ventanas rotas y el techo vencido. El portón principal estaba entreabierto.
Ningún patrullero. Ninguna sirena. Solo silencio.
El Mono empujó la puerta y entraron.
La peste era casi física: un golpe de sangre vieja, heces, orina y humedad.
En el centro del lugar, rodeado por cuatro columnas de concreto, estaba el cuerpo.
—Jesucristo… —murmuró El Mono.
El cadáver estaba sobre una silla metálica, amarrado con alambre de púas. Tenía el pecho abierto, como si le hubieran tratado de hacer una autopsia.
En el suelo, sobre un cartón blanquizco, con letras dibujadas con sangre, alguien había escrito:
“NO TE TOCABA A VOS.”
Carlos se acercó lentamente. No tocó nada, pero tomó nota mental de cada detalle.
El hombre era joven. No más de treinta. Tenía tatuajes visibles: números en la frente, siglas en los nudillos. Un trece pequeño en el cuello. El rostro estaba desfigurado, por golpes. Le faltaban las dos manos y los dos pies. A Carlos ya no le sorprendió
—Es un marero —dijo El Mono
Carlos asintió sin mirar.
Había marcas de arrastre en el piso. La silla no estaba allí originalmente. La sangre formaba un semicírculo, como si lo hubieran torturado de frente, luego movido al centro para exhibirlo.
A un lado, en la pared opuesta, una cámara de seguridad colgaba, rota, como un ojo sacado de su cuenca.
Carlos apuntó con el celular. Tomó fotos rápidas.
—¿Quién mandó la ubicación?
El Mono no respondió. Estaba mirando algo detrás de las columnas.
—¡Carlos!
Carlos se volteó.
Allí, de pie, a medio metro del cadáver, estaba un hombre.
Camiseta blanca, sucia. Pantalón de mezclilla. Botas manchadas. La piel llena de cicatrices
Y en las manos, sangre. Tanta que chorreaba hasta el suelo.
No hizo nada. No habló. Solo levantó las palmas, con una sonrisa malévola en la cara.

Segmento 2: El Canal
Martes 9 de marzo, 11:15 p.m.
No opuso resistencia.
El Mono lo arrinconó contra la pared de lámina oxidada, pero el hombre ni siquiera parpadeó, solo sonreía. Tenía los labios partidos, resecos, y una mirada vidriosa que no buscaba escapatoria.
—¿Quién sos? —preguntó Carlos.
—¿Importa?
—¿Fuiste vos quien lo mató?
El hombre ladeó la cabeza. Una mosca le caminaba por la frente.
—Lo que tenía que pasar… pasó.
El Mono lo empujó con el antebrazo. El tipo soltó una risa baja, seca, como una tos reprimida.
—¿Por qué estás aquí?
—Porque tenía que estar.
—¿Quién te mandó?
—¿Mandarme? —repitió, como si fuera un chiste privado—. A veces uno solo… aparece.
Carlos abrió su libreta. El hombre la vio, fascinado.
—¿Vas a escribir?
—Depende de lo que digás.
El tipo bajó la voz. Empezó a sisear las palabras y a alargar las sílabas Carlos reconoció el tono de voz.
—Sssssshhhh…..Escribí que el silencio huele a muertoooo. Escribí que no podés sacarrr lo que ya essstá dennnnntro.
El Mono apretó los dientes.
—¿Qué querés decir?
—Que ustedes sabennn lo que vieronnn. Lo sabennnn desssde antesssss. Solo no lo hannn dichooo.
—¿Dicho a quién? — El mono lo golpeó en la cara con el filo de la mano, como si estuviera haciendo karate o tae kwon do.
—A nadieee. Ese esss el problemaaa.
Carlos cerró la libreta. Había algo en el tono del tipo que lo inquietaba más que si hubiera gritado. Era demasiado… tranquilo. Y el siseo de las palabras…de pronto le hizo clic. El video de Nanda. Se le heló la sangre, pero siguió con la mejor compostura que pudo tener:
—¿Y qué querés que hagamos con vos?
—Nada. Ya está hecho.
—¿Vos sabés quién soy yo? —le preguntó Carlos.
