Capítulo 4: María Fernanda Reyes

Segmento 1: Insuficiente Para Hacerme Participar
Jueves 4 de marzo
Carlos no volvió al relleno. No respondió las llamadas, no abrió los mensajes.
Durante tres días, se encerró en su apartamento con las cortinas cerradas y la cafetera apagada. No tenía nada que escribir. Nada que decir. Ni a sí mismo.
El Mono insistía.
Primero con una llamada seca. Luego otra. Después solo mensajes, cada vez más cortos. Más enojados. Más desesperados:
—Cerote, esto no va a salir en la prensa.
—No vino nadie. Solo una patrulla. Ya se fueron.
—Dicen que fue sobredosis.
—¿Y las ratas, vos? ¿La palabra esa? ¿Te parece normal?
Carlos leía cada mensaje sin responder. Dejaba el teléfono sobre la mesa y volvía a mirar por la ventana, hacia el barranco. La ciudad tenía una forma extraña de callar las cosas. No con censura, sino con costumbre.
El hedor seguía entrando con el viento.
—Ya lo están olvidando —murmuró en voz baja.
Encendió un cigarro; el tercero del día, o el décimo. El tiempo era más o menos lo mismo. El ventilador giraba lento. El refrigerador zumbaba. Todo lo demás estaba suspendido.
Día 1, El Mono había dicho que era urgente.
Día 2, mandó fotos. La misma escena del relleno. El cadáver cubierto, las ratas muertas a su alrededor. Ninguna organización visible. Solo presencia.
Día 3, ya no pidió. Suplicó:
—Carlos, si no venís, este caso lo van a enterrar. Literal.
Carlos se sirvió café viejo. Frío. Amargo.
Volvió a mirar las imágenes. Una de ellas le resultó conocida. El rostro del muerto —medio cubierto por sombra— tenía algo. No un nombre, pero sí una historia.
Lo había visto antes. En el relleno. Siempre vociferando. Gritándole a la gente por botar basura en “su terreno”. Un tipo que vendía espacios para buscar reciclables, como si el basurero le perteneciera.
Buscapleitos. Un cabrón conocido por joder a todos. Nadie lo iba a extrañar.
Carlos cerró la imagen. Apagó el celular. Se quedó en silencio. No había mucho que investigar y, sin embargo… algo no le cerraba.
—¿Por qué yo? —se preguntó.
Esa noche no pudo conciliar el sueño.
Segmento 2: Nanda
Miércoles 3 de marzo, entre 9:00 y 10:00 p.m.
En una oficina privada del Edificio de la Facultad de Comunicaciones en la Universidad de San Carlos de Guatemala, el conserje que estaba terminando la ronda de limpieza de la jornada nocturna se dirigió como de costumbre a la oficina de la Licda. María Fernanda Reyes, y cuando entró no pudo evitar lanzar un grito de terror que provenía desde el fondo de su estómago.
Siendo ya casi las 9:00 pm, y sin gente alrededor, el conserje no pudo hacer más que salir corriendo al primer nivel, donde había seña y sacar su celular para llamar al 110 de la PNC.
Adentro de la oficina, un espectáculo grotesco y sangriento quedaba al descubierto.
Nanda estaba sentada en una silla de escritorio tipo ejecutiva, con el cuerpo rígido, ligeramente inclinado hacia atrás, como si se hubiera rendido en el último segundo. Muerta.
Su rostro, inmóvil, tenía los ojos abiertos, fijos en el plafón de la lámpara de techo que parpadeaba débilmente. De sus orejas ya no quedaba más que la carne viva donde antes estuvo el pabellón de la oreja y manchas de sangre que desfilaron a borbotones por el cuello y mancharon hasta el busto
Los pabellones, completos, colgaban justo encima de ella: amarrados por hilos de pescar y suspendidos del cielo falso de la vieja oficina con ganchos de clip de oficina. Se balanceaban apenas con el movimiento del ventilador portátil que seguía encendido.
Pero lo más terrible no era eso.
