El Rey Rata

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Capítulo 8: Cierre.

Segmento 1: El Asesino de la máscara de mono

Jueves 11 de marzo, 2:00 p.m.

Carlos y el Mono estaban sentados en la mesa del comedor, tomando café.

— Ya te dije Mono, a mí no me parece que esto haya acabado.

— Carlos, pero si ya encajó toda la historia, no han descubierto nada que conecte los asesinatos y parece que solo fue un loco, un deschavetado que al parecer solo tuvo suerte de acercarse a todos esos majes y matarlos…

— Bueno, pero ¿Y no fuiste vos el que quiso que me metiera a investigar todo este mierdero pues?

— Psssss…sí pero ¡Mirá a donde nos llevó todo esto!, o sea, no tuvimos que hacer mucho para que se diera rápido con el asesino ¿O sí?

— No, si de hacer algo, no hicimos una mierda, nuestra «investigación» —Hizo las comillas con los dedos en un gesto sarcástico — fue toparnos con el loco ese de pura chiripa solo para ver como se abría el gaznate en frente de nosotros y generarme un trauma de por vida. No bastaba con que mis papás me dejaran todo tocho desde mi niñez sino que ahora vos me arrastraste a este cagadal para generarme más mierda en la cabeza.

— Mcht—chasqueó el Mono — Pero pues ¿No te sentiste vivo, útil en estos días? ¿No te corrió sangre por las venas ahorita que estuviste indagando y viendo los asesinatos? ¿O qué… me vas a salir con qu…

— Con que ví a Nanda morir en un video snuff, Mono eso también lo viví—dijo Carlos con un tono que enfrascaba toda la tristeza del mundo. Sus facciones se endurecieron y casi se le humedecieron los ojos. Continuó hablando con los dientes apretados:

—Nanda era mi amiga, y por mucho que este caso me haya hecho sentir vivo, también me arrancó otro gran pedazo de lo poco que ya tengo por vivir. ¡Es cierto, Nanda y yo ya no hablábamos pero tampoco era como para que yo quisiera verla irse de este puto mundo como lo vi hacerlo!

— Perdón…

—… No te ahuevés, igual ya estoy más que podrido por dentro, ya solo cenizas y polvo, todo bien.

La tele murmuraba las noticias de la tarde cuando un segmento especial cubrió la pantalla de rojo, escurriéndose para dejar con una mancha de sangre las palabras «La Máscara de Mono: Asesino en Serie o un Satanista Empedernido ?»

— La gran puta con esta gente — dijo el Mono, frustrado — Todo lo hacen circo en este país — Y continuó — Pero esto prueba mi puntoo, Carlos — dijo alargando las sílabas, como quien quiere conectar dos frases pero no pensó bien la última. — Ya se dio un cierre mediático, y las autoridades ya sacaron sus conclusiones, ¿No creés que ya es hora de dejar esto dormir?

— ¿Quién te entiende vos? — Dijo Carlos un poco contrariado — Me insististe en que teníamos que investigar esto, ¡Qué! ¡me suplicaste para que lo hiciera! ¿Y ahora me venís con estas mamadas? ¡Andáte a la mierda! ¿Qué se supone que haga entonces?…

— Pues nada, que dejemos todo como estaba y lo dejemos en paz, y sigamos con nuestras vidas, ¿Talvez?

— ¡Nnnnnaaah! — Exclamó Carlos con algo que el Mono no entendió si era sarcasmo o broma — Yo creo que si en algo tenés razón es en que tenemos que movernos adelante con la vida.

Y habiendo dicho esto, se levantó y prendió otro cigarro y se le quedó viendo al barranco desde la ventana de su apartamento. Mono no supo qué hacer con esa información así que solamente exhaló una sonrisa de resignación y le echó un poco de ron a su café frío.


Segmento 2: Un nuevo comienzo

Jueves 11 de marzo, 4:00 p.m.

Carlos salió del apartamento después de que el Mono se echara su tercer ron. El olor a ceniza y humedad ya le había trepado a la garganta, y necesitaba respirar otra cosa que no fuera frustración.