—Claro. Soss el que no quiso escribirrrr.
A Carlos se le fué el habla, tratando de recomponerse, le preguntó:
—¿Perdón?
—Vos sabésss de esto desde antesss. Sshhhh… Hace años. Solo que lo enterraste. Y ahora… ahora ya es tarde.
El Mono arrastró al hombre al suelo para sentarlo, se puso en cuclillas frente al sospechoso. Le preguntó:
—¿Cómo sabés eso?
—Porque eso es lo que se hace con los que vieronnn. Los traen de regreso.
—¿Quiénes?
El hombre solo sonrió. Se le marcó la cicatriz en la mejilla, como una media luna oscura.
—¿Sabés qué es lo que más me gusta de las ratas?
Carlos no respondió.
—Que no hacennn preguntas. Solo salen cuando el mundo huele a mierdaaa.
El silencio en la bodega era pesado. Afuera ya se escuchaban los primeros sonidos de sirenas.
—Nos van a llevar —dijo el hombre, como si anunciara una misa.
Carlos se alejó, pero no podía dejar de mirarlo. El Mono lo empujó alejándolo de él.
El hombre Se recostó contra la pared. Y le dijo a Carlos:
—¡Hey, reporteroo! ¡Escribíííí!
Y antes que pudieran decir algo más, se llevó la mano al zapato.
Sacó una hoja de cuchilla, pequeña, oxidada, que había escondido en la plantilla.
El Mono intentó reaccionar, pero fue tarde.
Con un movimiento seco, el hombre se cortó el cuello de lado a lado.
Cayó sin ruido. Solo un borbotón de sangre golpeó el suelo.
Carlos se congeló.
En el silencio, una palabra giraba en su cabeza como un insecto atrapado:
“Escribí.”
Segmento 3: Testigos Ciegos
Martes 9 de marzo, 11:30 pm
Carlos no reaccionó de inmediato. El cuerpo todavía temblaba en el suelo cuando El Mono lo tomó del hombro.
—Nos tenemos que ir. Ya.
Carlos lo miró, pálido. La hoja de la cuchilla seguía en el suelo, ensangrentada, como una lengua de metal retorcido.
—¿Y si ya vienen?
—Entonces peor que estemos aquí. Nos van a poner como sospechosos. ¡Vámonos!.
Carlos asintió sin decir nada.
Salieron por la misma puerta por donde habían entrado. Nadie los vio. Nadie los detuvo.
La luna empezaba a alumbrar el relleno. Un par de perros hurgaban bolsas en una esquina. Todo seguía igual, como si adentro no hubiera un cadáver más, ni sangre en las paredes.
Subieron al carro del Mono. Nadie habló en todo el trayecto.
—¿Qué putas fue eso? —dijo El Mono cuando ya se alejaban del basurero.
Carlos solo negó con la cabeza. Cerró los ojos. Quería que el mundo se callara.
Detrás, en la bodega, un pequeño piloto rojo permanecía encendido en la parte alta de una de las columnas. Una cámara, bien camuflada, había grabado todo.
Carlos no pudo dormir. Se quedó en el sofá, fumando cigarro tras cigarro, viendo el techo agrietado.
Aún sentía el olor a sangre coagulada, aunque se había lavado varias veces. No lograba sacarse la imagen del tipo sonriendo justo antes de cortarse.
—Sos el que no quiso escribir.
La frase se repetía en su cabeza como un zumbido.
El Mono le había enviado un mensaje horas después, corto: “Estoy bien. No le contés a nadie.”
Carlos tampoco quería contar nada. Abrió su libreta y escribió una sola línea:
“Esto no lo soñé.”
Después se detuvo. No sabía si seguir. Fue a la cocina y abrió el grifo. Dejó correr el agua. Entonces, como un reflejo, bajó al buzón.
No esperaba encontrar nada. Pero estaba abierto.Dentro, un sobre blanco. Sin nombre. Sin remitente. Solo una hoja doblada en cuatro.
Carlos la sacó. La desdobló con dedos temblorosos.
Decía:
“Las voces se hunden. Vos sabés cómo sacarlas a flote.”