Donde debería haber estado su lengua, asomaba el cuerpo de una rata viva. Un roedor pequeño, de pelaje sucio, gris oscuro, atrapado en su garganta. Respiraba apenas. Sus ojos húmedos miraban al vacío, tratando se salir de esa trampa mortal. El rigor mortis de María Fernanda le impedía poder salir de su boca, todo apuntaba a que había sido introducida allí antes que María Fernanda muriera.
María Fernanda tenía las manos apoyadas sobre el regazo, y aún sujetaba un bolígrafo. Una mancha de tinta seca en los dedos indicaba que había estado escribiendo justo antes del ataque, o quizás durante.
El escritorio frente a ella había sido transformado en un altar macabro.
A lo largo del borde frontal estaban alineadas —con precisión obsesiva— al menos quince ratas muertas. Cada una colocada cabeza con cola, formando una cadena que recorría todo el largo del escritorio. Ninguna mostraba signos de lucha. No estaban mutiladas, pero sí drenadas, con pequeños cortes visibles bajo la piel.
Al centro del escritorio, como colocado con guantes, se encontraba un paquete de documentos. Informes impresos, copias de pasaportes, rutas migratorias marcadas en mapas. Algunas hojas estaban subrayadas con marcador amarillo fluorescente, y otras llevaban garabatos hechos a mano. Había listas de nombres, números de DPI, cantidades en quetzales y dólares.
Justo a la derecha de los papeles, un celular desbloqueado, con el brillo en su nivel más bajo, mostraba una única carpeta en la pantalla principal.
No había ninguna otra aplicación visible. Ni fondo de pantalla. Solo eso.
El conserje no volvió a subir a ese nivel del edificio. Los agentes de la PNC llegaron veintisiete minutos después.
Solo un par de docentes hablaron a los medios. Dijeron que María Fernanda era una mujer brillante, comprometida con la docencia, reservada pero generosa.
La oficina fue sellada esa misma noche. Pero ya era tarde. El mensaje estaba puesto.
Segmento 3: El Chat de WhatsApp
Jueves 4 de marzo, 2:00 a.m.
Se acostó vestido. Con la libreta al lado, por costumbre más que por necesidad. A las 2:00 a.m., el teléfono vibró. Esta vez no era El Mono.
Notificación de un grupo de WhatsApp de periodismo al que pertenecía pero que ya nadie enviaba nada desde hacía siglos, cuando lo habían ghosteado del mundo periodístico guatemalteco; le pareció raro que la notificación no estuviera silenciada, aún así la leyó:
Estimados colegas, con mucho pesar les hacemos partícipes del triste fallecimiento de nuestra colega y afamada periodista Maria Fernanda Reyes…
La pantalla se le cayó de las manos. El golpe fue sordo. Como un eco viejo que regresaba.
—No… —susurró.
El aire le pesó en los pulmones. Se sentó. Volvió a mirar. La nota era corta. Nadie sabía nada. La PNC decía que se investigaría. No había señales de robo.
Y de repente le hizo sentido lo que había visto en el relleno; abrió las fotos del celular y agrandó de nuevo la que tenía las iniciales: MFR.
Mierda.
Las tuvo en frente todo el tiempo y no había nada que pudiera haber hecho para descifrarlo, o evitarlo.
Al amanecer, El Mono volvió a llamar.
Carlos contestó al primer tono.
—¿Viste? —dijo El Mono, sin presentarse.
—Sí.—Respondió Carlos a secas —Era Nanda
—La mataron en su escritorio. En la U. A eso de las siete, en medio de clases de la noche.—Se aclaró la garganta llena de flemas y continuó: —Lo hicieron para vos.
Carlos se quedó callado. No tenía fuerzas para discutir.
—¿Qué viste? —preguntó.
El Mono dudó.
—Yo no entré. Pero tengo un contacto. Me mandó fotos. No te van a gustar.
—Mandálas.
Un silencio. Luego un clic.
Las imágenes llegaron por bloques. Pesadas. Desordenadas.
- La primera mostraba la oficina. Desordenada pero no saqueada.