El centro estaba igual de roto que él. Las calles olían a fritanga rancia, cloro y orines. En la Sexta, la gente caminaba como si el tiempo no existiera: rápido pero sin rumbo. A Carlos le daba la impresión de que todos sabían algo que él no.

Terminó en una cafetería disfrazada de moderna, con sillas de metal frío y un barista con bigote enroscado y camiseta de Nirvana. Pidió café negro y se sentó en una mesa cerca del ventanal. Desde ahí, podía ver el mundo pasar con indiferencia.

Tenía la libreta de Nanda en las manos. Se la había podido llevar del cuarto de evidencias de la PNC gracias al Mono y sus conexiones. La llevaba a todos lados como quien carga un cadáver en la mochila. Las páginas no le decían nada nuevo, pero tampoco lo dejaban en paz. Había algo ahí que se le escapaba. Un patrón, un nombre, un lugar que no calzaba. Algo.

A su lado, sentado a su derecha en la barra pegada al ventanal, un periodista con cara de eterno becario le soltaba ideas como quien lanza piedras a un pozo vacío.

—…El caso está cerrado. Lo del tipo en la bodega fue un final limpio, redondo. Se suicidó, Carlos. Tenía cuchillos, máscara, las manos ensangrentadas… ¿Qué más querés?

Carlos no contestó. Tomó un sorbo de café, sintió el sabor metálico de la mugre seca en la taza, y murmuró:

—No me cierra. Nada de esto me cierra.

El periodista lo miró con la condescendencia que usan los que nunca han estado cerca de una muerte real.

— Vos solo querés seguir escribiendo, eso es todo. Buscás drama. Pero esta historia ya se acabó.

Carlos cerró la libreta. Se levantó sin decir adiós y caminó hacia la puerta. Mientras salía, miró de reojo la televisión encendida detrás del mostrador. Un noticiero local mostraba imágenes borrosas de una patrulla saliendo de una casa hogar evangélica. La presentadora hablaba de allanamientos, de supuesta red de explotación infantil.

Carlos se detuvo. Solo un segundo.

Algo en esa escena le pareció fuera de lugar. Pero siguió caminando. Desde el fondo de la cafetería, en el ventanal el periodista trataba de hacer que Carlos no se fuera:

— ¡Carlos! ¡No te vayás, hombre! ¡Vení!


Segmento 3: El Ángel de la Nueva Luz

Domingo 14 de marzo, 6:20 a.m.
Iglesia Nueva Luz, zona 16

El acceso al templo no había sido forzado. La alarma nunca se activó. El encargado esa semana de abrir la iglesia para acomodar las sillas encontró la puerta entreabierta.

La iglesia no era la imagen tradicional de vitrales y madera. Era mas bien un auditorio amplio, moderno, con butacas acolchonadas, luces LED, cámaras para transmisión en vivo y una pantalla gigante sobre el escenario. Todo dispuesto para la salvación en alta definición.

Pero esa mañana, lo que se proyectaba sobre la tarima era otra cosa.

El cuerpo del pastor estaba amarrado con cables oxidados al centro del escenario dándole la espalda al público. Las manos extendidas y pies amarrados juntos, amarradas a las vigas de iluminación del escenario y los pies amarrados a un block situado en el centro del escenario pero en el piso. El cuerpo desnudo, como una figura crucificada en tamaño real. Su torso había sido abierto desde los omóplatos hasta la cintura. La piel se extendía como alas de murciélago, secas, expuestas, abiertas hacia el techo, amarradas también por alambre oxidado a las vigas de iluminación en la parte superior de la iglesia en una interpretación grotesca del ángel que alguna vez predicó ser.

Las vértebras estaban a la vista. El asesino había roto las costillas, separándolas con precisión quirúrgica y las había acomodado en abanico. No había herramientas visibles A sus pies, los charcos de sangre habían secado en patrones radiales. Al pie de la crucifixión, alrededor del block que tensaba los pies del pastor, una hilera de ratas muertas, apiladas meticulosamente cabeza con cola y formando un círculo casi perfecto.