Abajo, solo tres letras, dibujadas con tinta negra:
R. G. L.
Carlos cerró la puerta del buzón sin apuro. Ya no sabía que pensar. Esta nota estaba seguro que la habían dejado la misma noche del asesinato de la bodega.
Segmento 4: Ruido Blanco
Lunes 8 de marzo, 10:44 p.m.
Oscuridad.
Primero no sintió nada. Luego, un ardor punzante en las costillas. El Maracuyá intentó moverse, pero el cuerpo no respondió.
Trató de hablar. Se sentía muy cansado.
Solo escuchó la respiración de otro. Lenta. Profunda. No vio su rostro, pero lo sintió cerca. Una presencia. Un peso.
—Ya casi terminamosss —dijo la voz. Era grave. Densa como el fango.
Intentó gritar. Le salió un aliento caliente que no llevaba sonido.
Un zumbido como de sierra, y después el dolor, primero en el pie izquierdo, y luego en el derecho, un dolor punzante e inevitable. En su tiempo como marero siempre mostró valor con las heridas: de bala, de apuñalamiento y quemaduras, pero este dolor era distinto, y no tenía idea de qué era.
De repente lo vio: Un sujeto vestido completamente de negro, con una máscara de mono, de esas que se usan en los convites. Encuclillado frente a él; vio borroso y alcanzó a ver cómo el hombre de negro se levantaba son sus dos pies recientemente amputados. Entendió que el dolor era por eso.
—¿Ves? Así aprendéssss.
El Maracuyá sintió cómo la sangre se iba, pero el cuerpo seguía allí.
Ya no pudo mantenerse despierto, sintió como poco a poco el dolor se agudizaba hasta hacerlo perder el conocimiento. Se sumió en un sueño doloroso
—Nononono….. — Susurró la voz. Se dirigió a una mesa que estaba a la par de la silla donde tenía amarrado al marero.
Luego un pinchazo en el cuello. Como una abeja agresiva. Y el dolor de algo que se resiste a entrar al cuerpo. Una inyección.
Adrenalina.
El Maracuyá regresó del sueño doloroso. El corazón le reventaba el pecho. Todo brillaba. El aire quemaba.
La voz volvió.
— No eras el que seguía… pero hiciste más de lo que te correspondía.
Silencio.
—Ssshhhhhhh… ¿Querés saber qué hiciste mal?
No pudo asentir. Lanzó un gemido de dolor y asentimiento.
— Nada. Hiciste lo que te pidieron. Por eso sos perfecto para el mensaje. Tu gente de la clica te echó de cabeza, por haberte metido al negocio sin haberle preguntado al Viejo
—Es por esoooo — Continuó la voz — Es por eso que tu muerte va hacer hablar a los muertos que no tenían que estar muertosss… Todos esos que arrancaste de este mundooo…y que no les tocaba…
El Maracuyá lo entendió, y por primera vez desde que se había unido a la mara, sintió el verdadero miedo, la verdadera tristeza y el verdadero juicio final. Sus ojos se abrieron más, por la adrenalina. No podía dejar de ver aquella máscara de mono como el verdugo inamovible que se dedica a hacer su tarea. La adrenalina lo mantenía despierto. El dolor era insoportable.
La figura se movió a su izquierda. La sierra. Dolor en la muñeca izquierda. La figura ahora estaba a su derecha. Dolor en la muñeca derecha.
Y luego la figura le mostró sus manos. Luego tomó uno de los pies y encima de un cartón, escribió algo con la sangre que salía todavía de la parte cercenada. El Maracuyá no podía más que ver horrorizado la escena ante lo que eran sus pies. La figura se levantó, eufórica y dijo:
—Y ahoraaaaa, el ¡Grand finale!
El Maracuyá no pudo evitar ver para arriba. La sierra se le clavó en el pecho y al llegar al hueso del esternón se trabó. El dolor era insoportable, y él, ya no pudo más. El dolor le bloqueó la mente…y la oscuridad se volvió un relámpago de luz blanca que le cegó los ojos… Y sus oídos se llenaron de un ruido blanco…
Y por último la muerte.


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