- La segunda, el cuerpo de Nanda. Sentada. Rígida. Sin orejas y sin lengua
- La tercera, sus orejas colgando del techo, unidas por hilo de pescar.
- La cuarta, una rata gris embutida en la boca de Nanda ocupando el lugar de la lengua ausente.
Carlos apretó la mandíbula.
La quinta imagen era del escritorio. Una hilera de ratas muertas, una tras otra, tocándose como fichas de dominó y en el centro: papeles.
Documentos. Una hoja con su nombre y un celular. Pantalla encendida.
Carlos amplió la imagen. El celular no tenía íconos dispersos. Solo una carpeta en el centro.
Nombre: CONFESIÓN.
Segmento 4: Lo que Nanda Enterró
Jueves 4 de marzo, 9:00 a.m.
Carlos no fue el primero en llegar, pero fue el primero en quedarse. Raspaban las nueve de la mañana cuando logró llegar a la oficina de Nanda en el segundo nivel del edificio de Administración en la USAC. Pasó por un stand de comida que le inundó la nariz. No era tiempo de hacerle caso al estómago.
Lo dejaron entrar porque alguien recordó quién había sido. Un periodista. Uno de los buenos. Hace años. El Mono ya lo esperaba en la entrada de la oficina:
—Qué onda.
—¿Cuánto tiempo hace que se la llevaron? — Preguntó Carlos, dándole la mano al Mono como saludo e inclinando la cabeza.
—Hará cosa de unos veinticinco len
—¿Puedo entrar a ver?
—Simón, los de la PNC siempre hacen un cagadal con las escenas del crimen así que ahora que ya vino el MP ya podés. Igual dejé dicho que te dejen entrar. Ya te la sabés, me deben favores estos cabrones.
La oficina de Nanda estaba acordonada, pero la cinta ya colgaba floja.
Alguien la había roto. Tal vez un estudiante curioso, tal vez un trabajador que no quiso mirar pero igual pasó.
El escritorio seguía como en las fotos. Las ratas, disecadas por el calor, comenzaban a pudrirse. Una fila perfecta. Cada cuerpo con las patas alineadas. La cola de una rozando el hocico de la otra. Un círculo incompleto, como si hubieran interrumpido la cadena a propósito.
Como si dejarlo incompleto fuera el verdadero mensaje.
El cuerpo de Nanda ya no estaba. Solo una silueta marcada con cinta adhesiva. En la pared, unas gotas marrón oscuro salpicaban hacia arriba. El suelo estaba pegajoso por la cantidad exorbitante de sangre que Nanda había derramado.
Sobre su silla, quedaba solo su chaqueta, doblada sobre el respaldo.
Aún tenía su perfume.
Carlos caminó despacio. Nadie le dijo nada. En un rincón, una auxiliar de investigación lloraba en silencio. El resto fingía trabajar.
Llegó al escritorio. En el centro, aún estaba el celular. Sin clave. Con batería. Y la carpeta:
CONFESIÓN
A nadie parecía importarle lo del celular, pero, siendo Guatemala y su ineficacia para manejar escenas de crimen, no le sorprendió.
Le pidió un guante a uno de los peritos forenses del MP que estaban allí y con el índice izquierdo, abrió la carpeta. Un video se reprodujo automáticamente. Nadie pareció importarle lo que Carlos hacía, cada quien se dedicaba, como zombies, a hacer su parte del trabajo asignado y no investigar más allá de sus narices.
El video comenzó sin aviso. Pantalla negra. Zumbido bajo. Luego, luz temblorosa.
Una lámpara colgando de un cable, balanceándose. Y el rostro de Nanda.
Carlos se inclinó hacia adelante.
Estaba despeinada. El rostro sucio. Sangre bajándole desde la nariz hasta el cuello en pequeñas oleadas. Respiraba entrecortado. Sus ojos no lo buscaban, miraban a alguien más. A algo más allá de la cámara.
—Yo lo firmé… —dijo. Su voz no era la misma, era más baja, como si la hubieran exprimido.
Carlos sintió una punzada en el estómago. Cerró los ojos un segundo, pero la imagen ya estaba ahí.
