El Rey Rata

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Capítulo 3: Embarrado y Desvelado

Lunes 1 de marzo, 7:00 a.m.

Carlos llegó al apartamento con los zapatos cubiertos de barro reseco y la cabeza hecha trizas. Subió los tres niveles por las gradas, arrastrando los pies. El concreto del pasillo lo saludó con la misma humedad que llevaba años oliendo. Abrió la puerta. El pestillo crujió como si también se resistiera a dejarlo entrar.

Adentro todo estaba como lo había dejado. El ventilador encendido, la luz tenue de la lámpara del rincón, la botella a medio vaciar, la laptop sobre la mesa de centro. Solo él había cambiado. Ahora traía encima el peso del cuerpo muerto, de las ratas, del hedor, de la palabra escrita con sangre.

Tiró la chaqueta sobre el respaldo del sofá. Encendió un cigarro y se sentó sin quitarse los zapatos. Exhaló el humo con violencia, como si pudiera sacar así algo de lo que le estaba atrapado en la garganta. El sabor a nicotina y amargura se le quedó pegado al paladar.

Encendió la laptop. Parpadeó un par de veces antes de enfocarse en la pantalla. El navegador todavía tenía abiertas algunas pestañas de noticias viejas y un documento en blanco. Cerró todo. Abrió una carpeta rotulada con su nombre, luego otra sin título. Buscaba algo. Aún no sabía qué.

Tecleó combinaciones en el buscador. “Cadáver relleno sanitario Guatemala.” “Ratas cerca de cuerpos.” “Crímenes sin resolver zona 3.” La mayoría de los resultados eran basura reciclada por los mismos medios. Notas de dos párrafos. Ningún seguimiento.

Se inclinó hacia la libreta. Empezó a escribir:

Cuerpo masculino, edad indeterminada. Laceraciones múltiples. Alrededor: ratas muertas. No hay patrón visible. Una palabra en el pecho escrita con sangre: REGRESÉ.

Apoyó la cabeza contra el respaldo. Cerró los ojos. Sentía el zumbido del refrigerador, el tic del ventilador, el ruido de fondo que solo las noches densas conocen. No podía dormirse. Tenía que mantenerse despierto. Organizar. Revisar.

Pasó los siguientes minutos hojeando papeles, buscando en la red, recortes de noticias, fotografías sin clasificar. Todo lo que tenía era lo mismo de siempre: fragmentos, vidas rotas, testimonios sueltos. Pero esa noche todo parecía más inmediato. Como si entre las sombras de esa rutina de años se hubiera colado algo nuevo.

Afuera, Lo de Bran comenzaba a iluminarse con esa luz sucia del amanecer. Los ladridos, los cláxones lejanos, el arrastre de camiones. Carlos se sirvió un poco de café viejo. No lo calentó. Bebió directo de la olla.

Volvió a sentarse frente a la laptop. Pensó en llamar a alguien. Pero ¿a quién? Ya no tenía colegas. Ni editores. Ni nadie a quien importara. Encendió otro cigarro. Abrió su correo. Todo eran promociones, notificaciones automáticas y una bandeja de entrada llena de polvo virtual.

Decidió revisar las fotos del celular. Había tomado varias en el relleno. Una en particular le llamó la atención. No por lo que mostraba, sino por lo que no. En el encuadre, el cuerpo estaba parcialmente cubierto. Pero en la esquina inferior, entre todos los dibujos pudo leer tres letras: MFR.

Carlos se quedó mirándola largo rato. Luego abrió la libreta y escribió:
“Posible segundo cuerpo. Confirmar.”

Dejó la libreta abierta sobre la mesa. Se sirvió otro café. Esta vez, sin pensar.

Esa madrugada había sido larga. Y todavía no terminaba.

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