La luz del amanecer entraba desde los paneles altos, iluminando de forma grotescamente bella la escena. Como si la muerte hubiera sido escenificada para un público que nunca llegó.

Irónicamente, los primeros en llegar fueron los agentes de la PNC. El primer policía que entró vomitó en seco. El segundo alcanzó a llamar por radio antes de quedarse paralizado frente al escenario principal.

No hubo música esa mañana. Solo el eco apagado de pasos en la moqueta, y el zumbido eléctrico de la pantalla de fondo, encendida aún, mostrando el logotipo de la iglesia: una cruz estilizada formada por círculos blancos.

Cuando los agentes del MP llegaron, uno de ellos se acercó para fotografiar el rostro.

Entonces el cuerpo se movió.

Un espasmo. El pecho aún se inflaba con dificultad. Los músculos de las “alas” temblaban.

—¡Sigue vivo! —gritó uno de los técnicos.

El paramédico se estiró y le sostuvo la cabeza. El rostro del pastor era un pantano de sudor, sangre y lágrimas. Murmuró algo. Apenas un soplo:

—Fue… Raguel…

Levantó la mirada con los ojos vueltos, como viendo algo que no estaba en ese lugar. Y entonces, un alarido lo rompió.

No fue un grito humano. Fue un rugido primal, cargado de dolor absoluto, que resonó en las bocinas encendidas del recinto, amplificándose por accidente. El sonido viajó por cada rincón vacío, rebotó entre las sillas, se metió en los techos insonorizados, y dejó a todos los presentes congelados.

El cuerpo se estremeció una última vez.

Murió a las 7:35 a.m., bajo un telón LED que aún mostraba en loop una frase:


“Porque de tal manera amó Dios al mundo…”


Segmento 4: Señal Onírica

Domingo 14 de marzo, 11:00 a.m.

Carlos estaba lavando los platos de la noche anterior cuando sonó el teléfono.

No era común que el Mono llamara a esa hora. Menos aún sin haber tomado café.

—¿Aló?

—Vos… soñé algo feo —dijo El Mono, sin saludar.

Carlos se secó las manos con una camiseta vieja y se sentó junto al ventanal.

—¿Otra vez con tus mierdas oníricas?

—No es chingadera. No fue como otras veces. Soñé con una iglesia, vacía. Y un grito. Un grito que me despertó en seco. No fue sueño, vos. Fue como si lo hubiera oído aquí, en la casa.

Carlos se quedó en silencio.

—Y no sé si es la cruda o qué, pero amanecí con el pecho apretado. Como cuando te va a pasar algo.

—¿Vos creés que…?

—Que no ha terminado. Algo no cerró, Carlos. Algo no encajó nunca. Perdón, yo sé que te dije que lo dejáramos ir pero hay algo que no me cuadra. Y bien feo, cerote.

Carlos se levantó. Encendió un cigarro. El silencio entre los dos se volvió denso, pero no incómodo.

—¿Y si tenés razón? —dijo Carlos, mientras exhalaba.

—Entonces, más vale que estemos listos. Porque lo que viene no va a ser bonito.

En ese momento, la televisión encendida sin volumen cambió de escena. Carlos alzó la vista. Un rótulo rojo atravesaba la pantalla:

“Última Hora: Hallan cuerpo en iglesia de zona 16. Pastor evangélico víctima de brutal asesinato. El modus operandi es idéntico al del asesino de la máscara de Mono”

El sonido aún estaba apagado, pero las imágenes hablaban solas: patrullas, cinta amarilla, paramédicos. Y al fondo, el auditorio. Limpio. Ordenado. Iluminado como si nada hubiera pasado. Hasta que apareció la toma ampliada del escenario. Un charco oscuro, una cruz ladeada, y una camilla saliendo con un bulto cubierto por una sábana roja de sangre.

Carlos no parpadeó.

—Mono… prendé la tele. ¡Ya!

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