La última vez que la había visto había sido en una cafetería cerca del Parque Centenario, ella pedía capuchino con canela. Él tomaba té negro solo por llevarle la contraria. Reían por una nota absurda que estaban editando. Ella le tocó el brazo al decir: “Vos sí sabés mirar.”
Abrió los ojos. La pantalla seguía. Nanda seguía.
—Enterramos todo. Teníamos los nombres… tu archivo… los testimonios de los menores… —tosió— y yo…
Se llevó una mano a la boca. Sangre. Entonces, la voz:
— Sssssshhhh…
Era como un tubo oxidado raspando dentro del oído. El volumen no estaba alto, pero Carlos lo sintió por dentro. La voz arrastraba las vocales, como quien habla con lo último de aire en el estómago:
—¿Y a quién le diste el silencio…? ¿A quién se lo vendiste…?
Carlos se llevó una mano al pecho.
—Yo no sabía que iban a…a… —ella tartamudeaba—¡yo n-nno sabía…!
Corte brusco. Un ruido de metal cayendo. La cámara tembló.
Carlos recordó una noche en la redacción. Ella lloraba sin que nadie la viera. Un caso de niños migrantes que nadie quiso publicar. “Esto no vende”, le dijeron. Carlos le dejó un post-it en su cuaderno: “No estás sola.”
La imagen volvió.
Nanda ahora tenía el rostro más cerca. Su respiración era errática. La luz le marcaba las ojeras. El pabellón de sus orejas ya no existía. La sangre le escurría por el cuello y le empapaba la blusa de satín blanco. La voz era ronca y penetrante…Casi como esos videojuegos donde el villano habla con una voz antihumanamente profunda y ronca. Siseaba las palabras, como si disfrutara la escena:
—Vos sabías —susurró la voz. —Todos sabían. Pero vos… vos firmaste.
Carlos cerró los puños. Las uñas le entraron en la palma.
—¡Yo no quería esto! —gritó Nanda en la pantalla. —¡Carlos sí quería hablar y publicarl…..publicarlo! — rompió en llanto mientras la sangre salía más profusamente de sus fosas nasales que casi la ahogaban.
—Pero lo hiciste… Y ahora ya no hay vuelta atrás…Tu castigo va a servir de ejemplo para que los demás no te sigan…
El rostro de ella cambió. Un gesto de resignación. Levantó la vista, como buscando algo en el techo.
Corte. Pantalla negra. En el fondo se escuchaba solamente un forcejeo y los gritos de Nanda de dolor. Luego, se escuchó solo cómo Nanda gritaba y hacía un gargareo entre su sangre y el aire que trataba de respirar. La pantalla volvió. Nanda estaba empapada en sangre en casi toda la cabeza y lo único limpio que tenía era el área de las cejas y los ojos. Estaba amarrada de brazos a una silla. Una silueta se arrastró desde fuera del encuadre de la cámara. Era una silueta masculina, alta, o al menos más alta que el promedio de guatemaltecos. En la cámara solo se veía el torso y los brazos, no la cabeza ni las piernas.
Silencio.
El ángulo de la cámara le permitió a Carlos ver como la silueta, dándole la espalda a la cámara extendía un brazo hacia una jaula y sacaba una rata de tamaño mediano y con una fuerza impresionante, introdujo a la rata, cola primero en la boca de Nanda.
Carlos jadeaba. El café en su estómago se revolvía.
Nanda hizo poco esfuerzo por sobrevivir, parecía estar resignada, o quizás ya no estaba tan consciente en ese momento; trató de respirar un par de veces pero la silueta le tapó la nariz y Nanda tuvo sus últimos estertores. La rata en su boca daba chillidos por liberarse, y sólo se podía ver como empujaba con las patas la garganta de Nanda. El video era grotesco en su máxima expresión. De pronto, corte.
La imagen volvió. Una fracción de segundo. Nanda sentada. Cabeza hacia atrás. Ojos abiertos. La reproducción paró.
La pantalla pidió una clave para reiniciar.
Carlos no la tenía. Solo el eco de la voz, susurrando aún dentro de su cráneo.

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