El Rey Rata

Capítulo 2: La Bajada

El Mono

Lunes 1 de marzo, 2:15 a.m.

Carlos salió del apartamento con el estómago revuelto y la libreta en el bolsillo trasero. Afuera, el pasillo estaba empapado en ese calor sin brisa que deja el concreto. Bajó las gradas sin prisa, pero con algo en el cuerpo que no lograba identificar: no era miedo, era otra cosa. La certeza de que algo había empezado a moverse sin su permiso.

En la calle, las luces eran escasas. Lo de Bran parecía dormido, pero el aire seguía apestado a descomposición. El viento venía desde el barranco. Esa peste no mentía.

A media cuadra, un sedán viejo lo esperaba. Reconoció la silueta en el asiento del conductor. El Mono.

Carlos se subió sin saludar. El Mono tampoco dijo nada. Solo arrancó.

El interior del carro olía a cuero sudado y gasolina, como si llevara años sin abrirse. Carlos no preguntó a dónde iban. Sabía que era al relleno, pero no necesitaba más detalles todavía. Solo miró por la ventana las sombras de la ciudad mientras retrocedían.

—¿Hace cuánto? —preguntó al fin.

—Hace como dos horas —respondió El Mono—. Nadie lo ha tocado. Solo lo taparon con una lona. Está igualito a como lo encontraron.

—¿Quién lo encontró?

—Un reciclador. De los que entran de noche a rebuscar. Dice que el cerro estaba “distinto”. Como abierto.

Carlos se frotó la frente. Había algo en ese tipo de frases que le hacía doler la cabeza. “Distinto”. “Abierto”. Palabras vagas que escondían algo peor.

Llegaron a la entrada del relleno en silencio. Un hombre con chaleco fluorescente les hizo señas con una linterna. El Mono bajó la ventana apenas.

—Lo traigo a él —dijo, señalando con la cabeza a Carlos—. Vos sabés.

El hombre asintió sin más. La barrera se levantó.

El carro se metió entre los camiones dormidos, bolsas rotas y vapores flotantes. La noche parecía más densa ahí dentro. Todo tenía un peso extraño. Como si el aire también estuviera hecho de desechos.

—Hasta aquí llegamos —dijo El Mono.

Carlos bajó. El suelo cedía bajo sus tenis como si caminara sobre vísceras. A lo lejos, unas linternas iluminaban una zona acordonada. Al acercarse, sintió cómo las ratas huían en estampida. Pero no todas.

Frente a él, un cuerpo cubierto hasta el pecho por una lona gris. Alrededor, ratas muertas colocadas alrededor, como si de un ritual se tratara. Una figura hecha a mano, grotesca, perfecta en su precisión. Como una mandala de carroña.

Carlos no dijo nada.

—La palabra está en el pecho —dijo El Mono.

Carlos se agachó con lentitud. Levantó la lona con dos dedos. Lo que vio lo dejó helado.

En el centro del torso, con algo que parecía sangre seca, alguien había escrito: “REGRESÉ”.

La piel tenía marcas. No tatuajes, eran cortes. Dibujos torpes de ratas, triángulos, fechas.

—¿Quién es?

—No lo sabemos. No tiene papeles. Nadie lo reconoce. Pero esto —El Mono señaló las ratas—, esto no lo hizo cualquiera.

Carlos tomó su teléfono y sacó una foto. Después otra. Luego bajó la cámara.

—Esto no es solo un crimen. Es una firma.

El Mono se encendió un cigarro y le ofreció uno. Carlos negó con la cabeza.

—¿Creés que tiene que ver con los casos de hace años? —preguntó El Mono.

Carlos no respondió de inmediato. Solo miró la escena. Pensó en la cinta azul. Pensó en el niño sin nombre. En la nota que nunca se publicó. En las amenazas. En las llamadas sin voz.

—No sé —dijo al fin—. Pero se siente igual. O peor.

El Mono lo observó con atención.

—La gente del relleno dice que alguien anduvo por aquí anoche. Que no hablaba. Que caminaba raro.

—¿Cómo raro?

—Como arrastrándose. Como si no fuera del todo humano.

Carlos sintió un escalofrío. No creía en fantasmas, pero sí en locura. Y eso, ahí tirado, tenía un aire de delirio ritual. Demasiado pulcro para ser improvisado.

—¿Dónde está el reciclador que lo encontró?

—Desapareció —dijo El Mono—. Lo vimos en la mañana. Para el mediodía ya no estaba. Nadie sabe a dónde se fue.

Carlos se agachó de nuevo, esta vez más cerca del cuerpo. Quiso tocar las marcas, pero algo en su estómago se lo impidió. Sacó la libreta del bolsillo y escribió en una página:
“Relleno. Cuerpo desconocido. Firma evidente. Mensaje directo.”

Se quedó un rato así, en cuclillas, como si pudiera extraer respuestas solo observando. El olor era insoportable. Le ardía en la nariz. Le rozaba los ojos.

El Mono se quedó de pie, fumando en silencio.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó.

Carlos no respondió. Guardó la libreta, se limpió las manos con una servilleta vieja que llevaba en la chaqueta, y se puso de pie.

—No lo sé —dijo. Pero su voz sonó distinta. Más firme.

El Mono asintió. Tiró la colilla al piso y la aplastó con la bota.

—Tené cuidado. Esto no es como antes.

Carlos lo miró. Quiso decir algo, pero se contuvo.

Mientras regresaban hacia el carro, notó que algunas ratas seguían ahí. Observando. Inmóviles. Como testigos.

Se giró una última vez hacia el cuerpo. Ya lo estaban tapando otra vez. Pronto, el relleno lo tragaría, como a todos los demás.

Pero esta vez, algo no iba a quedarse enterrado.

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